
El 2 de noviembre, la Liturgia de la Iglesia nos propone la conmemoración de Todos los Fieles Difuntos. Nos recuerda que los cristianos podemos y debemos ayudar a las almas benditas del Purgatorio, que allí esperan su purificación completa con ansia de llegar a la casa del Cielo; nuestra cooperación permite a esas almas llegar cuanto antes.
También, Dios, en su misericordia, nos concede la posibilidad de ser intercesores unos de otros, no solo lo posibilita gracias al Bautismo, sino que nos recuerda que necesitamos de los demás, y somos responsables de los demás. Necesitamos de la donación de los demás y hemos de ser donantes, somos oveja y pastor al mismo tiempo. Cada uno depende de los demás, y los demás dependen de nosotros para llegar al Cielo.
Todos los bautizados estamos unidos a Cristo, y en Cristo, unos con otros. Y por eso, nos podemos ayudar mutuamente sin que la muerte lo impida. Vamos a desgranar esta verdad de nuestra fe, para que confiemos más en la comunión de los santos: «queridos amigos, ¡qué hermosa y consoladora es la comunión de los santos! Es una realidad que infunde una dimensión distinta a toda nuestra vida.
¡Nunca estamos solos! Formamos parte de una compañía espiritual en la que reina una profunda solidaridad: el bien de cada uno redunda en beneficio de todos y, viceversa, la felicidad común se irradia sobre cada persona. Es un misterio que, en cierta medida, ya podemos experimentar en este mundo, en la familia, en la amistad, especialmente en la comunidad espiritual de la Iglesia» (Benedicto XVI, Angelus. 1 de noviembre de 2009).
En uno de los muros de la casa de san Pedro en Cafarnaúm se descubrió un grafito en el que los primeros cristianos invocan la intercesión del apóstol para obtener el favor de Dios. Este descubrimiento arqueológico de 1968 de un grupo italiano desmonta la pretensión protestante de que la mediación de los santos es una invención medieval de una iglesia supersticiosa.

Desde la segunda mitad del siglo I, la casa de Pedro gozaba de una clara distinción con respecto a las demás. Cuando los cristianos dejaron de ser perseguidos en el imperio romano, a finales del siglo IV, levantaron en ese lugar un hogar de peregrinos y, más tarde, una iglesia bizantina, cuyos restos se pueden ver hoy.
En los inicios de la Iglesia, surge la veneración y el recurso a los apóstoles y los mártires. Luego, se han sumado otros muchos, entre ellos aquellos «cuyo preclaro ejercicio de virtudes cristianas y cuyos divinos carismas los hacían recomendables a la piadosa devoción e imitación de los fieles», (Concilio Vaticano II, Lumen Gentium n. 50). Los santos del Cielo son un tesoro de la Iglesia, una gran ayuda en nuestro caminar al Cielo, que nos llena de esperanza.
Enseñaba san Agustín, «no vayamos a pensar que estamos regalando algo a los mártires cuando celebramos sus días solemnes. Se gozan con nosotros no tanto cuando los honramos como cuando los imitamos».
Como señalaba el papa Francisco, «los santos nos dan un mensaje. Nos dicen: fiaos del Señor, porque el Señor no defrauda. No decepciona nunca, es un buen amigo siempre a nuestro lado. Con su testimonio, los santos nos alientan a no tener miedo de ir a contracorriente, o de ser incomprendidos y escarnecidos cuando hablamos de Él y del Evangelio; nos demuestran con su vida que quien permanece fiel a Dios y a su Palabra experimenta ya en esta tierra el consuelo de su amor y luego el céntuplo en la eternidad» (Francisco, homilía en la fiesta de Todos los Santos, 1 de noviembre de 2013).
Por eso, es una costumbre cristiana leer y meditar biografías de santos y sus escritos. Con sus vidas y sus enseñanzas, nos señalan el camino bueno y recto para encontrar y amar a Jesús, que es el denominador común de todos ellos, nos sirven de guías y naos hablan en la intimidad del corazón. Cultivar la devoción a los santos, los que cada uno quiera, traerá a nuestra vida contar con grandes amigos en el Cielo, que rogarán ante Dios y nos acompañarán en el camino.
El término mecenas tiene su origen en Cayo Mecenas, un consejero del emperador romano Augusto, que con sus riquezas impulsaba las artes, protegiendo y patrocinando a poetas, escritores y artistas de su tiempo. En nuestro caso, Dios desea y permite que seamos solidarios entre hermanos, si vivimos unidos a Jesucristo. Es la realidad de la comunión de los santos.
Esa solidaridad se extiende a todos los bautizados. Gracias al Bautismo formamos parte de la Iglesia, cuerpo místico de Cristo, del que Él es la cabeza (rf. Colosenses 1, 18). Esa comunión además de significar “unión con”, también supone “comunicación de bienes” entre las almas en que el Espíritu Santo, el Espíritu de Cristo, tiene su morada.
«De la misma manera que en un cuerpo natural la actividad de cada miembro repercute en beneficio de todo el conjunto, así también ocurre con el cuerpo espiritual que es la Iglesia: como todos los fieles forman un solo cuerpo, el bien producido por uno se comunica a los demás» (santo Tomás de Aquino, Sobre el Credo, 1. c. 99).
Dado que el Bautismo nos hace participes de la vida eterna, de la vida con Dios, la muerte no interrumpe esa unión con los que han muerto, no rompe la familia de los creyentes. «Dios es no es un Dios de muertos, sino de vivos, porque para Él todos viven» (Mateo 22, 32). Por eso, este mes centramos nuestro favor por los difuntos, por las almas del Purgatorio.
«En este mes de noviembre, estamos invitados a rezar por los difuntos. Guiados por la fe en la comunión de los santos, traten de confiar a Dios, especialmente en la Eucaristía, a sus familiares, amigos y conocidos fallecidos, sintiéndolos cercanos en la grande compañía espiritual de la Iglesia» (papa Francisco, Audiencia del 6 de noviembre de 2019).

La Iglesia nos anima a que intensifiquemos nuestra ayuda a los que han muerto, que los apadrinemos con el tesoro de gracias que Jesús donó a su Iglesia y con nuestras buenas obras, que ellas sean las destinatarias principales de nuestro mecenazgo, para que sean admitidas en el Cielo.
Por bondad de Dios, los cristianos peregrinos en la tierra podemos colaborar con Él. Por la comunión de los santos, con nuestros sufragios, aceleramos el proceso de purificación de esas almas, adelantamos su entrada en la Gloria ¡Cuánto podemos ayudarles!
Esta solidaridad es muy grata a Dios porque, en su misericordia, desea que las almas tan amadas del Purgatorio lleguen al Cielo cuanto antes. Por eso, rezar por los difuntos es una de las obras de misericordia espirituales, que hemos de practicar siempre, pero especialmente en noviembre. En una revelación particular, Jesús decía:
«Quiero que se rece por estas benditas almas del Purgatorio, ya que mi divino Corazón arde de amor por ellas. ¡Deseo ardientemente su liberación, para poder unirlas a mí por fin totalmente! (…) No te olvides de mis palabras: "estaba en la cárcel y me habéis visitado". Aplícalas a estas benditas almas: es a Mí a quien visitas en ellas, con tus oraciones y tus obras en su favor y por sus intenciones».
«Desde los primeros tiempos, la Iglesia ha honrado la memoria de los difuntos y ha ofrecido sufragios en su favor, en particular el sacrificio eucarístico, para que, una vez purificados, puedan llegar a la visión beatífica de Dios. La Iglesia también recomienda las limosnas, las indulgencias y las obras de penitencia en favor de los difuntos» (Catecismo de la Iglesia católica n. 1032).
¿Lo hacemos así? Cuando asistimos a un funeral, ¿rezamos intensamente por el difunto? Cuando asistimos a la santa Misa, ¿nos acordamos de rezar por los difuntos, al menos en el momento en que la liturgia lo tiene previsto, en el memento de difuntos, que no falta en ninguna de las plegarias eucarísticas?
Cuando pasamos cerca de un cementerio, ¿levantamos el corazón a Dios rogando por las almas allí enterradas? Por piedad con ellos, ¿visitamos a nuestros difuntos, para rezar por ellos, adecentar sus tumbas y traerles flores como signo de esperanza?
La ilusión de “vaciar” el Purgatorio, de que Dios conceda una amnistía general, ¿nos mueve para ganar indulgencias por los difuntos, a ofrecer cualquier obra buena a modo de sufragio, a rezar el Rosario suplicando a la Virgen, puerta del Cielo, que socorra a sus hijos? También podemos dedicar los lunes a orar por las almas del Purgatorio, según la costumbre de la Iglesia…
«Nuestra oración por ellos puede no solamente ayudarles, sino también hacer eficaz su intercesión en nuestro favor» (Catecismo de la Iglesia católica n. 958). Las oraciones por los difuntos son oraciones “de ida y vuelta”. Las almas del purgatorio están más cerca de Dios que nosotros, y lo estarán siempre; están unidas a nosotros por la comunión de los santos y nos quieren. No sufren sin más; aunque no pueden merecer para ellas, sí pueden hacerlo por nosotros. Así dan gloria a Dios, procurando que el amor de Dios llene los corazones de los hombres y se salven.
Nos animarán a aplicarnos, a querer mejor a Dios y a los demás, a aborrecer el pecado –también el venial– que tanto dolor causa, a amar la cruz de cada día, a purificarnos a través de los medios que nos ha dejado Cristo: la oración, los sacramentos, la caridad…
Nos dicen: "merece la pena no pasar por estas penas que pasamos, también para vuestros años en la tierra". De ahí surge la devoción a las almas del Purgatorio. De manera que, cuando fallece alguien cercano, tan conveniente es pedir por él como pedirle a él. Encomendémonos a las almas del Purgatorio, pidámosles cosas.
Los santos han sido grandes devotos de esta ayuda mutua. San Alfonso María de Ligorio afirma que podemos creer que a las almas del Purgatorio «el Señor les da a conocer nuestras plegarias, y si es así, puesto que están tan llenas de caridad, por seguro podemos tener que interceden por nosotros» (san Alfonso María de Ligorio, El gran medio de la oración, capítulo I, III).
Santa Teresita del Niño Jesús, acudía con frecuencia a la ayuda de ellas y, tras recibirla, se sentía en deuda: «Dios mío, te suplico que pagues tú la deuda que tengo contraída con las almas del purgatorio» (santa Teresa del Niño Jesús, Últimas conversaciones, 6-VIII-1897).
También san Josemaría Escrivá confesaba su complicidad con ellas: “Al principio sentía muy fuerte la compañía de las almas del purgatorio. Las sentía como si me tiraran de la sotana, para que rezara por ellas y para que me encomendara a su intercesión. Desde entonces, por los servicios enormes que me prestaban, me ha gustado decir, predicar y meter en las almas esta realidad: mis buenas amigas las ánimas del purgatorio».
«Ninguno de nosotros vive para sí mismo; como tampoco muere nadie para sí mismo» (Romanos 14, 7). «Si sufre un miembro, todos los demás sufren con él» (1 Corintios 12, 26). Todo lo que cada uno hace o sufre en y para Cristo, beneficia a todos. Podemos rezar y obrar por los demás, conocidos o desconocidos, próximos o lejanos, e interceder ante Dios por sus sufrimientos, miedos, dolencias, enfermedades, conversión, salvación…
El amor que nos lleva a procurar un servicio, un consuelo, una atención material es el mismo amor que, con sentido sobrenatural, nos lleva a rezar y ofrecer pequeños sacrificios por personas, quizá lejanas físicamente, pero cercanísimas en el corazón de Cristo. Se trata de una ayuda real, y de un amor y de un cariño efectivo.
En los negocios está de moda vender que los mejores son los “win-win”. Ganas si los demás ganan también. En la comunión de los santos, sin duda es así. Es un aliciente para nuestra vida cristiana. Dios nos permite acompañar a los demás a través de la comunión de los santos. Además, si pensamos en los demás se nos hace menos difícil vencernos en eso que nos cuesta y debemos hacer. Tal vez no lo haríamos por nosotros, pero pensar en los demás, en las necesidades de la Iglesia y del mundo, nos da el empujón definitivo. No podemos fallarles.
Es lo que sugería san Josemaría: «¿has visto con qué facilidad se engaña a los chiquitines? —No quieren tomar la medicina amarga, pero... ¡anda! –les dicen–, esta cucharadita, por papá; esta otra por tu abuelita... Y así, hasta que han ingerido toda la dosis. Lo mismo tú» (san Josemaría Escrivá de Balaguer, Camino n. 899) con lo que nos cuesta.
Así fomentamos la conciencia de que nunca estamos solos y nunca hacemos las cosas solo uno. Siempre hay alguien que reza y se sacrifica por nosotros. Y con esa ayuda, podemos. Todo lo que une a Cristo, todo lo que viene de Él, es compartido por todos, nos ayuda a todos.

San Josemaría lo recordaba a los matrimonios que le visitaban. «En mis conversaciones con tantos matrimonios, les insisto en que mientras vivan ellos y vivan también sus hijos, deben ayudarles a ser santos, sabiendo que en la tierra no seremos santos ninguno. No haremos más que luchar, luchar y luchar. –Y añado: vosotros, madres y padres cristianos, sois un gran motor espiritual, que manda a los vuestros fortaleza de Dios para esa lucha, para vencer, para que sean santos. ¡No les defraudéis!» (san Josemaría Escrivá de Balaguer, Forja n. 692).
En hebreo el vocablo empleado para designar matrimonio es kidusshin, palabra que sirve para designar “santidad”. Los judíos consideraban el matrimonio algo sagrado, y por eso empleaban el término santificación, un regalo del Espíritu de Dios. Dios también muestra su misericordia a través de la familia: no nos deja a la intemperie, sino que su proyecto de amor es que el hombre nazca y viva en una familia, en la que cada miembro, gracias al amor de los esposos entre sí y con cada hijo, sea capaz de vivir en, de y por amor.
Marido y mujer son cooperadores de Dios: vuestra familia tiene que ser introducida en la familia de Dios por vuestra vida santa de entrega total. Vivís una especial comunión de los santos con vuestro conyugue y vuestros hijos. Tal es el interés de Dios que bendice el matrimonio con uno de los siete sacramentos. Y también es el interés del demonio que la familia naufrague, como lo vemos en estos tiempos.
Para hacerlo realidad en el día a día, puede servir la costumbre de ofrecer lo bueno de cada día de la semana por uno de los miembros de la familia. Si ayuda, en la distribución de los días, puedes dedicar el sábado a tu mujer, ya que la Iglesia se acuerda especialmente de la Virgen; el miércoles, a ti mismo, ya que la Iglesia se acuerda de san José; el lunes, de los difuntos de la familia, por esa razón; el domingo, por toda la familia en el término más amplio, porque es el día de la Trinidad y lo normal es que lo paséis en familia; …aplica el resto. Se puede repetir o juntar dependiendo del tamaño de familia.
Cuando por la misericordia de Dios, un día lleguemos al Cielo podremos contemplar el bien tan grande que hicimos a muchos cristianos y a la Iglesia entera desde nuestra mesa de trabajo, la cocina, el gimnasio, la sala de estar... nos admiraremos del potencial de la comunión de los santos, y recibiremos muchos agradecimientos y agradeceremos tantas ayudas. Por eso, no dejemos que se pierda una sola hora de trabajo, una contrariedad, una preocupación o una enfermedad. Todo lo podemos convertir en gracia y vivificar así, unidos a Cristo, todo su Cuerpo místico. Y, en este mes, de forma más intensa por las almas del purgatorio que tanto necesitan nuestra ayuda.
Alberto García-Mina Freire
Tabla de contenidos