La X a favor de la Iglesia, un gesto que ayuda a muchos

Marcar la X, una decisión que no cuesta en la Renta, pero sí cuenta

Al realizar tu declaración de la Renta, tienes la opción de marcar la X (la casilla 105) para destinar el 0,7 % de tu cuota íntegra al sostenimiento económico de la Iglesia Católica. Esta elección no implica un mayor pago de impuestos ni reduce la devolución que puedas recibir. Además, es compatible con la casilla 106, destinada a actividades de interés social, permitiendo asignar un 0,7 % adicional a proyectos sociales sin coste adicional para ti.​

Datos actualizados de la campaña de la Renta 2024

En la campaña de la Renta 2024, correspondiente al ejercicio fiscal de 2023, se registraron 208.841 declaraciones más a favor de la Iglesia Católica en comparación con el año anterior. Esto representa un incremento significativo en el apoyo de los contribuyentes.

El importe total asignado a la Iglesia alcanzó los 382.437.998 euros, lo que supone un aumento de 23,6 millones de euros respecto al año anterior. La aportación media por contribuyente que marcó la casilla fue de 42,5 euros.

Marca la X a favor de la Iglesia

¿Dónde se encuentra la casilla de la Iglesia en la declaración?

La casilla 105, correspondiente a la «Asignación tributaria a la Iglesia Católica», se encuentra en la página 1 del Modelo 100 de la declaración de la Renta. Si deseas contribuir al sostenimiento de la Iglesia, debes marcar esta casilla. Recuerda que también puedes marcar simultáneamente la casilla 106 para apoyar actividades de interés social.​

Deducciones fiscales por donativos

Además de la asignación tributaria, puedes colaborar con la Iglesia mediante donativos, los cuales son deducibles fiscalmente según la Ley 49/2002 de Mecenazgo. Por ejemplo, las donaciones de hasta 250 euros tienen una deducción del 80 %, lo que significa que Hacienda te devolverá 200 euros en la declaración de la Renta. Este incentivo fiscal facilita el apoyo a la labor de la Iglesia y sus instituciones.

¿Qué es la asignación tributaria?

Es la opción voluntaria para destinar un porcentaje de la cuota íntegra a colaborar con el sostenimiento económico de la Iglesia católica y/o a otros fines de interés social.

Marcar la X de la casilla de la Iglesia católica en la declaración de la Renta, no supone que el contribuyente tenga que pagar más ni que le devuelvan menos y es totalmente compatible e independiente de la asignación para otros fines de interés social. En ambos casos se destinará un 0,7 % de la cuota íntegra a cada opción.

Por el contrario, no marcar ninguna opción. Significará que el 0,7 % de la cuota íntegra del IRPF se imputará a los Presupuestos Generales del Estado con destino a fines generales.

En todo caso, sea cual sea tu decisión respecto de la asignación tributaria, no se modifica la cuantía final del impuesto que pagas o de la devolución a la que tengas derecho. No afecta a lo que tengas que tributar, simplemente decides a dónde quieres que vaya una parte de tus impuestos.

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Marca la X de la iglesia web por tantos, y ayuda.

Deducciones fiscales: ¿pagaré más impuestos?

Otra forma de ayudar a la Iglesia es realizando un donativo periódico o puntual. Colaborando de esta forma con una ONG que apoye la labor de la Iglesia Católica. Estos donativos se pueden desgravar fiscalmente en la declaración de la renta.

La desgravación de donaciones a ONG se rige por la Ley de Mecenazgo 49/2002 que recompensa los esfuerzos privados en actividades de interés general.

Beneficios fiscales para donantes

Gracias a la nueva Ley de Mecenazgo, las donaciones de hasta 250 € tendrán una deducción en la renta del 80 %. Es decir, donando 20,83 €/mes o 250 €/año, Hacienda te devolverá 200 € en la declaración de la Renta.

Por 20 € al mes puedes ayudar a que nuestros seminaristas sigan formándose y así lograr que ninguna vocación se pierda.

La importancia de marcar la casilla de la iglesia católica en la declaración de la Renta

Desde 2007 la Iglesia no recibe dinero con cargo a los Presupuestos Generales del Estado y renuncia a la exención del IVA. Ese año se modificó el Acuerdo de 1979 entre España y la Santa Sede sobre asuntos económicos y se creó la casilla 105 para el sostenimiento de la Iglesia católica.

La cantidad que se recibe de los contribuyentes que marcan la casilla de la Iglesia católica en la declaración de la renta se reparte solidariamente desde el Fondo Común Interdiocesano.

Este fondo, que se nutre de las aportaciones directas de los fieles y de los contribuyentes, se distribuye entre las diferentes diócesis en función de su tamaño y sus necesidades. Supone de media el 25 % de la financiación de las diócesis en España.

Según los últimos datos disponibles, cerca de 9 millones de personas marcan la equis a favor de la Iglesia católica en nuestro país.

Un gesto que la Iglesia agradece, y anima a seguir haciéndolo, para poder continuar con toda esta labor que realiza en favor de toda la sociedad.

¿Cómo se financia la Iglesia?

La Iglesia en España cuenta para su sostenimiento con varias fuentes de financiación para sostener sus actividades. Las principales son:

El portal de transparencia de la Iglesia

La Iglesia en un ejercicio de transparencia, cada año informa de cuál ha sido la cantidad que se ha recibido en concepto de asignación tributaria de los contribuyentes, y de cuál ha sido el destino de esta cantidad.

Una vez repartida esta cantidad, principalmente a las diócesis, ésta entra a formar parte de su economía diocesana. Toda esta información se refleja cada año en la Memoria anual de actividades de la CEE.

En la web de la Conferencia Episcopal informan cada año de cuál ha sido la cantidad que se ha recibido al marcar la casilla de la Iglesia católica en la declaración de la renta.

Tiene como misión acercar la Iglesia a la sociedad mediante el impulso de medidas de trasparencia y buen gobierno económico en la Conferencia Episcopal y sus obras, así como en el resto de entidades que de ella dependan.

Cestillo de la colecta

Destino de los fondos aportados al marcar la casilla de la iglesia en la Renta

La cantidad proveniente de la asignación tributaria es enviada a las 70 diócesis españolas. Las diócesis lo integran dentro de su presupuesto diocesano para acometer las actividades propias de la Iglesia.

Más de la mitad de los gastos del conjunto de las diócesis españolas fueron gastos pastorales y asistenciales, junto con gastos de conservación de edificios y funcionamiento.

La Conferencia Episcopal solicita anualmente información a las diócesis sobre sus cuentas económicas consolidadas, incluyendo las parroquias, para así dotar de transparencia al proceso y obtener una información sobre la procedencia de sus recursos y las aplicaciones que se han dado cada año.

Con la acción de marcar la equis en casilla de la iglesia en la renta aportamos recursos para que la Iglesia siga realizando actividades que redunda en beneficio de toda la sociedad española.

Es por eso que la Iglesia agradece a todos aquellos españoles que contribuyen con este gesto y con el resto de campañas realizadas a lo largo del año a sostener la labor religiosa, espiritual y social al servicio de millones de españoles.

Esta aportación es decisiva para sostener la inmensa labor de la Iglesia, que, para seguir ayudando, necesita más que nunca la colaboración de todos.

Por todo esto desde CARF te animamos a marcar la casilla de la Iglesia católica en la declaración de la renta de este año.

«Oración y formación ayudan a obtener una identidad al sacerdote»

El crecimiento de la cultura anticatólica polaca requiere una buena formación espiritual y mucha oración a todos los sacerdotes, pero a los jóvenes en especial. Polonia sigue siendo un bastión del catolicismo en Europa, aunque también da muestras de una secularización que afecta sobre todo a la juventud, de ahí que este sacerdote urja a evangelizar sin descanso. Adamski señala que en Polonia todavía en torno al 90 % de la población se declara católica, pero de este porcentaje ya sólo asiste a Misa los domingos el 30 %, un porcentaje más alto que el de otros países europeos.

Torún es la ciudad natal de Nicolás Copérnico, canónigo, matemático y astrónomo conocido, sobre todo, por ser el autor de la teoría heliocéntrica que demostraba que la Tierra giraba alrededor del sol. Su vida y sus aportaciones científicas han sido unas de las demostraciones más claras del vínculo tan profundo que ha existido a lo largo de la historia entre ciencia y fe.

Formación espiritual

De esta diócesis polaca procede precisamente Bartosz Adamski, sacerdote, doctor en Teología por la Universidad de Navarra y actualmente también profesor de la universidad que lleva el nombre de este gran científico católico en Torún.

«Cada año observamos que este porcentaje baja. Generalmente, a los jóvenes no les interesa la fe por lo que la cultura en Polonia se hace cada año más secular y anticatólica», explica Bartosz. Sobre esta situación, cuenta una anécdota: «uno de mis amigos sacerdotes es español y cuando visitó mi país en sus vacaciones me dijo que Polonia es ahora como España hace treinta años. Entonces, podemos esperar que en el futuro la Iglesia en Polonia tenga muchos menos fieles. Por supuesto, nosotros como sacerdotes polacos intentamos hacer frente a esta tendencia y, para ello, evangelizamos, hacemos catequesis y formamos a la gente y a nosotros mismos».

La familia, clave para formación espiritual de los hijos

Bartosz Adamski ingresó en el seminario de su diócesis con diecinueve años tras acabar el Bachillerato. «Mi familia, es decir, mis padres y mis abuelos, han jugado un papel imprescindible en el crecimiento de mi fe. Me dieron los fundamentos necesarios para ser cristiano, me mostraron lo que era una vida honesta y me enseñaron cómo vivir en el amor verdadero», confiesa este sacerdote.

Sobre su llamada, él mismo reconoce que es un auténtico misterio y que «sólo Dios sabe cómo fue». Reconoce que nunca fue monaguillo ni participó en grupos parroquiales. Simplemente iba a Misa los domingos y a veces entre semana. Por ello, cree que su vocación se fue forjando, tanto en su corazón como en su mente, desde que recibió el sacramento de la Confirmación. «Desde joven me gustaba la Filosofía y buscaba una respuesta a la pregunta: ¿cómo está ordenado el mundo?; y luego a otra: ¿quién lo ordena? Así mi búsqueda me guió al seminario mayor».

Una vez ordenado, Adamski fue enviado por su obispo a Pamplona para realizar el doctorado en Teología Dogmática en la Universidad de Navarra. Sobre esta etapa de su vida, que fue de 2018 a 2022 e incluyó toda la pandemia de coronavirus, este sacerdote asegura que este tiempo de estudios fue muy importante para su vida sacerdotal. «Profundicé mi saber teológico y obtuve mucha experiencia de la vida eclesial en un ambiente muy internacional», nos dice Bartosz.

El sacerdote Bartosz Adamski

Su estancia en España y su experiencia en la universidad

Lo que más le llamó la atención fue la universidad en sí misma: «Su orden, su rica biblioteca, sus profesores bien preparados y el ambiente académico. Todo esto invita a estudiar». Otra enseñanza que el padre Adamski extrajo de su paso por España es que para ser buen teólogo hay que leer mucho, trabajar mucho y aprender la metodología correcta.

Mención aparte hace de la pandemia mundial de coronavirus que le tocó vivir en Pamplona. Fue un periodo complicado, pero donde también encontró cómo sobrellevarlo: «Recuerdo que en nuestra residencia los encuentros tomando un café nos ayudaban mucho, así podía hablar con los hermanos y sobrevivir al tiempo de confinamiento».

Oración y formación ayudan a obtener una identidad sacerdote

Un mensaje especial para los benefactores de la Fundación CARF

Por último, este polaco tiene un mensaje especial a los benefactores de CARF: »¡Gracias por sus oraciones y ofrendas! Gracias a ustedes los sacerdotes de muchos países pueden obtener una buena formación, y no sólo teológica, para servir mejor a la Iglesia».

Ante los retos de los sacerdotes de hoy, especialmente los más jóvenes, Bartosz Adamski tiene claro que «lo más importante es la relación personal del sacerdote con Jesucristo». Por lo tanto, incide en que «la oración y la formación espiritual son la clave». E incide en este último punto puesto que cree que el estudio es fundamental para que un sacerdote sepa cómo es Dios y para que pueda responder a la exigencia del mundo hoy. Todo ello ayuda -a su juicio- a obtener una identidad sacerdotal. «El sacerdote no puede olvidar quién es», sentencia.

Muerte del papa Francisco a los 88 años

El Papa Francisco ha muerto. Así confirma su muerte la Oficina de Prensa de la Santa Sede, en un comunicado donde indica que el Pontífice falleció a las 7:30 de la mañana del 21 de abril de 2025:

«Hace poco Su Eminencia, el cardenal Farrell, anunció con dolor el muerte del Papa Francisco, con estas palabras: ‘Queridos hermanos y hermanas, con profundo dolor debo anunciar la muerte de nuestro Santo Padre Francisco.

A las 7:35 de esta mañana el Obispo de Roma, Francisco, ha regresado a la casa del Padre. Toda su vida estuvo dedicada al servicio del Señor y de su Iglesia.

Nos enseñó a vivir los valores del Evangelio con fidelidad, valentía y amor universal, especialmente en favor de los más pobres y marginados.

Con inmensa gratitud por su ejemplo de verdadero discípulo del Señor Jesús, encomendamos el alma del Papa Francisco al infinito amor misericordioso de Dios uno y trino'».

Tras meses recibiendo tratamiento por lo que empezó siendo una bronquitis en febrero, el Santo Padre ha muerto en la Casa Santa Marta, a pesar de que había recibido el alta del hospital. El Pontífice hizo varias apariciones públicas en los últimos días con motivo de las celebraciones de Semana Santa y del Domingo de Resurrección.

A lo largo de los próximos días quien lo desee podrá acudir al Vaticano a despedirse por última vez del Papa argentino, cuyo cuerpo descansará después del funeral en la basílica de Santa María la Mayor.

Fuente: Omnes.

Resurrección: ver, escuchar y anunciar sin miedo

El domingo, 20 de marzo, celebramos la Pascua de Resurrección y empezamos a vivir el Tiempo Pascual, que comienza con el Domingo de Resurrección y finaliza el Domingo de Pentecostés. Tras la Pasión y Muerte del Señor en la Cruz, llega la gloria.

San Josemaría explica en la homilía Cristo presente en los cristianos, que «El tiempo pascual es tiempo de alegría, de una alegría que no se limita a esa época del año litúrgico, sino que se asienta en todo momento en el corazón del cristiano. Porque Cristo vive: Cristo no es una figura que pasó, que existió en un tiempo y que se fue, dejándonos un recuerdo y un ejemplo maravillosos».

El Santo Sepulcro, centro de la fe cristiana en el Resucitado

El Santo Sepulcro, ubicado en Jerusalén, es el lugar donde, según la tradición cristiana, fue sepultado y resucitó Jesucristo. Este sitio sagrado, venerado desde los primeros siglos del cristianismo, es considerado el corazón de la fe cristiana, pues allí se consumó la victoria de Cristo sobre la muerte.

Para los creyentes, el Santo Sepulcro no solo es un destino de peregrinación, sino también un símbolo de esperanza, y de vida eterna. Visitarlo es una forma de encuentro con el misterio central de la Pascua: la Resurrección, fundamento de la vida cristiana. «Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe», añade san Pablo en la Primera Carta a los Corintios (1 Corintios 15:14).

Ver, escuchar y anunciar sin miedo

En primer lugar, ver la Resurrección

Vieron la piedra corrida y cuando entraron no hallaron el cuerpo del Señor. Su primera reacción fue el miedo, no levantar la vista del suelo.

«Con mucha frecuencia, miramos la vida y la realidad sin levantar los ojos del suelo; sólo enfocamos el hoy que pasa, sentimos desilusión por el futuro y nos encerramos en nuestras necesidades, nos acomodamos en la cárcel de la apatía, mientras seguimos lamentándonos y pensando que las cosas no cambiarán nunca». Así, lo observaba el Papa en la Vigilia Pascual celebrada en 2022. Eso nos pasa a nosotros.

En segundo lugar, escuchar al resucitado

Teniendo en cuenta que el Señor «no está aquí». Quizá le buscamos «en nuestras palabras, en nuestras fórmulas y en nuestras costumbres, pero nos olvidamos de buscarlo en los rincones más oscuros de la vida, donde hay alguien que llora, quien lucha, sufre y espera». Hemos de levantar la mirada y abrirnos a la esperanza.

Escuchemos: «¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo?» No debemos buscar a Dios, interpreta Francisco, entre las cosas muertas: en nuestra falta de valentía para dejarnos perdonar por Dios, para cambiar y terminar con las obras del mal, para decidirnos por Jesús y por su amor; en el reducir la fe a un amuleto.

«Haciendo de Dios un hermoso recuerdo de tiempos pasados, en lugar de descubrirlo como el Dios vivo que hoy quiere transformarnos a nosotros y al mundo»; en «un cristianismo que busca al Señor entre los vestigios del pasado y lo encierra en el sepulcro de la costumbre», señala Francisco.

En tercer lugar, anunciar la Resurrección

Ellas anuncian la alegría de la Resurrección: «La luz de la Resurrección no quiere retener a las mujeres en el éxtasis de un gozo personal, no tolera actitudes sedentarias, sino que genera discípulos misioneros que 'regresan del sepulcro' y llevan a todos el Evangelio del Resucitado.

Después de haber visto y escuchado, las mujeres corrieron a anunciar la alegría de la Resurrección a los discípulos, aunque sabían que les tomarían por locas. Pero ellas no se preocuparon de su reputación ni de defender su imagen; no midieron sus sentimientos ni calcularon sus palabras. 

Sólo tenían el fuego en el corazón para llevar la noticia, el anuncio: «¡El Señor ha resucitado!».

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El papa Francisco durante la celebración de la Vigilia Pascual de Resurrección en el Vaticano.

Mensaje del Papa Francisco en la Pascua de Resurrección (2022)

También nosotros, señala el sucesor de Pedro, estamos invitados a correr por los caminos del mundo, sin miedos ni oportunismos, para compartir la alegría de haber encontrado al Señor, más allá de ciertas formalidades donde a menudo lo hemos encerrado, más allá de la comodidad y el bienestar.

Este es el mensaje pascual del Papa, «al término de una cuaresma que parece no querer acabar», entre pandemias y las guerras.

«Llevémoslo a la vida ordinaria: con gestos de paz en este tiempo marcado por los horrores de la guerra; con obras de reconciliación en las relaciones rotas y de compasión hacia los necesitados; con acciones de justicia en medio de las desigualdades y de verdad en medio de las mentiras. Y, sobre todo, con obras de amor y de fraternidad».

Jesús nos trae la paz llevando «nuestras llagas». Nuestras porque se las hemos causado nosotros y porque Él las lleva por nosotros.

«Las llagas en el Cuerpo de Jesús resucitado son el signo de la lucha que Él ha combatido y vencido por nosotros, con las armas del amor, para que nosotros podamos tener paz, estar en paz, vivir en paz» (Bendición urbi et orbi, Domingo de resurrección, 17-IV-2022).

Con la victoria de Cristo y con su paz, dirá Francisco el lunes de Pascua, podremos «salir de las tumbas de nuestros miedos» (el miedo a la muerte, a desvanecerse, a perder a los seres queridos, a enfermar, a no poder más…). (Regina Caeli, 18-IV-2022).

También nosotros, como los discípulos en la mañana de Pascua, cada día tenemos motivos suficientes para creer: «Yo —te dice Jesús— he probado la muerte por ti, he cargado sobre mí tu mal. Ahora he resucitado para decírtelo: estoy aquí, contigo, para siempre. ¡No temas! No tengáis miedo» (Ib.).

Contenido de interés para vivir la Pascua de Resurrección


Ramiro Pellitero Iglesias, profesor de Teología pastoral en la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra.

Viernes Santo: el sentido de la Cruz

El Viernes Santo es una jornada de dolor, de silencio, de contemplación y de profunda reverencia. Es el día en que la Iglesia conmemora la Pasión y la muerte del Señor, un acontecimiento que transformó para siempre la historia de la humanidad.

Para los cristianos, este día no es solo memoria, sino una invitación viva a mirar la santa cruz con los ojos de la fe, como lo hizo san Josemaría Escrivá, descubriendo en ella la grandeza del amor de Dios y el camino hacia la santidad. «Cuando veas una pobre Cruz de palo, sola, despreciable y sin valor... y sin Crucifijo, no olvides que esa Cruz es tu Cruz: la de cada día, la escondida, sin brillo y sin consuelo..., que está esperando el Crucifijo que le falta: y ese Crucifijo has de ser tú» (Camino, 178).

La muerte del Señor en la Cruz: un misterio de Amor

La muerte del Señor en la Cruz no es una tragedia sin sentido, sino el acto supremo del amor de Dios hacia la humanidad. Jesús entrega su vida libremente por cada uno de nosotros, cargando sobre sus hombros el peso del pecado del mundo. Su Pasión no es solo un hecho histórico, sino un Misterio que se actualiza en cada Eucaristía y que interpela profundamente el corazón de cada persona.

Para san Josemaría Escrivá, la Cruz de Cristo es la expresión más clara de ese amor divino que no se detiene ante el sufrimiento. Él decía: «La Cruz es la escuela de amor».

Contemplar la muerte del Señor no debe llevarnos al desánimo, sino a la esperanza. En ese momento de dolor se abre para nosotros el camino de la vida eterna. El silencio del Calvario no es vacío: está lleno de sentido, de entrega, de redención.

San Josemaría insistía en que los cristianos estamos llamados a unir nuestros pequeños sufrimientos a los de Cristo. Así, nuestras propias 'muertes' –las renuncias, las enfermedades, los sacrificios por amor– se convierten también en fecundas. En palabras del fundador del Opus Dei: «Cada día has de morir un poco, si quieres vivir de verdad: morir al egoísmo, a la comodidad, al orgullo… Esa es la muerte que da vida.»

La muerte del Señor, entonces, no es el final: es el comienzo de una nueva existencia, reconciliada con Dios. Es la puerta que abre la Resurrección. Y por eso, el Viernes Santo, aunque marcado por la solemnidad, también contiene en su interior la luz de la victoria.

San Josemaría Escrivá

La Cruz como camino de santidad en el dolor y la muerte

San Josemaría Escrivá ofreció una perspectiva profunda sobre el sentido de la cruz. Para él, la Cruz no era solo un símbolo de sufrimiento, sino una manifestación del amor redentor de Dios y una llamada a la santidad en la vida cotidiana. En sus enseñanzas, enfatizaba que cada cristiano está llamado a abrazar su propia cruz diaria con amor y entrega, viendo en ella un camino hacia la unión con Cristo.

«La Cruz dejó de ser símbolo de castigo para convertirse en señal de victoria. La Cruz es el emblema del Redentor: in quo est salus, vita et resurrectio nostra: allí está nuestra salud, nuestra vida y nuestra resurrección» (Via Crucis, II estación). Estas palabras de san Josemaría resumen la esperanza cristiana: el dolor no es estéril si se une al sacrificio de Cristo.

Viernes Santo

Vivir el Viernes Santo cada día de la vida abrazado a la Cruz

El Viernes Santo, por tanto, no solo recuerda el sacrificio de Jesús, sino que también inspira a los cristianos a vivir con esperanza y compromiso.

Aceptar las cruces diarias –grandes o pequeñas– con fe, es un acto de amor y de confianza en Dios, y una forma concreta de imitar a Cristo.

La muerte del Señor como victoria

La muerte del Señor no fue el final, sino el comienzo de una vida nueva para todos. Así lo entendió san Josemaría, quien enseñaba a ver a Cristo también en el sufrimiento, y a transformar la vida diaria –incluso las dificultades– en una ofrenda santa.

«La enseñanza cristiana sobre el dolor no es un programa de consuelos fáciles. Es, en primer término, una doctrina de aceptación de ese padecimiento, que es de hecho inseparable de toda vida humana. No os puedo ocultar —con alegría, porque siempre he predicado y he procurado vivir que, donde está la Cruz, está Cristo, el Amor— que el dolor ha aparecido frecuentemente en mi vida; y más de una vez he tenido ganas de llorar. En otras ocasiones, he sentido que crecía mi disgusto ante la injusticia y el mal. Y he paladeado la desazón de ver que no podía hacer nada, que —a pesar de mis deseos y de mis esfuerzos— no conseguía mejorar aquellas inicuas situaciones.

dolor en la cruz muerte de jesus

Cuando os hablo de dolor, no os hablo sólo de teorías. Ni me limito tampoco a recoger una experiencia de otros, al confirmaros que, si —ante la realidad del sufrimiento— sentís alguna vez que vacila vuestra alma, el remedio es mirar a Cristo. La escena del Calvario proclama a todos que las aflicciones han de ser santificadas, si vivimos unidos a la Cruz.

Porque las tribulaciones nuestras, cristianamente vividas, se convierten en reparación, en desagravio, en participación en el destino y en la vida de Jesús, que voluntariamente experimentó por Amor a los hombres toda la gama del dolor, todo tipo de tormentos. Nació, vivió y murió pobre; fue atacado, insultado, difamado, calumniado y condenado injustamente; conoció la traición y el abandono de los discípulos; experimentó la soledad y las amarguras del castigo y de la muerte. Ahora mismo Cristo sigue sufriendo en sus miembros, en la humanidad entera que puebla la tierra, y de la que Él es Cabeza, y Primogénito, y Redentor.

El dolor entra en los planes de Dios. Esa es la realidad, aunque nos cueste entenderla. También, como Hombre, le costó a Jesucristo soportarla: Padre, si quieres, aleja de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya36. En esta tensión de suplicio y de aceptación de la voluntad del Padre, Jesús va a la muerte serenamente, perdonando a los que le crucifican.

Precisamente, esa admisión sobrenatural del dolor supone, al mismo tiempo, la mayor conquista. Jesús, muriendo en la Cruz, ha vencido la muerte; Dios saca, de la muerte, vida. La actitud de un hijo de Dios no es la de quien se resigna a su trágica desventura, es la satisfacción de quien pregusta ya la victoria. En nombre de ese amor victorioso de Cristo, los cristianos debemos lanzarnos por todos los caminos de la tierra, para ser sembradores de paz y de alegría con nuestra palabra y con nuestras obras. Hemos de luchar —lucha de paz— contra el mal, contra la injusticia, contra el pecado, para proclamar así que la actual condición humana no es la definitiva; que el amor de Dios, manifestado en el Corazón de Cristo, alcanzará el glorioso triunfo espiritual de los hombres». (Es Cristo que pasa, 168).

La vocación de John Paul: «Aspiro a ser sacerdote»

Al llegar a Roma el 26 de julio de 2022, era seminarista de la archidiócesis de Onitsha. Sin embargo, con la creación de la diócesis de Aguleri, por el Papa Francisco el 12 de febrero de 2023, pasó a ser seminarista de esta nueva diócesis, encontrándose en Roma. Está cursando el tercer año de Teología en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz y vive en el colegio eclesiástico internacional Sedes Sapientiae en Roma.

Historia de la vocación de John Paul

Una vocación nacida en el seno de una familia católica de Nigeria, donde desde niño fue guiado en la fe. La vocación de John está profundamente ligada a la de su familia. Nació en el seno de una familia católica devota: su padre es el difunto Sr. Godwin Chinedu Oraefo y su madre la Sra. Clementina Chinyere Oraefo, ambos con una gran devoción a la Virgen María. Tiene dos hermanos: una hermana mayor, Chinelo, y un hermano menor, Onyeka.

John Paul se abraza con su madre.

«De pequeños, mis padres se aseguraron de que participáramos en la Block Rosary Crusade (Cruzada del Rosario en Bloques), un movimiento para niños inspirado en los tres pastorcitos de Fátima. A los 3 años, asistí por primera vez a estos encuentros en los que rezábamos el Santo Rosario cada noche. También nos inscribieron en la Legión de María, lo que fortaleció nuestra relación con Dios».

«Además, tras la Misa dominical, como familia íbamos a recibir la bendición del sacerdote antes de regresar a casa. Creo que esta práctica encendió en mí el deseo de ser sacerdote y bendecir a las personas. Sentí la llamada al sacerdocio a los 6 años y, aunque parecía extraño para mi edad, mis padres me apoyaron, confiando en la voluntad de Dios».

El seminario menor

Mientras sus compañeros soñaban con ser médicos, abogados o ingenieros, John Paul aspiraba al sacerdocio. Al finalizar la escuela Primaria, sus padres solicitaron su ingreso en el seminario menor All Hallows Seminary de Onitsha, perteneciente a su archidiócesis en ese momento.

«Hice los exámenes de ingreso, fui entrevistado y finalmente admitido. El nuevo curso en el seminario menor comenzó el 13 de septiembre de 2008. Mi entusiasmo era grande, pero no fui plenamente consciente de lo que implicaba: dejar mi hogar y mi familia, levantarme a las 5 de la mañana, asistir puntualmente a la oración y la Misa, estudiar con intensidad y desarrollar nuevas habilidades. Al principio fue difícil, pero, con el tiempo, me adapté gracias a la ayuda de mis formadores y maestros».

Se graduó en 2014 y fue enviado a un año de trabajo pastoral en la Escuela Secundaria St. Joseph, Awkaetiti. Luego, en 2015-2016, sirvió en la Parroquia St. Joseph, Awada. Durante este tiempo, el 31 de mayo de 2016, en la fiesta de la Visitación de la Virgen María, su padre falleció, lo que marcó un momento difícil en su camino.

De África a Roma

Ese mismo año, junto con algunos compañeros, fue enviado al Seminario St. Pius X, Akwukwu, para un año de formación espiritual. En 2017, comenzó los estudios filosóficos en el seminario mayor Bigard Memorial, Enugu, donde estudió durante cuatro años. Luego, realizó un año de trabajo pastoral en el seminario menor All Hallows Seminary, Onitsha, donde recibió la formación primaria.

«Fue durante este tiempo cuando mi obispo en aquel momento, Mons. Valerian Okeke, me habló sobre la posibilidad de estudiar Teología en Roma. Gracias a su apoyo, llegué a esta ciudad para continuar mi formación. Estoy profundamente agradecido por esta oportunidad», sentencia JohnPaul.

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El desafío de trabajar en una diócesis recién creada

Estudiar en Roma, centro del cristianismo, es una experiencia providencial. Se percibe constantemente la riqueza de nuestra herencia cristiana, la universalidad de la Iglesia bajo la guía del Papa y el testimonio de los santos que dieron su vida por el Evangelio.

Además, JohnPaul deja claro: «la creación de la diócesis de Aguleri también es providencial. Nos ayuda a fortalecer la fe de los católicos, a evangelizar a quienes aún no han abrazado el Evangelio y a acompañar a los jóvenes que, debido a la influencia cultural y el secularismo, están perdiendo su fe».

«Nuestro obispo, Mons. Denis Isizoh, está muy comprometido con estos desafíos, por lo que mis compañeros y yo tomamos muy en serio nuestra formación en el seminario para responder a esta misión».

Gracias a los benefactores de la Fundación CARF

John Paul da gracias a Dios por haberle guiado hasta aquí. «Agradezco a mi familia, a mis obispos, formadores, maestros y benefactores que han acompañado mi camino vocacional en el sacerdocio. También agradezco a la Fundación CARF por su apoyo en la formación de sacerdotes en todo el mundo».

Y reza por los miembros de la Fundación CARF para que su trabajo siga dando frutos y que, al colaborar con Dios en la santificación del mundo, Él los bendiga y los llene de su gracia.


Gerardo Ferrara, Licenciado en Historia y en Ciencias Políticas, especializado en Oriente Medio. Responsable de alumnado de la Universidad de la Santa Cruz de Roma.