Octubre, mes del rosario

Durante el mes de octubre ponemos un especial cariño en el rezo del Santo Rosario. El 7 de octubre celebramos a Nuestra Señora del Rosario. Esta arma poderosa, como la denominaba san Josemaría, regala muchos frutos de conversión y de paz. «El Santo Rosario es arma poderosa. Empléala con confianza y te maravillarás del resultado» (Camino, 558).

La contemplación de los misterios de la vida de Jesús, a través de las cuatro partes del Rosario, nos acerca a Nuestro Señor y, a través de la intercesión de Nuestra Madre, a todos los que nos necesitan. Incluye siempre en tus peticiones a los seminaristas, sacerdotes diocesanos y religiosos para que sean muy santos.

Este mes, la Iglesia nos invita a tomar las cuentas Rosario y a contemplar los misterios de nuestra fe con la mejor de las guías: nuestra Madre.

Orígenes del Rosario

El rezo del santo Rosario ha tardado mucho en formarse tal y como ahora lo conocemos. No fue ideado en un momento concreto, sino que es fruto de una larga evolución. Todo comenzó, probablemente, en el siglo X. En el año 910 san Benito fundó la Orden Cluniacense. Ésta le dio una gran importancia a la oración coral comunitaria. Quería que sus abadías fuesen un anticipo de la Jerusalén celestial, en la que los santos y los ángeles están continuamente cantando alabanzas a Dios e intercediendo por todos los seres humanos (cf. Ap 5,9; 14,3; 15,3).

Se estima que el origen del Rosario se remonta al nacimiento del Avemaría en el siglo IX, como oración para honrar a María, la Madre de Dios, y que el Rosario tuvo su origen en la orden de san Benito y se expandió por acción de los dominicos.

La devoción del Santo Rosario tiene raíces profundas en la historia de la Iglesia. La fiesta de Nuestra Señora del Rosario, celebrada cada 7 de octubre, fue instituida por el Papa San Pío V para conmemorar la victoria de la flota cristiana en la Batalla de Lepanto en 1571. Una victoria atribuida directamente a la intercesión de la Virgen María, invocada a través del rezo masivo del Rosario en toda la cristiandad.

Tanto en Lourdes, como en Fátima y en otras muchas apariciones de Nuestra Madre. La Virgen María ha instado siempre a rezar el Rosario de forma ininterrumpida: por la conversión de los pecadores, para que termine el mal en el mundo, etc.

Pero más allá de su contexto histórico, el Rosario es una escuela de oración. No se trata de una simple repetición de Avemarías, sino de un camino de contemplación. Al rezar el Rosario, recorremos junto a María los momentos más significativos de la vida de Jesús: los misterios gozosos, luminosos, dolorosos y gloriosos. Como diría san Josemaría, el Rosario es «la oración de los sencillos y de los sabios».

Es un diálogo constante, un "ir y venir" de afectos entre un hijo y su madre, donde le contamos nuestras alegrías, tristezas y anhelos, mientras ella nos lleva de la mano hacia Jesús.

Guía para rezar el Rosario

Si no sabes cómo hacerlo, puedes seguir estos pasos para rezar el Rosario a Nuestra Madre la Virgen María.

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El Rosario puede comenzar con el rezo de la estación al Santísimo Sacramento finalizada con la Comunión Espiritual.

A partir de ahí, nos persignamos (distinto que hacer la señal de la cruz –santiguarse– porque son tres cruces en la frente, la boca y el pecho).

Posteriormente se anuncia el primero de los cinco misterios que se contemplan ese día. Los lunes y sábados se contemplan los misterios gozosos; los martes y viernes, los dolorosos; los jueves, los luminosos; y los miércoles y domingos, los gloriosos. 

Cada misterio se compone de un Padrenuestro, diez Avemarías y un Gloria. Después de cada misterio, repetimos: «María, Madre de Gracia, Madre de mi­se­ri­cordia, defiéndenos de nuestros enemigos y ampáranos ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén».

Al terminar los cinco misterios los cinco misterios de día, se reza:

Tras las tres Avemarías, incoamos las oraciones de alabanza de las letanías lauretanas. Tras ellas, se reza una de las oraciones más antiguas a Nuestra Madre: «Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios: no desprecies las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades, antes bien, líbranos siempre de todos los peligros, Virgen gloriosa y bendita». Y se finaliza el Rosario pidiendo por:

A muchas personas les gusta terminar con la Salve a la Virgen. Según las tradiciones de distintos lugares, a esta estructura para rezar el Rosario se añaden algunas jaculatorias y oraciones que expresan la variedad de la piedad popular.

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San Josemaría, un enamorado del Rosario

Para entender de esta devoción, hay ejemplos elocuentes como el de san Josemaría Escrivá de Balaguer. Su amor a la Virgen era el motor de su vida espiritual y el Rosario, parte fundamental de su conversación diaria con Ella. No lo veía como una obligación piadosa, sino como una necesidad del corazón.

En su libro Santo Rosario, que no es un tratado teológico sino una colección de contemplaciones vividas escritas de corrido, san Josemaría nos invita a "meternos" en cada escena del Evangelio. Al rezar el Rosario, no seamos meros espectadores; somos un personaje más: el niño que sonríe a Jesús en el pesebre, el discípulo que acompaña a Cristo en su dolor, el amigo que se alegra con su Resurrección.

San Josemaría reza el rosario con gran devoción

San Josemaría llamaba al rosario "arma poderosa". Con ella, aseguraba, se ganan las batallas del alma y de conversión de las almas. Esta arma no es de violencia, sino de amor y de confianza. Es el arma de la perseverancia, de la paz interior y de la fortaleza para afrontar las dificultades de la vida cotidiana, santificando el trabajo y los deberes ordinarios. Esta visión convierte el acto de rezar el rosario en una herramienta para el servicio a la Iglesia desde nuestra propia vocación.

Hacer de octubre, mes del Rosario, una costumbre permanente en nuestra vida es más sencillo de lo que parece. San Josemaría nos enseña que no se necesitan circunstancias extraordinarias. Se puede rezar en el coche, caminando por la calle, en un momento de descanso en el trabajo o, el mejor de los modos, en familia. La familia que reza unida, permanece unida, y el Rosario es el lazo que une los corazones de padres e hijos al Corazón Inmaculado de Nuestra Madre María.

Este profundo amor a la Virgen debe ser muy especial en la vida de los sacerdotes. Un sacerdote es, ante todo, un alter Christus, otro Cristo. ¿Y quién mejor que María para formar el corazón de un sacerdote a imagen del de su Hijo? Ella lo formó en su seno, lo educó en Nazaret y lo acompañó hasta la Cruz. Por ello, el rosario es una oración esencial para todo seminarista y presbítero. Fortalece su identidad sacerdotal y lo une a la Madre del Sumo Sacerdote. Apoyar la formación de sacerdotes es asegurar que la Iglesia tenga pastores con un corazón mariano.

La Virgen María es, como la define el Catecismo de la Iglesia Católica, la orante perfecta, figura de la Iglesia. Acudir a ella a través del Rosario es aprender a orar como ella lo hizo: con humildad, fe y una entrega total a la voluntad de Dios.

Octubre, mes del rosario

Un propósito para este mes

Que octubre, mes del Rosario, no sea solo un reclamo en las costumbres de la Iglesia católica, sino que se convierta una realidad vivida. Inspirados por el ejemplo de santos como san Josemaría, tomemos nuestras cuentas del Rosario con ilusión. Hagamos de esta oración una cita de amor diaria con nuestra Madre. Como el Papa Francisco ha recordado en múltiples ocasiones, el Rosario es la oración que acompaña siempre su vida, la oración de su corazón. El Papa León XIV nos ha pedido que recemos el Rosario en este mes de octubre, especialmente por la paz en Gaza y Ucrania y en todo el mundo.

Confíemosle a la Virgen nuestras intenciones, las necesidades del mundo y, de manera especial, pidamos por la santidad y perseverancia de los sacerdotes. Descubriremos que rezar el rosario no solo nos trae paz, sino que nos convierte en apóstoles valientes, capaces de llevar la alegría del Evangelio a todos los rincones del mundo. Porque un auténtico amor a la Virgen siempre desemboca en un amor más grande y comprometido por su Hijo y por la Iglesia. La devoción mariana, como nos enseña la vida de tantos santos, es un pilar en la vida de todo cristiano, un ancla segura que podemos encontrar en el ejemplo de María como modelo para los cristianos.


San Jerónimo: amor por la Biblia

«Ignorare Scripturas, ignorare Christum est» (La ignorancia de las Escrituras es la ignorancia de Cristo). Esta sentencia, acuñada hace más de dieciséis siglos por san Jerónimo, permanece hoy con la misma actualidad en la Iglesia. San Jerónimo sostiene que la fe y el amor a Cristo deben basarse en un conocimiento sólido obtenido directamente de su principal fuente de revelación: la Palabra de Dios escrita.

San Jerónimo dedicó toda su vida a una tarea que parecía interminable la traducción de la Biblia al latín, conocida como la Vulgata, por encargo del papa Dámaso I. Esta traducción sigue válida después de 1.500 años de historia y ha servido de referencia para el desarrollo de su trabajo a la Biblia de la Universidad de Navarra.

Para la Fundación CARF, que uno de sus fines fundacionales es la ayuda a la formación de seminaristas y sacerdotes diocesanos y religiosos, la figura de este Doctor de la Iglesia sigue siendo un referente de cómo la Sagrada Escritura debe ocupar un espacio esencial en la vida de todo cristiano y, de modo especial, en la de sus pastores.

¿Quién fue san Jerónimo? El león del desierto y el erudito de Roma

Eusebio Hierónimo Sofronio, nacido alrededor del año 347 en Estridón (Dalmacia), no fue un hombre de carácter apacible. Era vehemente, de pluma afilada y temperamento ascético. Sin embargo, toda esa pasión estaba encauzada por su amor hacia Cristo y su Palabra.

Su formación en Roma lo convirtió en uno de los intelectuales más brillantes de su tiempo, un maestro en latín, griego y retórica. Pero en un sueño en el que fue acusado de ser "ciceroniano antes que cristiano" lo impulsó a consagrar su intelecto enteramente a Dios.

Este compromiso lo llevó a buscar la soledad del desierto de Calcis, en Siria. Allí, en medio de la penitencia y la oración, se entregó al estudio de una lengua que sería clave para su futura misión: el hebreo. Este trabajo forjó su espíritu y le proporcionó las herramientas filológicas necesarias para una empresa que ningún latino había osado acometer con tal rigor.

Su fama de erudito llegó a oídos del Papa Dámaso I, quien lo nombró su secretario en Roma. Fue precisamente el Papa quien, preocupado por la caótica diversidad de versiones latinas de la Biblia que circulaban (Vetus Latina), le encomendó a san Jerónimo la tarea de realizar una traducción unificada y fidedigna.

Grabado en blanco y negro de san Jerónimo como un erudito trabajando en su estudio, con un león y un perro durmiendo pacíficamente a sus pies.
San Jerónimo en su estudio (1514), grabado de Alberto Durero.

La misión de una vida: la Vulgata

El encargo del Papa Dámaso fue el inicio de una labor que ocuparía a san Jerónimo durante más de treinta años. Tras la muerte de su valedor, se estableció definitivamente en Belén, en una cueva junto al lugar donde la Palabra se hizo carne. Allí, rodeado de manuscritos y con la ayuda de discípulas como santa Paula y santa Eustoquia de Roma (c. 368 - 419/420) que era hija de santa Paula. Ambas acompañaron a san Jerónimo en su viaje a Oriente, estableciéndose en la ciudad de David.

¿Cuál fue la genialidad de san Jerónimo? Su revolucionario principio de la Hebraica veritas (la verdad hebrea). Mientras que las versiones latinas existentes se basaban principalmente en la Septuaginta (la traducción griega del Antiguo Testamento), san Jerónimo insistió en volver a las fuentes originales hebreas y arameas. Esto le granjeó no pocas críticas de contemporáneos ilustres, como san Agustín, quienes veían con recelo abandonar la tradición de la Septuaginta, usada por los propios Apóstoles.

Sin embargo, san Jerónimo perseveró, convencido de que solo bebiendo de la fuente original se podía ofrecer a la Iglesia una versión de la Biblia más precisa. Tradujo los 46 libros del Antiguo Testamento del hebreo (a excepción de algunos que revisó de la Vetus Latina), y revisó y tradujo los Evangelios y el resto del Nuevo Testamento del griego original. El resultado fue la conocida como Vulgata, llamada así por su objetivo de ser la edición accesible al pueblo (vulgus). Fue un trabajo de erudición, disciplina y fe.

Este esfuerzo fue un ejercicio filológico y un acto de amor pastoral. Como bien saben quienes se dedican a la formación de seminaristas y sacerdotes, poner la Palabra de Dios al alcance de los fieles de manera comprensible y fiel es una misión sagrada.

La solidez de la biblia de san Jerónimo

La Vulgata de san Jerónimo trascendió con creces su propósito inicial. Durante más de un milenio, fue el texto bíblico de referencia en todo el Occidente cristiano.

La Vulgata no era una traducción perfecta –el propio Jerónimo era consciente de sus limitaciones–, pero su fidelidad e impacto la convirtieron en un tesoro para la fe y la cultura. Su trabajo recuerda la importancia de tener santos patrones que, como san Jerónimo, dedican su vida al servicio de la Verdad.

San Jerónimo como un anciano asceta en el desierto, semidesnudo y con barba larga, meditando frente a una cruz mientras sostiene una piedra para golpearse el pecho.
San Jerónimo penitente (1600), lienzo de El Greco.

De la Vulgata a la Biblia de la Universidad de Navarra

¿Significa esto que la Vulgata es la única Biblia válida? En absoluto. El propio espíritu de san Jerónimo de volver a las fuentes es el que impulsa a la Iglesia. El Concilio Vaticano II, en la constitución dogmática Dei Verbum, alentó la creación de nuevas traducciones basadas en los textos originales hebreos, arameos y griegos, que hoy conocemos con mucha más precisión gracias a la arqueología y la papirología.

Fruto de este impulso, el papa san Pablo VI promulgó en 1979 la Nova Vulgata, una revisión de la versión de san Jerónimo a la luz de la crítica moderna que sigue siendo el texto de referencia para la liturgia latina.

Paralelamente, han surgido excelentes traducciones a las lenguas vernáculas. Un ejemplo paradigmático es la Biblia de la Universidad de Navarra. Realizada por la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra, esta versión es heredera directa del rigor y el amor por la verdad de san Jerónimo.

Ofrece una traducción fiel y elegante del texto original, además de haber estar enriquecida con extensas notas y comentarios extraídos de la Patrística, del Magisterio de la Iglesia y de grandes santos, lo que permite al lector profundizar en la riqueza inagotable de la Palabra de Dios. Es una herramienta formidable para la meditación personal y el estudio, un recurso que todo seminarista y sacerdote debería tener a su alcance.

La vida de san Jerónimo va más allá de su obra. Nos enseña una actitud ante la Biblia: una mezcla de rigor intelectual y piedad humilde. Nos recuerda que acercarse a la Escritura no es un ejercicio académico, sino un encuentro personal con Cristo. En sus páginas descubrimos el rostro de Dios que da sentido a nuestra vida.

Para la Fundación CARF, apoyar la formación de un seminarista o un sacerdote diocesano es, en esencia, continuar la misión de san Jerónimo. Es dar a la Iglesia futuros pastores que, como él, amen la Palabra de Dios, la estudien con pasión, la mediten en la oración y la sepan transmitir con fidelidad a los fieles. Un sacerdote bien formado es un sacerdote que conoce y ama la Biblia, y que puede, a su vez, enseñar a su pueblo a no ignorar a Cristo.

Por ello, hacer un donativo para la formación de estos jóvenes es invertir directamente en la evangelización y en el futuro de la Iglesia, asegurando que la luz de la Palabra, tan bien custodiada y transmitida por san Jerónimo, siga brillando en el mundo.

El anciano y frágil san Jerónimo es sostenido por sus discípulos mientras se arrodilla para recibir la Eucaristía de manos de un sacerdote.
La última comunión de San Jerónimo (1614), de Domenico Zampieri, conocido como Domenichino.

San Jerónimo fue más que un traductor, un servidor de la Palabra, un hombre que dedicó su vida a hacer accesible el tesoro de la Biblia. Su Vulgata unificó los textos bíblicos de la Iglesia de Occidente y se convirtió en el cauce a través del cual la revelación divina nutrió la fe, la cultura y el pensamiento de cientos de generaciones.

Su ejemplo nos invita a retomar nuestras Biblias, a leerlas con el mismo amor y reverencia que él lo hizo, y a descubrir en ellas la voz viva de Dios que nos habla. Porque, como él nos enseñó, ignorar la Escritura es, y siempre será, ignorar a Cristo.


Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael, 29 de septiembre

En la fe católica, pocas figuras inspiran tanta reverencia y cariño como los ángeles. Criaturas espirituales, dotadas de inteligencia y voluntad, son la manifestación de la perfección, infinitud y poder de Dios: cada uno de ellos agota en él su propia especie. La sagrada escritura y la tradición de la Iglesia nos revelan su existencia como una verdad de fe. En este coro celestial, destacan por su nombre y misión tres figuras: los santos arcángeles san Miguelsan Gabriel y san Rafael.

El 29 de septiembre, la Iglesia celebra en una única fiesta a estos tres siervos fieles de Dios, reconociendo su papel en la Historia de la Salvación. Desde la Fundación CARF, queremos profundizar en la identidad y misión de estos príncipes celestiales, poderosos aliados en el camino hacia la santidad, cuya labor protectora y mensajera sigue vigente hoy como en los tiempos bíblicos.

El pasaje del Evangelio propuesto por la Iglesia para esta fiesta de los arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael es el encuentro de Jesús con Natanael, que san Juan sitúa al comienzo de su Evangelio. «Veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del Hombre» (Jn 1, 47-51). Jesús se va dando a conocer como Mesías, y describe cuál es la misión de los ángeles, que forman parte de la historia de la salvación llevando a cabo diferentes misiones encomendadas por Dios.

Los ángeles: servidores y mensajeros

Antes de repasar las misiones específicas de san Miguelsan Gabriel y san Rafael, debemos comprender qué nos enseña la Iglesia sobre los ángeles. El Catecismo de la Iglesia Católica (CEC) nos instruye con claridad: «La existencia de seres espirituales, no corporales, que la Sagrada Escritura llama habitualmente ángeles, es una verdad de fe» (CEC, 328).

No son una mera abstracción o una conjunción de energía. Son criaturas personales e inmortales que superan en perfección a todas las criaturas visibles. Su propósito es glorificar a Dios sin cesar y servir como ejecutores de sus designios salvíficos. Como su propio nombre griego –ángelos, que significa "enviado" o "mensajero"– indica, una de sus funciones primordiales es la de comunicar la voluntad divina a la humanidad.

La tradición, basándose en las Escrituras, ha organizado a los ángeles en diferentes coros o jerarquías. Los arcángeles son aquellos a quienes se les confían misiones de especial trascendencia. Aunque la Biblia sugiere la existencia de siete, la Iglesia Católica venera con nombre propio a los tres que se revelan en los textos canónicos, como muestra de la intervención divina en el mundo. Su labor es un recordatorio constante de que el Cielo no está distante, sino que participa activamente en nuestra historia, una realidad que sostiene la formación de futuros sacerdotes que un día predicarán estas verdades de fe.

La liturgia ha unificado en el día 29 de septiembre la fiesta de los santos arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael. Sus nombres hacen referencia a sus funciones de intermediarios entre Dios y los hombres, así como ejecutores de sus órdenes y de transmisores de sus mensajes.

El Arcángel san Gabriel, arrodillado con humildad ante la Virgen María en un pórtico, le anuncia que será la Madre de Dios.
La Anunciación (1426) de Fra Angelico. San Gabriel es representado como el mensajero de la Encarnación.

El Arcángel san Gabriel

Su nombre significa Fortaleza de Dios. Al arcángel Gabriel se le encomendó la misión de anunciarle a la Virgen María que sería la Madre del Salvador. El mensaje que transmite es trascendental. Sin duda el más importante de la Historia de la Salvación; se trata de la llegada al mundo del Mesías, el Hijo de Dios.

Fue «En el sexto mes fue enviado el ángel Gabriel de parte de Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón que se llamaba José, de la casa de David. La virgen se llamaba María. Y entró donde ella estaba y le dijo:  —Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo...». Lucas 1, 26-28.

El Arcángel san Miguel, con armadura y espada en alto, somete con su pie la cabeza de Satanás, que yace derrotado en el suelo.
San Miguel venciendo al demonio (1636) de Guido Reni. Representa su poder como jefe de la milicia celestial.

El Arcángel san Miguel

En hebreo significa ¡Quién como Dios!, expresión que está en armonía con su misión e intervenciones. 

El arcángel san Miguel es quien está al mando de los ejércitos celestiales. Es defensor de la Iglesia y su nombre es el grito de guerra en la batalla librada en el Cielo contra Satanás. Por eso a san Miguel lo pintan atacando a la serpiente infernal.

La Iglesia le rinde culto y le reza desde el siglo V por su papel protector, tanto en la primera lectura, durante la celebración de la Santa Misa, como en la liturgia de las horas, en antífonas y en el oficio de Lectura.

«Arcángel san Miguel, defiéndenos en la lucha. Sé nuestro amparo contra la maldad y asechanzas del demonio. Pedimos suplicantes que Dios lo mantenga bajo su impero; y tú, oh Príncipe de la Milicia Celestial, arroja al infierno con el poder divino a Satanás, y a los otros espíritus malvados, que andan por el mundo tratando de perder a las almas. Amén».

El Arcángel san Rafael

El arcángel san Rafael es el amigo de los caminantes y médico de los enfermos. Su nombre significa Medicina de Dios o Dios ha obrado la salud. En la Biblia se le presenta como protector y compañero de todos, y es uno de los grandes ángeles presentes ante la gloria del Señor.

Aparece en el libro de Tobías 12, 17-20 y es el mismo arcángel san Rafael quien revela su identidad: «No temáis. La paz sea con vosotros. Bendecid a Dios por siempre. Si he estado con vosotros…, ha sido por voluntad de Dios. A Él debéis bendecir todos los días, a Él debéis cantar… Y ahora bendecid al Señor sobre la tierra y confesad a Dios. Mirad, yo subo al que me ha enviado…».

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Arcángel san Rafael de Juan de Valdés Leal.

Los arcángeles en la vida de los santos

La devoción a los arcángeles no es una mera curiosidad teológica; ha sido una fuente de fortaleza para innumerables santos.

Santo Tomás de Aquino, el Doctor Angélico, aunque no se le conoce una devoción personal específica a los tres arcángeles de la misma manera que a otros santos, es la figura intelectual más importante en la comprensión de la naturaleza angélica. En su Summa Theologica, dedicó un tratado entero a los ángeles, explorando con una profundidad inigualable su ser, su conocimiento y su voluntad. Su trabajo proporciona la estructura teológica sobre la cual se asienta la doctrina católica de los ángeles, permitiéndonos apreciar con mayor claridad la grandeza de San Miguel, San Gabriel y San Rafael.

San Miguel, Gabriel y Rafael: patronos del Opus Dei

San Josemaría, desde el inicio de la fundación de la Obra sintió que necesitaba mucha ayuda del cielo para llevar adelante la misión que Dios le había confiado: transmitir el mensaje de que se puede ser santo por medio del trabajo y de la vida ordinaria. Parte de esa ayuda le llegó de los santos arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael.

«Recé las preces de la Obra de Dios, invocando a los santos arcángeles, nuestros patronos: san Miguel, san Gabriel, san Rafael... Y ¡qué seguridad tengo de que esta triple llamada, a señores tan altos en el Reino de los cielos, ha de ser –es agradabilísima al Trino y Uno, y ha de apresurar la hora de la Obra!»,(San Josemaría Escrivá).

El jueves, 6 de octubre de 1932, mientras realizaba oración en la capilla de san Juan de la Cruz, durante su retiro espiritual en el convento de los Carmelitas Descalzos de Segovia, san Josemaría escogió como patronos del Opus Dei a los santos arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael y a los Apóstoles san Juan, san Pedro y san Pablo. Desde aquel momento los consideró patronos de los diferentes ámbitos apostólicos que componen el Opus Dei.

Bajo el patrocinio del arcángel san Rafael está la labor de formación cristiana de la juventud, de donde surgen vocaciones en los primeros años, los de hacer grandes gestas. Arropados por la advocación del arcángel san Miguel, se encuentran las vocaciones que se forman espiritual y humanamente en el celibato. En cuanto a los padres y madres de familia que formasen parte de la Obra, tienen por patrono al arcángel san Gabriel.

Así, podemos recordar entonces el pasaje del Evangelio de Lucas que se lee el día de la fiesta de los arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael, y pensar que Dios ha querido que todos los cristianos contemos con la ayuda de los arcángeles, y con la ayuda de los ángeles custodios que saben mucho de la tarea de encender corazones fríos y de ayudar a tomar decisiones generosas.


Bibliografía


Saborear el silencio

Un silencio que debería servir para acercarse más a Jesucristo y por Él a los demás.

Se ha subrayado con cierta insistencia –quizá para ayudarnos a vencer el egoísmo que llevamos dentro– eso de que el hombre es un 'ser social'. Y es verdad. Se nos recuerda de vez en cuando la necesidad de ser solidarios con todos los demás habitantes del planeta, preocupándonos del hambre en un país lejano o a las puertas de casa.

La Iglesia nos trae a la memoria con frecuencia la “comunión de los santos”, ese vínculo espiritual que nos une a todos los “hijos de Dios en Cristo Jesús”, que nos hace a cada uno responsable, de manera inefable, de la suerte de los demás, en el bien y en el mal.

disfrutar del silencio y la oración con Dios

Todas esas consideraciones me parecen muy acertadas. Ahora nos toca reconocer que la solidaridad fraterna entre nosotros no excluye ni el silencio ni la soledad; es más, los exige, si de verdad queremos llegar a vivir ahora una “comunión de los hombres” y, en su día, una “comunión de los santos”. Es el mismo silencio solitario en el que un artista crea y pondera sus obras; en el que una madre contempla y ama a sus hijos.

Soledad

Silencio y soledad –que en verdad es uno mismo con Dios; que la soledad de uno mismo consigo mismo acaba siendo verdaderamente insoportable– son necesarias para que cada uno tome conciencia de sí mismo, de su existencia; de “quién es” y de “para-quién-es”.

«La humanidad de quien no se calla jamás, desvanece», decía muy certeramente Guardini. Y sólo así, nosotros hoy llegaremos a tomar conciencia de nuestra propia humanidad, del sentido de nuestro caminar en la tierra.

Para gozar de esto en soledad enriquecedora con Cristo, tenemos un gran enemigo: el ruido. Tengo la impresión de que el momento actual de nuestra civilización está produciendo demasiado ruido, fuera y dentro del hombre. Las falsas noticias sobre el Papa actual, son un buen ejemplo.

Nos rodeamos a veces de demasiado ruido interno, de ruido del espíritu, para huir de la soledad del silencio. La televisión encendida todo el día, la radio en el coche y en la oficina. Buscamos información de cualquier país y sobre asuntos de lo más disparatados, que no sabemos siquiera asimilar para algo útil.

Ruidos en el oído y en la cabeza que nos impiden vivir la alegría de sentir el aleteo de un mosquito. Y es una pena, porque en ese momento comenzaríamos a saber que estamos vivos y a darnos cuenta de lo que vale nuestro propio vivir.

Eternidad

La belleza y riqueza del silencio la expresó muy bien Jean Guitton: «nos conduce al punto más íntimo de nosotros mismos, allí donde la eternidad nos toca y nos vivifica, allí donde la eternidad nos habla en un susurro de palabras».

disfrutar del silencio y la oración con Dios

Esperanza

Y en la Biblia leemos: «en el silencio y en la esperanza encontraréis vuestra fortaleza» (cfr. Is 30, 15). Es cierto. La calma y la soledad recrean en el interior de nuestro espíritu el momento de nuestra propia creación, nos permiten reproducir –y hacerlo propio– el encuentro de Adán con Dios en el jardín de paraíso.

Quizá uno de los frutos –no sé si directamente deseados– de las batallas de los ecologistas sea, precisamente, invitarnos a añorar el silencio, saboreando en soledad el silencio de la naturaleza. Pasa el avión, y las nubes siguen en silencio.

Pero al hombre no le es suficiente la quietud de la naturaleza; y como no se puede librar del todo del ruido externo, necesita todavía con más urgencia el paz dentro de sí. Aún en medio del rumor de las avenidas, los naranjos producen su fruto en el sosiego del campo. También el hombre de hoy, que trabaja y se consume en mil afanes de servicio para sostener en pie el mundo, añora la paz del alma, del espíritu.

Sólo en la soledad de ese silencio podrá dar su mejor fruto: la contemplación y la adoración de Jesucristo, el Verbo de Dios, la Palabra de Dios.


Ernesto Juliá, ernesto.julia@gmail.com

Publicado originalmente en Religión Confidencial.

San Pío de Pietrelcina, 23 de septiembre: santidad y estigmas para la Iglesia

El siglo XX estuvo marcado por guerras, persecuciones y una profunda crisis humana y espiritual. En medio de este panorama, Dios quiso regalar a la Iglesia un ejemplo excepcional de santidad: san Pío de Pietrelcina, más conocido como Padre Pío. Este humilde y divertido fraile capuchino se convirtió en un foco de atracción para millones de fieles de todo el mundo que hoy siguen conmoviéndose con su vida.

Su mensaje sencillo –«Reza, espera y no te preocupes»– encierra una espiritualidad de confianza absoluta en la bondad y misericordia de Dios. Para los seminaristas y sacerdotes diocesanos, y para todos, su vida fue ejemplo de amor a Dios y a la Iglesia. Su figura es modelo vivo de lo que significa configurarse con Cristo, Buen Pastor, en favor de las almas.

Infancia y vocación temprana

El futuro santo nació como Francesco Forgione en Pietrelcina (Italia) en 1887, en el seno de una familia campesina humilde y profundamente creyente. Desde niño destacó por su vida de oración y su sensibilidad espiritual. Sus padres, Grazio y Maria Giuseppa, le transmitieron una fe sencilla y sólida, que se convirtió en la base de toda su vida.

Con apenas diez años, Francesco expresó claramente su deseo de consagrarse a Dios. Ingresó en la orden de los capuchinos, donde tomó el nombre de Pío en honor a san Pío V. Su formación estuvo marcada por la austeridad y la disciplina, pero sobre todo por un amor ardiente a Cristo Eucaristía y una profunda devoción a la Virgen María.

Este detalle es clave para entender su posterior ministerio: el sacerdocio no fue para él un oficio ni una tarea, sino una entrega total y radical a los demás por Jesucristo.

El padre Pío, con los estigmas de sus manos.

Ordenación sacerdotal y entrega pastoral

En 1910, a los 23 años, recibió la ordenación sacerdotal. Desde el inicio de su ministerio destacó por su celo pastoral y por una intensa vida interior.

Durante casi toda su vida sacerdotal residió en San Giovanni Rotondo, un pequeño convento capuchino que pronto se convertiría en un centro de peregrinación mundial. Allí, el Padre Pío se dedicaba a dos grandes misiones: celebrar la Santa Misa con fervor extraordinario y pasar innumerables horas en el confesionario, reconciliando a los fieles con Dios.

Su vida demuestra que la misión de un sacerdote no depende de grandes escenarios ni de programas complicados, sino de vivir fielmente el misterio de Jesucristo a través de los sacramentos y, sobre todo, en la Eucaristía y en el perdón de los pecados. Como recuerda san Josemaría Escrivá de Balaguer en muchos de sus textos, la santidad se alcanza en lo ordinario, en la fidelidad al deber de cada día y en el amor con que se sirve a Dios y a los demás.

Los estigmas: participación en la Pasión de Cristo

Uno de los fenómenos más sorprendentes de su vida fueron los estigmas, las llagas visibles de la Pasión de Cristo, que aparecieron en su cuerpo en 1918 mientras rezaba ante un crucifijo. Estas heridas en manos, pies y costado permanecieron con él durante 50 años, hasta su muerte en 1968. Ningún santo ha vivido tanto tiempo con los estigmas de la Pasión. Sirva de ejemplo que san Francisco de Asís los tuvo los dos últimos años de su vida.

El Padre Pío aceptó este sufrimiento como una participación en la Cruz de Cristo. Nunca presumió de estos dones extraordinarios; al contrario, los vivió con discreción y humildad, soportando muchas incomprensiones y hasta investigaciones de las autoridades eclesiásticas.

Los estigmas fueron un signo visible de lo que todo sacerdote está llamado a ser: otro Cristo. El ministerio sacerdotal no es una carrera de prestigio, sino de una entrega que pasa por la cruz. Para los seminaristas que se forman para se sacerdotes, contemplar la vida del Padre Pío es una invitación a no temer el sacrificio, sino a abrazarlo con amor.

Carismas y dones extraordinarios

Entre los carismas más notables del Padre Pío se encuentran:

La celda monástica del padre Pío de Pietrelcina en San Giovanni Rotondo (provincia de FoggiaItalia).

Pero, sobre todo, el Padre Pío se caracterizó por su profunda devoción a la Eucaristía, a la Virgen María y a la Pasión de Cristo. Su vida estuvo marcada por la oración constante, la penitencia, la obediencia a la Iglesia (incluso en momentos de persecución y acusaciones falsas; entre otras cosas se le prohibió celebrar la Misa en público de 1923 a 1933) y una dedicación incansable a la confesión y a la dirección espiritual.

Estos carismas impresionaban a las multitudes, pero él siempre insistía en lo esencial: la gracia de Dios se derrama principalmente a través de los sacramentos.

Su vida recuerda que lo más importante del ministerio sacerdotal no son los fenómenos extraordinarios, sino la fidelidad en la vida cotidiana: celebrar la Misa con devoción, confesar con paciencia, predicar con verdad y rezar con perseverancia.

Obras de caridad: el hospital del sufrimiento

El amor del Padre Pío no se limitaba al ámbito espiritual. En 1956 inauguró el Hospital Casa Sollievo della Sofferenza, una institución que hasta hoy sigue siendo referencia médica en Italia.

Este proyecto nació de su convicción de que los enfermos no deben ser tratados solo con técnicas médicas, sino también con compasión y atención espiritual. El hospital fue fruto de su oración, de la Providencia divina y de la colaboración de muchos benefactores.

De este modo, el Padre Pío mostró que la caridad cristiana no se queda en palabras, sino que se traduce en obras concretas que alivian el dolor humano. Una lección muy actual para la Iglesia: los sacerdotes están llamados a ser instrumentos de esperanza y de misericordia con el que sufre.

Canonización del Padre Pio en Roma (vía padrepio.org)

La muerte y canonización

El 23 de septiembre de 1968, el Padre Pío entregó su alma a Dios después de una vida de entrega heroica. Tenía 81 años. Sus últimas palabras fueron: «Jesús, María».

Su funeral congregó a más de 100.000 personas, testimonio del inmenso cariño y devoción que había suscitado en vida. En 1999 fue beatificado por san Juan Pablo II, y en 2002, el mismo Papa lo canonizó, proponiéndolo al mundo como modelo de santidad.

Hoy, millones de peregrinos acuden a San Giovanni Rotondo para rezar ante su tumba, y su devoción se ha extendido por todos los continentes.

Enseñanza del Padre Pío

Más allá de los fenómenos extraordinarios, lo que más atrae del Padre Pío es la profundidad de su vida espiritual. Su mensaje puede resumirse en tres palabras: oración, sufrimiento y confianza.

  1. Oración: pasaba largas horas en intimidad con Dios. Invitaba a todos a rezar el Rosario diariamente y a unirse a Jesucristo en la Misa.
  2. Sufrimiento: aceptó con amor sus dolores físicos y espirituales, ofreciéndolos por la conversión de los pecadores.
  3. Confianza: enseñaba a vivir sin angustia, porque el amor de Dios es más grande que nuestros problemas.

Padre Pío y la vocación sacerdotal

Estas tres actitudes son fundamentales para cualquier cristiano, pero especialmente para quienes se preparan al sacerdocio. El sacerdote debe ser hombre de oración, que ofrece su vida con Cristo y confía plenamente en la Providencia de Dios Padre.

Cuerpo del padre Pío expuesto para la veneración pública desde 2008. Una máscara de cera cubre su rostro.

La Fundación CARF trabaja para que miles de seminaristas y sacerdotes diocesanos, sobre todo de países sin recursos de todo el mundo, reciban formación en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz, en Roma, y en las Facultades Eclesiásticas de la Universidad de Navarra, en Pamplona.

El seminarista o el sacerdote, y todos los fieles laicos, al mirar la vida del Padre Pío, encontramos una inspiración directa:

Los futuros sacerdotes, sostenidos por la ayuda de los benefactores de la Fundación, deben seguir este camino de santidad. El testimonio del Padre Pío recuerda que el sacerdote no se pertenece a sí mismo, sino que es todo de Cristo y de toda la Iglesia.

Un santo para hoy y para siempre

Su ejemplo de vida invita a los fieles a redescubrir el valor de la Confesión, de la Eucaristía, de la oración y de la confianza en Dios Padre. Para los sacerdotes y seminaristas, debería ser un espejo donde contemplar lo que significa vivir configurados con Cristo hasta las últimas consecuencias.

Hoy, su voz resuena con la misma fuerza que en vida: «Reza, espera y no te preocupes. La ansiedad no sirve de nada. Dios es misericordioso y escuchará tu oración». Mediaset Italia produjo una gran producción cinematográfica sobre su vida de más de tres horas de duración. Te dejamos el enlace para ver

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Amistad entre santos: el padre Pío y Juan Pablo II

El padre Pío, capuchino italiano, (1887-1968), canonizado en 2002, en una multitudinaria ceremonia por san Juan Pablo II bajo el nombre de san Pío de Pietrelcina, este santo sacerdote recibió un don espiritual extraordinario para servir a todos los hombres y mujeres de su tiempo. Este don marcó su vida, llenándola de sufrimiento, no solo con el dolor físico que provocaban sus estigmas, sino también con el sufrimiento moral y espiritual, consecuencia de aquellos que lo consideraban loco o estafador.

El padre Pío, generoso dispensador de la misericordia divina

La realidad es que este santo ayudo a miles de personas a volver a la fe, a convertirse y acercarse a Dios. El Padre Pío realizó curaciones asombrosas. Y predicciones difíciles de contrastar como la realizada al propio Karol Wojtyla vaticinando su futuro papado. El francés Emanuele Brunatto acreditaba ese mismo don de profecía que le permitía averiguar de vez en cuando lo que iba a suceder. «Es Jesús –explicaba el Padre Pío– quien me deja leer a veces su cuaderno personal...».

Privilegio de un penitente

En la Misa de canonización el 16 de junio de 2002 en la plaza de san Pedro del Vaticano, san Juan Pablo II afirmó que «el padre Pío fue generoso dispensador de la misericordia divina, poniéndose a disposición de todos a través de la acogida, de la dirección espiritual y especialmente de la administración del sacramento de la penitencia. También yo, durante mi juventud, tuve el privilegio de aprovechar su disponibilidad hacia los penitentes. El ministerio del confesionario, que constituye uno de los rasgos distintivos de su apostolado, atraía a multitudes innumerables de fieles al convento de san Giovanni Rotondo».

¿Cómo se conocieron Juan Pablo II y Padre Pío?

La relación entre el Padre Pío y san Juan Pablo II no sólo viene por haberse celebrado las ceremonias de beatificación y canonización del fraile capuchino durante el pontificado del papa polaco, sino que, en 1948, Karol Wojtyla conoció al Padre Pío en san Giovanni Rotondo.

El primer encuentro de dos santos

Fue en abril de 1948 cuando Karol Wojtyla, un recién ordenado sacerdote, decidió conocer al padre Pío. «Fui a san Giovanni Rotondo para ver al padre Pío, participar de su Misa y si resultaba posible, confesarme con él». 

Este primer encuentro fue muy importante para el futuro papa. Así lo reflejó años después en una carta que envió de su puño y letra, escrita en polaco, al padre guardián del convento de san Giovanni Rotondo: «Hablé con él en persona e intercambié algunas palabras, fue mi primer encuentro con él y lo considero el más importante».

Mientras el padre Pío celebraba la Eucaristía, el joven Wojtyla se fijó especialmente en las manos del fraile, donde se veían los estigmas tapados por una costra negra. «En el altar de san Giovanni Rotondo se cumplía el sacrificio del mismo Cristo, y durante la confesión, el padre Pío ofrecía un discernimiento claro y sencillo, dirigiéndose al penitente con gran amor».

Las dolorosas llagas del Padre Pío

Además, el joven sacerdote se interesó por las llagas del padre Pío: «La única pregunta que le hice fue qué llaga le producía más dolor. Yo estaba convencido de que era la del corazón, pero padre Pío me sorprendió mucho cuando me dijo: 'No, la que más me duele es la de la espalda, la que tengo en el lado derecho'».

Esta sexta herida en el hombro, como la que Jesús sufrió llevando la cruz o el patibulum camino del Calvario. Era la llaga «que más dolía», porque había supurado y nunca había «sido tratada por los médicos».

Las cartas de Juan Pablo II y Padre Pío, se remontan al período del Concilio

La carta con fecha del 17 de noviembre de 1962 decía: «Venerable Padre, le pido que ore por una madre de cuatro hijas, de cuarenta años que vive en Cracovia, Polonia. Durante la última guerra estuvo en los campos de concentración en Alemania durante cinco años, y ahora corre un grave peligro de salud, incluso de vida, debido un cáncer.

Ore para que Dios, con la intervención de la Santísima Virgen, muestre misericordia para ella y su familia. In Christo obligatissimus, Carolus Wojtyla».

En ese entonces monseñor Wojtyla, estaba en Roma y recibió la noticia de la grave enfermedad de Wanda Poltawska. Convencido de que la oración del padre Pío tenía un poder especial ante Dios, decidió escribirle para pedirle ayuda y oraciones por la mujer, madre de cuatro hijas. 

Esta carta le llegó al padre Pío a través de Angelo Battisti, funcionario de la secretaría de Estado del Vaticano y administrador de la Casa Alivio del Sufrimiento. Él mismo cuenta que después de haberle leído el contenido, el padre Pio pronunció la famosa frase: “«¡A este no le puedo decir que no!», y añadió: «Angelo, guarda esta carta porque un día será importante».

Gracias por la curación

Unos días más tarde, la mujer se sometió a un nuevo examen diagnóstico que mostró que el tumor cancerígeno había desaparecido completamente. Once días después, Juan Pablo II volvió a escribir una carta, esta vez para darle las gracias.

La carta decía: «Venerable Padre, la mujer que vive en Cracovia, en Polonia, madre de 4 niñas, el día 21 de noviembre antes de la operación quirúrgica se curó repentinamente. Damos gracias a Dios y también a ti venerado Padre.

Expreso mi sincero agradecimiento en nombre de la señora, de su marido y de toda la familia. En Cristo, Karol Wojtyla, obispo capitular de Cracovia». En esa ocasión el fraile dijo: «¡Alabado sea el Señor!».

«Mirad la fama que ha alcanzado el padre Pío; los seguidores del mundo entero que ha congregado en torno a sí. Pero ¿por qué? ¿Acaso porque era un filósofo? ¿Porque era un sabio? ¿Porque disponía de medios?
Nada de eso: porque decía la Misa humildemente, confesaba de la mañana a la noche y era, es difícil decirlo, un representante sellado con las llagas de Nuestro Señor. Un hombre de oración y sufrimiento». Papa san Pablo VI, febrero de 1971.

Karol Wojtyla rezando ante la tumba del padre Pío en san Giovanni Rotondo.

Las visitas de Juan Pablo II a la tumba del Padre Pío

Wojtyla volvió a san Giovanni Rotondo en dos ocasiones más. La primera, siendo cardenal de Cracovia, en 1974 y la segunda proclamado ya Papa, en 1987. En estos dos viajes visitó los restos mortales de padre Pío y rezó arrodillado junto a la tumba del fraile capuchino. 

En el otoño de 1974, entonces cardenal Karol Wojtyla, estaba de vuelta en Roma y, «al acercarse la fecha del aniversario de su ordenación sacerdotal (1 de noviembre de 1946), decidió conmemorar el aniversario en san Giovanni Rotondo y celebrar la Misa junto a la tumba del padre Pío. Debido a una serie de vicisitudes (el 1 de noviembre fue especialmente lluvioso) el grupo compuesto por Wojtyla, Deskur y otros seis sacerdotes polacos se retrasó bastante, llegando por la noche alrededor de las 21 horas.

Desgraciadamente Karol Wojtyla no pudo cumplir su deseo de celebrar la Misa ante la tumba del padre Pío justo el día de su ordenación sacerdotal. Así que lo hizo al día siguiente». Stefano Campanella, director de Padre Pio TV.

Amor a los penitentes

El Padre Pío «tenía un simple y claro discernimiento y trataba al penitente con un gran amor», escribió ese día Juan Pablo II en el libro de visitas del convento en san Giovanni Rotondo.

En mayo de 1987, san Juan Pablo II, ya convertido en Papa, visitó la tumba del padre Pío con motivo del primer centenario de su nacimiento.

Ante más de 50.000 personas, su Santidad proclamó: «Grande es mi alegría por este encuentro y lo es por varios motivos. Como saben, estos lugares están ligados a recuerdos personales, es decir a mis visitas hechas al padre Pío durante su vida terrena, o ya espiritualmente luego de su muerte, ante su tumba».

San Pío de Pietrelcina

El 2 de mayo de 1999, Juan Pablo II beatificó al fraile estigmatizado, y el 16 de junio de 2002 lo proclamó santo. Ese día, san Juan Pablo II lo canoniza bajo el nombre de san Pío de Pietrelcina. En la homilía de su santificación, Juan Pablo recitó la oración compuesta por él para padre Pío: 

«Humilde y amado padre Pío: Enséñanos también a nosotros, te lo pedimos, la humildad de corazón, para ser considerados entre los pequeños del Evangelio, a los que el Padre ha prometido revelar los misterios de su Reino. 

Ayúdanos a rezar sin cansarnos jamás, con la certeza de que Dios conoce lo que necesitamos antes de que se lo pidamos. Alcánzanos una mirada de fe capaz de reconocer prontamente en los pobres y en los que sufren el rostro mismo de Jesús. 

Sostennos en la hora de la lucha y de la prueba, y si caemos, haz que experimentemos la alegría del sacramento del perdón. Transmítenos tu tierna devoción a María, Madre de Jesús y Madre nuestra. 

Acompáñanos en la peregrinación terrena hacía la patria feliz, a donde esperamos llegar también nosotros para contemplar eternamente la gloria del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén».

¿Tuvieron relación san Pío y san Josemaría?

Según varias fuentes, no consta que san Josemaría Escrivá de Balaguer y el Padre san Pío de Pietrelcina se hubieran conocido personalmente.

A pesar de no haber tenido un encuentro directo, sí existe una relación indirecta y un mutuo respeto entre ellos. El Padre Pío incluso defendió al Opus Dei en una ocasión. Se relata que un empresario italiano, Luigi Ghisleri, que tenía dudas sobre la Obra, consultó al Padre Pío, quien le respondió: «No te preocupes. El Opus Dei es cosa de Dios. ¡Es cosa santa!».

Además, el fundador del Opus Dei, san Josemaría, estaba convencido de la santidad del Padre Pío y lo defendía siempre que alguien ponía en duda la figura del capuchino. Ambos santos fueron elevados a los altares por san Juan Pablo II, convirtiéndose en intercesores importantes para la Iglesia.


Bibliografía

- La Brújula Cotidiana entrevista al director de Padre Pio TV, Stefano Campanella.
- Entrevista arzobispo polaco Mons. Andrés María Deskur, 2004.
- Homilía de Juan Pablo II. Misa de santificación, 2002.