Solemnidad del Corpus Christi

Una vez al año, la Iglesia Católica detiene su calendario litúrgico ordinario para poner en el centro de la atención algo extraordinario: la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía. Eso es Corpus Christi –el Cuerpo de Cristo–, una solemnidad que no solo se contempla, sino que transforma la vida de quien se une a Él y le adora.

Se nos invita a manifestar nuestra fe y devoción a este sacramento, que es un sacramento de piedad, signo de unidad, vinculo de caridad, banquete pascual en el cual se come a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria venidera.

Multitud de fieles participa en una procesión de Corpus Christi por las calles de una ciudad europea, acompañando al Santísimo Sacramento bajo palio.
El pueblo camina unido en torno a la Eucaristía durante la festividad del Corpus Christi.

¿Qué celebramos en esta solemnidad?

El Corpus Christi conmemora el misterio más profundo y central de la fe católica: que Jesús está verdaderamente presente –con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad– en la Sagrada Eucaristía. No es un símbolo, no es una metáfora, no es un recuerdo piadoso. Es Él mismo, vivo y entregado por amor.

Esta fiesta fue instituida en el siglo XIII, gracias al impulso de santa Juliana de Cornillon y al milagro eucarístico de Bolsena, que conmovió al papa Urbano IV. Y, desde entonces, cada segundo jueves después de Pentecostés, los católicos de todo el mundo dan testimonio público de su fe con Misas solemnes, procesiones y adoraciones.

Porque en la Eucaristía Dios se nos da completamente. No hay nada más íntimo, más transformador ni más real que comulgar con Cristo. Corpus Christi nos recuerda que:

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Una fiesta que compromete

Corpus Christi no es solo una fecha hermosa en el calendario. Es una llamada a vivir eucarísticamente. A dejar que Jesús, que se parte por nosotros, nos enseñe a partirnos por los demás. A ser pan partido para el mundo, especialmente para quienes no conocen a Cristo o sufren en silencio.

Celebrar la fiesta del Corpus Christi es adorar a Jesús con todo el corazón, agradecerle por quedarse con nosotros en cada sagrario del mundo, y dejarnos transformar por su presencia. Porque quien comulga con fe, ya no vive para sí, sino para Aquel que se entrega cada día en el altar. «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna (Jn 6, 51-58). Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. Si alguno come este pan vivirá eternamente; y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.

Los judíos se pusieron a discutir entre ellos: —¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?

Jesús les dijo: —En verdad, en verdad os digo que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo le resucitaré en el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida.

El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él.  Igual que el Padre que me envió vive y yo vivo por el Padre, así, aquel que me come vivirá por mí.  Éste es el pan que ha bajado del cielo, no como el que comieron los padres y murieron: quien come este pan vivirá eternamente».

Discurso del Pan de Vida

En la fiesta del Corpus celebramos que Cristo revela el misterio de la Eucaristía. Sus palabras son de un realismo tan fuerte que excluyen cualquier interpretación en sentido figurado. Los oyentes entienden el sentido propio y directo de las palabras de Jesús (v. 52), pero no creen que tal afirmación pueda ser verdad.

De haberlo entendido en sentido figurado o simbólico no les hubiera causado tan gran extrañeza ni se hubiera producido la discusión. De aquí también nace la fe de la Iglesia en que mediante la conversión del pan y del vino en su Cuerpo y Sangre, Cristo se hace presente en este sacramento.

Pintura histórica de una solemne procesión de Corpus Christi con presencia de autoridades civiles, eclesiásticas y militares en una ciudad española.
Procesión del Corpus Christi con toda su solemnidad tradicional, según la visión del pintor Sáinz de la Maza (1944).

«El Concilio de Trento resume la fe católica cuando afirma: “Porque Cristo, nuestro Redentor, dijo que lo que ofrecía bajo la especie de pan era verdaderamente su Cuerpo, se ha mantenido siempre en la Iglesia esta convicción, que declara de nuevo el Santo Concilio: por la consagración del pan y del vino se opera el cambio de toda la substancia del pan en la substancia del Cuerpo de Cristo nuestro Señor y de toda la substancia del vino en la substancia de su sangre; la Iglesia católica ha llamado justa y apropiadamente a este cambio transubstanciación” (DS 1642)» Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1376.

En este discurso Jesús compara tres veces (cfr vv. 31-32.49.58) el verdadero Pan de Vida, su propio Cuerpo, con el maná, con el que Dios había alimentado a los hebreos diariamente durante cuarenta años en el desierto. Así, hace una invitación a alimentar frecuentemente nuestra alma con el manjar de su Cuerpo.

«De la comparación del Pan de los Ángeles con el pan y con el maná fácilmente podían los discípulos deducir que, así como el cuerpo se alimenta de pan diariamente, y cada día eran recreados los hebreos con el maná en el desierto, del mismo modo el alma cristiana podría diariamente comer y regalarse con el Pan del Cielo. A más de que casi todos los Santos Padres de la Iglesia enseñan que el pan de cada día, que se manda pedir en la oración dominical, no tanto se ha de entender del pan material, alimento del cuerpo, cuanto de la recepción diaria del Pan Eucarístico» S. Pío X, Sacra Tridentina Synodus, 20-XII-1905.

El domingo después de la Santísima Trinidad, la Iglesia celebra el Corpus, la solemnidad del santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo. Ese es su título completo, aunque solemos referirnos a ella utilizando su anterior nombre latino, Corpus Christi. Es interesante saber que su título más antiguo fue Festum Eucharistiae.


Recursos sobe la Eucaristía para la fiesta del Corpus Christi 

Autor: don Francisco Varo Pineda, director de Investigación de la Universidad de Navarra y profesor de Sagrada Escritura en la Facultad de Teología.

Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote: amor entregado

Cada año, el jueves posterior a Pentecostés, la Iglesia celebra una fiesta litúrgica singular: la fiesta de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote. No se trata solo de un recuerdo litúrgico más, sino de una invitación profunda a contemplar el corazón mismo del misterio cristiano: Cristo que se ofrece al Padre por la salvación del mundo, y que asocia a este sacrificio a los sacerdotes de la Iglesia.

¿Qué se celebra en esta fiesta?

Esta fiesta tiene como centro a Cristo en su dimensión sacerdotal, es decir, como mediador entre Dios y los hombres (cf. 1 Tim 2,5). No celebra un momento concreto de su vida (como la Navidad o la Pascua), sino su ser sacerdotal eterno, según el orden de Melquisedec (cf. Heb 5,6).

Jesús no fue un sacerdote como los del templo judío. Él es el sacerdote perfecto porque ofreció no sacrificios de animales, sino su propio cuerpo y sangre en obediencia y amor al Padre. Como dice la Carta a los Hebreos: «Cristo vino como Sumo Sacerdote de los bienes futuros… no por sangre de machos cabríos ni de becerros, sino por su propia sangre, entró de una vez para siempre en el santuario y obtuvo una redención eterna» (Heb 9,11-12).

Esta fiesta fue instaurada en el calendario litúrgico por algunos obispos –especialmente en España y América Latina– en el siglo XX, y fue aprobada por la Congregación para el Culto Divino en 1987. Desde entonces, ha sido adoptada por muchas diócesis del mundo.

Escena de la película "La Pasión de Cristo" mostrando a Jesús en la Última Cena, sosteniendo el pan mientras instituye la Eucaristía, con sus discípulos observando en silencio.

El único sacrificio y el único sacerdote

La Iglesia enseña que Cristo es al mismo tiempo sacerdote, víctima y altar. Él no solo es el que ofrece, sino también el que se entrega: «Cristo, sacerdote eterno, con la oblación de su cuerpo, realizado una vez por todas, llevó a término la obra de la redención humana» (Prefacio propio de la Misa de esta fiesta).

En la Última Cena, anticipó sacramentalmente el sacrificio que consumaría en la cruz. Desde entonces, cada Misa es actualización real y sacramental de ese único sacrificio. No se repite, sino que se hace presente, por el poder del Espíritu Santo.

Por eso, cuando los sacerdotes celebran la Eucaristía, actúan «in persona Christi Capitis» (en persona de Cristo Cabeza), no como simples delegados o representantes. Es Cristo mismo quien actúa a través de ellos.

Fiesta de Cristo y de sus sacerdotes

Esta fiesta también es una ocasión privilegiada para orar por los sacerdotes. Ellos han sido configurados con Cristo Sacerdote para continuar su misión. En palabras de san Juan Pablo II: «El sacerdocio ministerial participa del sacerdocio único de Cristo y tiene la tarea de hacer presente en cada tiempo el sacrificio de la redención» (Carta a los sacerdotes, Jueves Santo de 1986).

Hoy más que nunca, los sacerdotes necesitan nuestra cercanía, nuestro afecto y nuestras oraciones. Su misión es hermosa, pero también exigente. Son instrumentos del amor de Cristo, pero no están exentos de dificultades, cansancios y tentaciones.

Esta fiesta, por tanto, es también una llamada a renovar el amor y el apoyo hacia nuestros pastores. También es una jornada para pedir nuevas vocaciones sacerdotales. La Iglesia necesita hombres que, enamorados de Cristo, estén dispuestos a gastar su vida al servicio del Evangelio.

Contemplar a Cristo Sacerdote para seguirle de cerca

Contemplar a Cristo como Sumo y Eterno Sacerdote es mirar su Corazón, su entrega, su obediencia al Padre y su compasión por los hombres. Él se hizo sacerdote para interceder por nosotros sin cesar, como dice Hebreos: «Él puede salvar perfectamente a los que por medio de Él se acercan a Dios, ya que vive siempre para interceder por ellos» (Heb 7,25).

En un mundo marcado por la autosuficiencia, la prisa y la superficialidad, mirar a Cristo Sacerdote es una llamada a vivir una espiritualidad de entrega, de intercesión y de servicio silencioso. Cristo no se impone: se ofrece. No exige: se da. No se exhibe: se entrega hasta el extremo.

Para los fieles laicos, esta fiesta también recuerda que todos los bautizados participan del sacerdocio de Cristo. San Pedro lo dice claramente: «Vosotros sois linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido por Dios» (1 Pe 2,9).

Este sacerdocio común de los fieles se vive en la ofrenda diaria, en la oración, en la caridad, en el testimonio de vida. Cada cristiano está llamado a ofrecer su vida como sacrificio espiritual agradable a Dios (cf. Rom 12,1).

Pintura renacentista de Cristo sosteniendo una gran hostia consagrada en su mano izquierda y un cáliz dorado en su mano derecha, con fondo dorado y halo radiante, representando su papel como Sumo y Eterno Sacerdote.

Una fiesta para mirar al altar… y al cielo

La Fiesta de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, nos invita a mirar el altar con fe renovada, y a reconocer que allí actúa el mismo Cristo. Nos recuerda que la salvación no viene de nuestras obras, sino del sacrificio de Cristo. Y que ese sacrificio es eterno, siempre vivo, siempre eficaz.

Es una fiesta profundamente eucarística, profundamente sacerdotal y profundamente eclesial. Es una oportunidad para agradecer a Cristo su entrega, para pedir por quienes han sido llamados a representarlo sacramentalmente, y para ofrecernos con Él al Padre, por el bien del mundo.

Frases de san Josemaría sobre los sacerdotes

1. ¿Cuál es la identidad del sacerdote? La de Cristo. Todos los cristianos podemos y debemos ser no ya alter Christus sino ipse Christus, otros Cristos, ¡el mismo Cristo! Pero en el sacerdote esto se da inmediatamente, de forma sacramental (Amar a la Iglesia, 38).

2. A los sacerdotes se nos pide la humildad de aprender a no estar de moda, de ser realmente siervos de los siervos de Dios (...), para que los cristianos corrientes, los laicos, hagan presente, en todos los ambientes de la sociedad, a Cristo (Conversaciones, 59).

3. Un sacerdote que vive de este modo la Santa Misa -adorando, expiando, impetrando, dando gracias, identificándose con Cristo-, y que enseña a los demás a hacer del Sacrificio del Altar el centro y la raíz de la vida del cristiano, demostrará realmente la grandeza incomparable de su vocación, ese carácter con el que está sellado, que no perderá por toda la eternidad (Amar a la Iglesia, 49).

4. He concebido siempre mi labor de sacerdote y de pastor de almas como una tarea encaminada a situar a cada uno frente a las exigencias completas de su vida, ayudándole a descubrir lo que Dios, en concreto, le pide, sin poner limitación alguna a esa independencia santa y a esa bendita responsabilidad individual, que son características de una conciencia cristiana (Es Cristo que pasa, 99).

5. ¡Valor de la piedad en la Santa Liturgia!

Nada me extrañó lo que, hace unos días, me comentaba una persona hablando de un sacerdote ejemplar, fallecido recientemente: ¡qué santo era!

—¿Le trató Vd. mucho?, le pregunté.

—No —me contestó—, pero le vi una vez celebrar la Santa Misa (Forja, 645).

6. No quiero —por sabido— dejar de recordarte otra vez que el Sacerdote es "otro Cristo". —Y que el Espíritu Santo ha dicho: "nolite tangere Christos meos" —no queráis tocar a "mis Cristos" (Camino, 67).

7. El trabajo —por decirlo así— profesional de los sacerdotes es un ministerio divino y público, que abraza exigentemente toda la actividad hasta tal punto que, en general, si a un sacerdote le sobra tiempo para otra labor que no sea propiamente sacerdotal, puede estar seguro de que no cumple el deber de su ministerio (Amigos de Dios, 265).

8. Cristo, que subió a la Cruz con los brazos abiertos de par en par, con gesto de Sacerdote Eterno, quiere contar con nosotros —¡que no somos nada!—, para llevar a "todos" los hombres los frutos de su Redención (Forja, 4).

9. Ni a la derecha ni a la izquierda, ni al centro. Yo, como sacerdote, procuro estar con Cristo, que sobre la Cruz abrió los dos brazos y no sólo uno de ellos: tomo con libertad, de cada grupo, aquello que me convence, y que me hace tener el corazón y los brazos acogedores, para toda la humanidad (Conversaciones, 44).

10. Aquel sacerdote amigo trabajaba pensando en Dios, asido a su mano paterna, y ayudando a que los demás asimilaran estas ideas madres. Por eso, se decía: cuando tú mueras, todo seguirá bien, porque continuará ocupándose Él(Surco, 884).

11. Me convenció aquel sacerdote amigo nuestro. Me hablaba de su labor apostólica, y me aseguraba que no hay ocupaciones poco importantes. Debajo de este campo cuajado de rosas —decía—, se esconde el esfuerzo silencioso de tantas almas que, con su trabajo y oración, con su oración y trabajo, han conseguido del Cielo un raudal de lluvias de la gracia, que todo lo fecunda (Surco, 530).

12. ¡Vive la Santa Misa!

—Te ayudará aquella consideración que se hacía un sacerdote enamorado: ¿es posible, Dios mío, participar en la Santa Misa y no ser santo?

—Y continuaba: ¡me quedaré metido cada día, cumpliendo un propósito antiguo, en la Llaga del Costado de mi Señor!

—¡Anímate! (Forja, 934).

13. Ser cristiano —y de modo particular ser sacerdote; recordando también que todos los bautizados participamos del sacerdocio real— es estar de continuo en la Cruz (Forja, 882).

14. No nos acostumbremos a los milagros que se operan ante nosotros: a este admirable portento de que el Señor baje cada día a las manos del sacerdote. Jesús nos quiere despiertos, para que nos convenzamos de la grandeza de su poder, y para que oigamos nuevamente su promesa: venite post me, et faciam vos fieri piscatores hominum, si me seguís, os haré pescadores de hombres; seréis eficaces, y atraeréis las almas hacia Dios. Debemos confiar, por tanto, en esas palabras del Señor: meterse en la barca, empuñar los remos, izar las velas, y lanzarse a ese mar del mundo que Cristo nos entrega como heredad (Es Cristo que pasa, 159).

Si es verdad que arrastramos miserias personales, también lo es que el Señor cuenta con nuestros errores. No escapa a su mirada misericordiosa que los hombres somos criaturas con limitaciones, con flaquezas, con imperfecciones, inclinadas al pecado. Pero nos manda que luchemos, que reconozcamos nuestros defectos; no para acobardarnos, sino para arrepentirnos y fomentar el deseo de ser mejores (Es Cristo que pasa, 159).

15. Sacerdote, hermano mío, habla siempre de Dios, que, si eres suyo, no habrá monotonía en tus coloquios (Forja, 965).

16. La guarda del corazón. —Así rezaba aquel sacerdote: "Jesús, que mi pobre corazón sea huerto sellado; que mi pobre corazón sea un paraíso, donde vivas Tú; que el Ángel de mi Guarda lo custodie, con espada de fuego, con la que purifique todos los afectos antes de que entren en mí; Jesús, con el divino sello de tu Cruz, sella mi pobre corazón" (Forja, 412).

17. Cuando daba la Sagrada Comunión, aquel sacerdote sentía ganas de gritar: ¡ahí te entrego la Felicidad! (Forja, 267)

18. Para no escandalizar, para no producir ni la sombra de la sospecha de que los hijos de Dios son flojos o no sirven, para no ser causa de desedificación..., vosotros habéis de esforzaros en ofrecer con vuestra conducta la medida justa, el buen talante de un hombre responsable (Amigos de Dios, 70).

Fuentes:

El celibato sacerdotal: historia, sentido y desafíos

El celibato sacerdotal ha sido, desde los primeros siglos del cristianismo, una realidad profundamente ligada al ministerio ordenado en la Iglesia católica latina. Aunque no es un dogma de fe, el celibato ha sido asumido como un don que expresa con fuerza el sentido espiritual del sacerdocio. Pero, ¿de dónde viene esta práctica? ¿Por qué se mantiene hoy? ¿Qué desafíos enfrenta?

Un poco de historia: raíces bíblicas y tradición eclesial

La práctica del celibato no comenzó con la Iglesia, pero fue asumida por ella desde muy pronto. Jesús mismo vivió célibe, y en su enseñanza aparece la opción por el celibato «por el Reino de los cielos» (cf. Mt 19,12). San Pablo también hace referencia a este ideal en su primera carta a los Corintios: «el que no está casado se preocupa de las cosas del Señor, de cómo agradar al Señor» (1 Co 7,32).

En los primeros siglos del cristianismo, tanto clérigos casados como célibes convivían en la vida eclesial. Sin embargo, ya en el siglo IV, los concilios de Elvira (c. 305) y Cartago (390) recomendaron la continencia perpetua para los clérigos casados, es decir, vivir como hermanos una vez recibidas las órdenes sagradas. Con el tiempo, la disciplina del celibato obligatorio se consolidó en Occidente, especialmente desde el segundo Concilio de Letrán (1139), que estableció que solo podían ordenarse hombres célibes.

En la Iglesia católica oriental, en cambio, se ha mantenido la posibilidad de ordenar hombres casados, aunque los obispos son elegidos exclusivamente entre los célibes.

El sentido espiritual del celibato sacerdotal

El celibato no es simplemente una renuncia, sino una elección positiva por un amor más grande. Como escribió san Juan Pablo II: «El celibato por el Reino no es una huida del matrimonio, sino una forma particular de participación en el misterio de Cristo y de su amor esponsal por la Iglesia» (Juan Pablo II, Pastores dabo vobis, n. 29).

El sacerdote, configurado con Cristo Cabeza y Esposo de la Iglesia, está llamado a amar con un corazón indiviso, entregándose totalmente a Dios y al servicio del pueblo. El celibato permite esta entrega radical, libre de ataduras familiares, para estar disponible para todos.

Además, el celibato es un signo escatológico: anticipa el estado futuro de los redimidos en el Reino de los cielos, donde «no se casan ni se dan en casamiento» (cf. Mt 22,30).

Jóvenes seminaristas y sacerdotes católicos asisten a clase en un aula universitaria, vestidos con la sotana negra o camisa clerical con alzacuellos. Están atentos, tomando notas o usando portátiles, como parte de su formación intelectual y espiritual para vivir plenamente su vocación y el compromiso del celibato sacerdotal.

Desafíos actuales

En el mundo contemporáneo, el celibato es frecuentemente incomprendido. En una cultura hipersexualizada y centrada en la realización personal, el celibato puede parecer una carga o una privación injustificada. Además, la falta de testimonios positivos y los escándalos de algunos miembros del clero han hecho que ciertas personas cuestionen su viabilidad y conveniencia.

Incluso dentro de la Iglesia hay voces que proponen su revisión, sobre todo en contextos donde escasean las vocaciones. Sin embargo, los últimos Papas han reafirmado con fuerza su valor. Benedicto XVI afirmó: «El celibato sacerdotal, vivido con madurez, alegría y entrega, es una bendición para la Iglesia y para la sociedad misma» (Luz del mundo, 2010).

Y el papa Francisco, aunque abrió un diálogo sobre los viri probati (hombres casados de probada fe en zonas remotas), ha subrayado que el celibato es «un don» que no se debe suprimir.

Un sacerdote sostiene unas hojas mientras parece explicar un asunto en un aula.

Una llamada al amor y a la libertad

Más allá del debate, el celibato sacerdotal sigue siendo un signo profético, un testimonio de que es posible vivir una vida plena, entregada por entero a Dios y a los demás. No es una imposición, sino una elección libre que responde a una vocación concreta, acompañada de gracia, formación y comunidad.

En la Fundación CARF, apoyamos a los seminaristas y sacerdotes diocesanos en su camino vocacional, conscientes de que el celibato no se vive en soledad, sino con la ayuda de Dios, de los demás hermanos sacerdotes y laicos, y de toda la Iglesia que acompaña. Oramos por ellos y los sostenemos para que puedan ser testigos fieles del amor de Cristo.

Fuentes y referencias


Fundación CARF.

San José: un corazón de padre en la Provenza

El monte Bessillon pertenece al término municipal de Cotignac, en la Provenza. Allí tuvo lugar el 7 de junio de 1660 la única aparición de san José, que está reconocida por la Iglesia. No se asemeja a otras apariciones en la que se transmiten detallados mensajes a un vidente. De hecho, no hay mensaje que transmitir.

La aparición de san José

El patriarca, solo ha venido en auxilio de un joven pastor, agobiado por la sed, en un día muy próximo al verano.

San José, se presenta como un hombre de considerable estatura que señala al pastor una enorme roca, y le dice: "Soy José, levántala y beberás". Gaspard le dirige una mirada de incredulidad, pues se ve incapaz de levantarla. Pero San José reitera su orden y el pastor la levanta sin demasiado esfuerzo.

Descubre debajo un manantial de agua fresca y bebe con avidez pero, cuando levanta la vista, se da cuenta de que está solo. San José, el padre de Jesús, apenas ha roto el silencio que le atribuyen los Evangelios. El que no se calla es Gaspard y difunde la noticia por los contornos, de tal manera que acuden al manantial enfermos de todas partes para curarse y aliviarse. Muy pronto se construye en el lugar un oratorio provisional, y en 1663 se inaugura la capilla actual.

Actual santuario de san José

El actual Santuario de san José fue consagrado en 1663. En la fiesta de san José, desde 1661 en adelante acudían verdaderas muchedumbres al santuario del santo.

El actual santuario de san José fue consagrado en 1663. En la fiesta de san José, desde 1661 en adelante acudían verdaderas muchedumbres al santuario del santo.

Desde entonces, la capilla ha resistido todos los estragos del tiempo, incluidos los de la Revolución Francesa, aunque tuviera que ser abandonada durante algunos años. Sobre la capilla se cernió un cierto olvido durante el siglo XIX y una gran parte del XX, aunque cada 19 de marzo una peregrinación reunía a las gentes de las proximidades.

Finalmente, en 1975 se establecieron allí los benedictinos del monasterio de Medea, en Argelia, y el arquitecto Fernand Pouillon construyó un nuevo monasterio junto a los restos de los edificios del siglo XVII. La obra armoniza lo antiguo y lo moderno.

La influencia de Jacques-Bénigne Bossuet

Por la misma época en que se produjo esta singular aparición de San José, Francia fue consagrada al santo patriarca por Luis XIV, a instancias de su madre, Ana de Austria. Eran los tiempos en que la Corte francesa se detenía a escuchar la oratoria sagrada de Jacques-Bénigne Bossuet, una de las personalidades más influyentes de la Iglesia de entonces.

A veces se nos ha dado una visión de Bossuet más propia de un tratadista que construye una teoría política de la monarquía francesa, y se ha olvidado su profunda espiritualidad y sus grandes conocimientos sobre la Sagrada Escritura y los padres de la Iglesia.

La palabra de Bossuet, como la de otros predicadores de palacio, era una semilla lanzada a unos interlocutores que parecían tener su corazón demasiado volcado hacia las exigencias del poder y del prestigio externo. Pero no corresponde al predicador recoger los frutos, sino que es Dios el que recoge la cosecha a su tiempo.

san jose corazón de padre
Destacado clérigo, predicador e intelectual francés. Jacques-Bénigne Lignel Bossuet (Dijon, 27 de septiembre de 1627 - París, 12 de abril de 1704).

Bossuet hizo ante Ana de Austria dos panegíricos sobre san José, ambos en un 19 de marzo, los de 1659 y 1661. En el primero San José es presentado como el custodio de María y de Jesús, y a la vez se resalta el hecho de que supiera guardar toda su vida el secreto que Dios le había confiado. En el segundo, Bossuet parte de la cita bíblica de que el Señor ha buscado un hombre según su corazón de padre (1 Sam 13, 13). Se refiere a David, antepasado de José, y el predicador alaba la sencillez, el desprendimiento y la humildad del patriarca. Afirma que su fe sobrepasa la de Abrahán, modelo de fe perfecta, porque ha tenido que custodiar a un Dios que ha nacido y crecido en la debilidad. José se asemeja al barro moldeable al que el alfarero le da los contornos definitivos. 

La paternidad de san José

Cuando se pronuncian estas palabras, José se ha hecho presente en una aldea de la Provenza. No ha aparecido con poder y majestad, no ha querido expresar que había sido demasiado olvidado en 17 siglos de historia de la Iglesia.

Por el contrario, la manifestación de san José ha estado marcada por la discreción y por el servicio. Ha cuidado de un joven pastor, como cuidó durante años de Jesús y de María. Ha sido padre una vez más. Con ello nos recuerda que la paternidad está siempre ligada al servicio. Esa es la paternidad que infunde confianza, la que fundamenta la autoridad en custodiar y servir, y no la del padre «señor de vidas y haciendas» del pasado, que tanto ha contribuido al actual descrédito de la figura paterna.

Sin embargo, cuando se cuestiona o se niega al padre, la fraternidad se hace imposible. Es lo que sucede en la sociedad actual, donde ha crecido la semilla del individualismo. San José nos recuerda que el mundo necesita padres para que todos lleguemos a ser hermanos.

Antonio R. Rubio Plo, Licenciado en Historia y en Derecho, Escritor y analista internacional, @blogculturayfe / @arubioplo

Diácono: conoce en qué se diferencia del sacerdote

Qué es un diácono, qué funciones realiza y cómo se diferencia de un sacerdote. Te lo vamos a explicar, y también responderemos algunas preguntas frecuentes: ¿pueden casarse? ¿celebran la Santa Misa? ¿Hay diferentes tipos? Sigue leyendo para descubrirlo.

¿Qué es un diácono?

La palabra diácono proviene del griego diakonos, que significa «servido» o «ministro». En la Iglesia Católica, el diaconado es el primer grado del sacramento del Orden, seguido del presbiterado (sacerdotes) y del episcopado (obispos). Por tanto, es un ministro ordenado, llamado a servir al pueblo de Dios en el anuncio de la Palabra, la celebración de algunos sacramentos y la caridad.

El diaconado no es un invento moderno. Ya en el Nuevo Testamento, concretamente en los Hechos de los Apóstoles (Hch. 6,1-6), se narra cómo los Apóstoles eligieron a siete hombres de buena reputación, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría, para encargarse de la asistencia a las viudas y otras tareas de servicio. Entre ellos estaba san Esteban, el primer mártir de la Iglesia.

Sacerdote junto a un diácono y seminaristas de Bidasoa celebrando la Exposición al Santísimo

¿Qué funciones realiza?

Los diáconos están llamados principalmente al servicio. Su triple misión puede resumirse en tres áreas: la Palabra, la Liturgia y la Caridad.

Servicio de la Palabra
Puede proclamar el Evangelio en la Santa Misa, predicar la homilía (si el presbítero que preside lo autoriza) y enseñar la doctrina cristiana. Muchos colaboran en la formación catequética, en la evangelización y en el acompañamiento de comunidades cristianas.

Servicio de la Liturgia
Aunque un diácono no puede consagrar la Eucaristía, sí puede:

Servicio de la Caridad
Son especialmente responsables de animar la caridad en sus comunidades. Visitan enfermos, ayudan a los pobres, acompañan a marginados, promueven obras sociales y colaboran con Cáritas u otras instituciones. Esta dimensión caritativa está profundamente ligada a sus raíces apostólicas.

Diacono vestido con el alba blanca con las manos en posición de rezar

¿Qué diferencia hay entre ambos?

Aunque tanto el diácono como el sacerdote han recibido el sacramento del Orden, sus funciones, capacidades litúrgicas y su lugar en la jerarquía eclesial son diferentes.

AspectoDiáconoSacerdote
Grado del ordenPrimer grado del orden sagradoSegunda grado del orden sagrado
Celebración de la MisaNo puede consagrar ni presidir la EucaristíaPuede celebrar la Misa y consagrar la Eucaristía
Confesión y UnciónNo puede administrar estos sacramentosPuede administrar la Confesión y la Unción de los enfermos
PredicaciónPuede proclamar el Evangelio y predicar Puede predicar habitualmente
Estado de vidaPuede estar casado, si es permanente; célibe, si es transitorioSiempre célibe en el rito latino
Ordenación posteriorPuede ser ordenado si es transitorioYa ha recibido el sacerdocio, no hay ordenación superior excepto episcopado

¿Pueden casarse?

Esta es una de las preguntas más frecuentes. La respuesta depende del tipo:

Diácono permanete: es aquel que ha sido ordenado con la intención de permanecer en ese ministerio, sin aspirar al sacerdocio. En este caso:

Diácono transitorio: es un seminarista que ha recibido el diaconado como paso previo al sacerdocio. En este caso:

En resumen: un diácono casado no puede ser sacerdote (al menos en el rito latino), y un seminarista célibe no puede casarse después de ser ordenado diácono.

Sacerdote celebrando la Eucaristía
Celebrando la Santa Misa en Tanzania.

¿Pueden celebrar la Santa Misa?

No. Aunque participan en la Misa y tienen un papel litúrgico visible –por ejemplo, proclaman el Evangelio, elevan el cáliz, dan la paz y la comunión–, no pueden celebrar la Eucaristía por sí solos, ya que no tienen el poder de consagrar el pan y el vino. Ese poder está reservado a los sacerdotes y obispos.

Por tanto, no «celebra Misa» en sentido estricto. Puede presidir celebraciones litúrgicas sin Eucaristía, como liturgias de la Palabra, exequias, bautizos y matrimonios.

¿Por qué son importantes en la Iglesia?

Ellos recuerdan a toda la comunidad cristiana que la vocación fundamental de la Iglesia es el servicio. Encarnan el ejemplo de Cristo que «no vino a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por muchos» (Mt 20,28).

Especialmente en contextos donde hay escasez de presbíteros, la presencia de diáconos bien formados es un gran apoyo pastoral. Además, su cercanía con las realidades concretas del pueblo –familia, trabajo, sociedad– les permite ser puentes eficaces entre la Iglesia y el mundo.

Dos seminaristas vestidos con el alba de diácono preparados para asisitir en una celebración litúrgica

Su formación y el papel de la Fundación CARF

Tanto los permanentes como los transitorios necesitan una formación sólida en teología, espiritual y pastoral. En el caso de los futuros sacerdotes, el diaconado transitorio es una etapa clave que marca el final de su preparación en el seminario.

La Fundación CARF colabora con la formación de ellos en centros como la Universidad Pontificia de la Santa Cruz en Roma y las Facultades Eclesiásticas de la Universidad de Navarra en Pamplona, entre otras instituciones. Gracias a los benefactores, muchos seminaristas de todo el mundo pueden prepararse adecuadamente para ejercer el ministerio con fidelidad, alegría y entrega.

El diaconado es un ministerio precioso que enriquece la vida de la Iglesia. No son «sacerdotes a medias», sino ministros ordenados con una identidad y misión propia: servir a la Palabra, a la Liturgia y a la Caridad. Algunos están en camino hacia el sacerdocio; otros, como los permanentes, son signo vivo del servicio de Cristo en medio del mundo.

Desde la Fundación CARF, agradecemos a todos su entrega generosa y animamos a nuestros benefactores a seguir apoyando la formación de vocaciones en todos los niveles. Porque una Iglesia con servidores bien formados es una Iglesia más viva, más santa y más cercana.

Bibliografía

Fiesta del Sagrado Corazón de Jesús 2025

En la Fiesta del Sagrado Corazón de Jesús celebramos la solemnidad litúrgica del amor de Dios: hoy es la fiesta del amor, dijo hace unos años el Papa Francisco. Y añade «el apóstol Juan nos dice qué es el amor: no que nosotros hayamos amado a Dios, sino que Él nos ha amado primero. Él nos esperaba con amor. Él es el primero en amar». San Juan Pablo II decía que «esta fiesta recuerda el misterio del Amor que Dios alberga por los hombres de todos los tiempos».

¿Cuándo se celebra la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús?

Todo el mes de junio está dedicado al Sagrado Corazón de Jesús, aunque su fiesta es después de la octava de Corpus Christi. Este 2025 se celebra el viernes 27 de junio.

Durante la fiesta, san Josemaría invita a meditar sobre el Amor de Dios: «Son pensamientos, afectos, conversaciones que las almas enamoradas han dedicado a Jesús desde siempre. Pero, para entender ese lenguaje, para saber de verdad lo que es el corazón humano y el Corazón de Cristo hace falta fe y hace falta humildad».

La devoción al Sagrado Corazón de Jesús

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San Josemaría hace hincapié en que como devotos tengamos presente toda la riqueza que se encierra en estas palabras: Sagrado Corazón de Jesús.

Cuando hablamos de corazón humano no nos referimos sólo a los sentimientos, aludimos a toda la persona que quiere, que ama y trata a los demás. Un hombre vale lo que vale su corazón, podemos decir.

En la Biblia se habla del corazón, para referirse a la persona que, como manifestó el mismo Jesucristo, se dirige toda ella –alma y cuerpo– a lo que considera su bien. «Porque donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón» (Mt VI, 21).

Por eso al hablar de la devoción al Corazón, san Josemaría pone de manifiesto la certeza del amor de Dios y la verdad de su entrega a nosotros. Al recomendar la devoción a ese Sagrado Corazón de Jesús, nos recomienda dirigirnos íntegramente –con todo lo que somos: nuestra alma, nuestros sentimientos, nuestros pensamientos, nuestras palabras y nuestras acciones, nuestros trabajos y nuestras alegrías– a todo Jesús.

En esto se concreta la verdadera devoción al Corazón de Jesús: en conocer a Dios y conocernos a nosotros mismos, y en mirar a Jesús y acudir a Él, que nos anima, nos enseña, nos guía. No cabe en la devoción más superficialidad que la del hombre que no siendo íntegramente humano, no acierta a percibir la realidad de Dios encarnado. Sin olvidarnos que siempre a su lado está el Sagrado Corazón de María.

Representación del Sagrado Corazón de Jesús con halo de luz, mostrando el corazón ardiente en su pecho y las heridas de la crucifixión en sus manos, sobre fondo oscuro.

¿Qué significado tiene el Sagrado Corazón?

La imagen del Sagrado Corazón de Jesús nos recuerda el núcleo central de nuestra fe: todo lo que Dios nos ama con su Corazón y todo lo que nosotros, por tanto, le debemos amar. Jesús nos ama tanto, que sufre cuando su inmenso amor no es correspondido.

El Papa Francisco nos dijo que el Sagrado Corazón de Jesús invita a aprender «del Señor que se ha hecho alimento, para que cada uno pueda estar todavía más disponible para con los otros, sirviendo a todos los necesitados, especialmente a las familias más pobres».

Que el Sagrado Corazón de Nuestro Señor Jesucristo, que celebramos, nos ayude a mantener nuestro corazón lleno de amor misericordioso, con todos los que sufren. Por ello, pidamos un corazón:

Nosotros podemos demostrar nuestro amor con nuestras obras; en esto precisamente consiste la devoción al Sagrado Corazón de Jesús.

La paz de los cristianos

En esta fiesta, los cristianos tenemos que proponernos que hemos de luchar por obrar el bien. Es mucho lo que falta para que la convivencia terrena esté inspirada por el amor.

Aun así, no desaparecerá el dolor. Ante esas pesadumbres, los cristianos tenemos una respuesta auténtica, una respuesta que es definitiva: Cristo en la Cruz, Dios que sufre y que muere, Dios que nos entrega su Corazón, que una lanza abrió por amor a todos.

Nuestro Señor abomina de las injusticias, y condena al que las comete. Pero, como respeta la libertad de cada individuo, permite que las haya.

Su Corazón lleno de Amor por los hombres le hizo cargar sobre sí, con la Cruz, todas esas torturas: nuestro sufrimiento, nuestra tristeza, nuestra angustia, nuestra hambre y sed de justicia. Vivir en el Corazón de Jesús, es unirnos a Cristo estrechamente, es convertirnos en morada de Dios.

«El que me ama será amado por mi Padre, nos anunció el Señor. Y Cristo y el Padre, en el Espíritu Santo, vienen al alma y hacen en ella su morada», escribe san Josemaría.

Valen tanto los hombres, su vida y su felicidad, que el mismo hijo de Dios se entrega para redimirlos, para limpiarnos para elevarnos. ¿Quién no amará su corazón tan herido? Preguntaba ante eso un alma contemplativa. Y seguía preguntando: ¿quién no devolverá amor por amor?, ¿quién no abrazará un Corazón tan puro?, termina de añadir san Josemaría Escrivá.

Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús en Roma

¿Cómo surgió la fiesta? Historia del Sagrado Corazón de Jesús

Fue un pedido explícito de Jesús, quien el 16 de junio de 1675 se le apareció y le mostró su Corazón a santa Margarita María de Alacoque. Jesús se le apareció en varias ocasiones y le comunico lo mucho que la amaba a ella y a todos los hombres y lo mucho que le dolía a su Corazón que los hombres se alejaran de Él por el pecado.

Durante estas visitas, Jesús le pidió a santa Margarita que nos enseñara a quererlo más, a tenerle devoción, a rezar y, sobre todo, a tener un buen comportamiento para que su Corazón no sufra más con nuestros pecados.

Más adelante santa Margarita con su director espiritual, propagarían los mensajes del Sagrado Corazón de Jesús. En 1899, el papa León XIII publicó la encíclica Annum Sacrum sobre la consagración del género humano, que se realizó ese mismo año.

San Juan Pablo II en su pontificado estableció que en esta fiesta además se celebrase la Jornada Mundial de Oración por la santificación de los sacerdotes. Muchos grupos, movimientos, órdenes y congregaciones religiosas, desde antiguo, se han puesto bajo su protección.

En Roma se encuentra la Basílica del Sacro Cuore (Sagrado Corazón) construida por San Juan Bosco por encargo del papa León XIII y con donaciones de fieles y devotos de varios países.

Oración al Sagrado Corazón de Jesús en el devocionario católico

¿Cómo se reza al Sagrado Corazón de Jesús? Podemos conseguir una estampa o una figura en donde se vea el Sagrado Corazón de Jesús y, ante ella, llevar a cabo la consagración familiar a su Sagrado Corazón, de la siguiente manera:

Escrita por santa María de Alacoque:

«Yo, (decir aquí tu nombre), me doy y consagro al Sagrado Corazón de Nuestro Señor Jesucristo, mi persona y mi vida, mis oraciones, penas y sufrimientos, para no querer servirme de ninguna parte de mi ser, sino para honrarlo, amarlo y glorificarlo. Es mi voluntad irrevocable ser todo de Él y hacer todo por su amor, renunciando de todo corazón a todo lo que pueda disgustarle.

Yo os tomo, pues, Oh Sagrado Corazón, por el único objeto de mi amor, el protector de mi vida, la seguridad de mi salvación, el remedio de mi fragilidad y de mi inconstancia, el reparador de todos los defectos de mi vida, y mi asilo en la hora de mi muerte».


Bibliografía

Es Cristo que pasa, san Josemaría Escrivá.
Confesiones, San Agustín.
Carta, 5 de octubre de 1986, al M. R. P. Kolvenbach, san Juan Pablo II.
Opusdei.org
Vaticannews.va