Mons. Ocáriz: «El directivo crea las condiciones para que otros trabajen bien y crezcan»

«Es para mí un placer y un orgullo estar con vosotros con ocasión del 50 aniversario de las actividades del IESE en Madrid, motivo de profunda alegría viendo el desarrollo de una iniciativa de formación que ha ayudado a muchas personas a crecer en profesionalidad y a descubrir el sentido profundo (humano, social, cristiano) del trabajo, tema muy querido por san Josemaría.

Habéis construido una de las escuelas de dirección de empresas más prestigiosas del mundo, así que juzgando por los resultados externos habéis hecho un buen trabajo. Os quería animar para que, junto con vuestros éxitos externos avalados por los rankings de escuelas de dirección de empresas más relevantes, apuntarais también con denuedo hacia otros éxitos internos que aún tienen más valor para cada uno de vosotros desde la perspectiva de Dios. Esos éxitos internos, que son compatibles con éxitos y fracasos desde el punto de vista de negocio, son fruto del trabajo bien hecho por amor.

Para esos éxitos internos importa no solo qué hacemos y con qué resultados, sino también cómo trabajamos y por qué. Es así, a través de esos éxitos internos, como el impacto de esta escuela llegara aún más lejos.

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Realidad y valor humano del trabajo

Como decía san Josemaría, "El trabajo, todo trabajo, es testimonio de la dignidad del hombre, de su dominio sobre la creación. Es ocasión de desarrollo de la propia personalidad. Es vínculo de unión con los demás seres, fuente de recursos para sostener a la propia familia; medio de contribuir a la mejora de la sociedad, en la que se vive, y al progreso de toda la Humanidad", (San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 47).

San Josemaría habla aquí del porqué del trabajo en general. Para vosotros, el porqué de vuestro trabajo se refleja en la misión del IESE: Formáis a líderes que aspiran a tener un impacto profundo, positivo y duradero sobre las personas, las empresas y la sociedad a través de la excelencia profesional, la integridad y el espíritu de servicio.

Verdaderamente si cumplís bien ese propósito tan inspirador llegareis al corazón mismo de la sociedad. Mejorareis el mundo desde dentro. Pues ese propósito tan noble que perseguís se puede vivir en todas vuestras actividades, no solo aquellas con mayor valor estratégico que tomáis en el IESE desde la alta dirección. Todo trabajo puede tener un gran valor desde el punto de vista interior.

Ya en el mismo orden natural, "la dignidad del trabajo depende no tanto de lo que se hace, cuanto de quien lo ejecuta que, en el caso del hombre, es un ser espiritual, inteligente y libre" (San Juan Pablo II, Discurso, 3-VII-1986, n. 3).

La dignidad natural del trabajo radica, pues, en la dignidad espiritual de la persona humana, y será mayor o menor en función de la mayor o menor calidad o bondad que ese trabajo tenga en cuanto acción espiritual. Ahora bien, esta calidad o bondad depende esencialmente de la libertad: del amor –no como pasión o sentimiento– sino como dilectio o amor electivo del fin, en cuanto acto propio de la libertad. (Sobre la elección existencial del fin último, en cuanto acto de la libertad, cfr. C. Fabro, Riflessioni sulla liberta, Maggioli, Rimini 1983, pp. 43-51; 57-85).

Como ya os enseñaba vuestro Juan Antonio Pérez López, se trata de fomentar en nosotros y en las personas que dirigimos los motivos transcendentes: el interés por servir bien a los clientes, la conexión humana con las personas, el compromiso con el propósito de la empresa. Eso es en buena parte lo que nos estimula para servir más y mejor. Y eso se puede hacer a la vez que se consiguen también los resultados estratégicos que las empresas necesitan y a la vez que las personas oportunas desarrollen las competencias requeridas.

Y aunque puede parecer una exageración, esto decía san Josemaría: "Conviene no olvidar, por tanto, que esta dignidad del trabajo está fundada en el Amor. El gran privilegio del hombre es poder amar, trascendiendo así lo efímero y lo transitorio. Puede amar a las otras criaturas, decir un tú y un yo llenos de sentido. Y puede amar a Dios, que nos abre las puertas del cielo, que nos constituye miembros de su familia, que nos autoriza a hablarle también de tú a Tú, cara a cara".

En otras palabras, estamos hechos para el Amor y el trabajo es una de las plataformas sobre las cuales el Amor puede crecer dentro de nosotros mismos y en la sociedad. En esto consiste buena parte de la vocación del cristiano en el mundo, en la sociedad.

"Por eso el hombre no debe limitarse a hacer cosas, a construir objetos. El trabajo nace del amor, manifiesta el amor, se ordena al amor" (San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 48).

Me llegó hace poco una historia inspiradora que salió hace muchos años en la revista Forbes que ilustra esa conexión humana, ese amor manifestado a través del trabajo. Lo escribió una enfermera de urgencias en un hospital americano que fue testigo de un asombroso acto de liderazgo:

"Eran las 10:30 p. m. aproximadamente. La habitación estaba hecha un desastre. Estaba terminando de trabajar en el historial antes de irme a casa. El médico con el que me encantaba trabajar estaba formando a un nuevo médico, que había hecho un trabajo muy respetable y competente, diciéndole lo que había hecho bien y lo que podría haber hecho de manera diferente. Luego puso su mano sobre el hombro del joven médico y dijo: 'Cuando terminaste, ¿viste al joven de limpieza que entró a limpiar la habitación?' El joven le miraba sin entender.

El médico mayor dijo: 'Se llama Carlos. Lleva aquí tres años. Hace un trabajo fabuloso. Cuando entra, limpia la habitación tan rápido que tú y yo podemos atender a nuestros próximos pacientes rápidamente. Su esposa se llama María. Tienen cuatro hijos'. Luego nombró a cada uno de los cuatro niños y dio la edad de cada uno. El médico mayor continuó diciendo: 'Vive en una casa alquilada a unas tres cuadras de aquí, en Santa Ana. Han venido de México hace cinco años. Su nombre es Carlos', repitió. Luego dijo: 'La semana que viene me gustaría que me cuentes algo sobre Carlos que no sepa ya. ¿De acuerdo? Ahora, vamos a ver cómo están el resto de los pacientes'".

La enfermera quedó sorprendida: "Recuerdo estar allí de pie escribiendo mis notas de enfermería, atónita, y pensar: Acabo de presenciar un liderazgo impresionante".

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A veces se puede perder de vista ese tono humano cuando pensamos en el trabajo desde la perspectiva de competir con otras empresas para conseguir más beneficios en vez de pensar en servir a las personas con atención y cuidado, con amor. Obviamente, las empresas tampoco pueden perder de vista la estrategia ni el beneficio, que es señal de un servicio de calidad prestado de manera responsable y eficiente. Pero tan importante como los resultados económicos, o más, es servir con amor al trabajo y con amor a las personas.

Su valor sobrenatural: la santificación del trabajo

"Para un cristiano, esas perspectivas se alargan y se amplían. Porque el trabajo aparece como participación en la obra creadora de Dios, que, al crear al hombre, lo bendijo diciéndole: 'Procread y multiplicaos y henchid la tierra y sojuzgadla, y dominad en los peces del mar, y en las aves del cielo, y en todo animal que se mueve sobre la tierra' (Gen I, 28). Porque, además, al haber sido asumido por Cristo, el trabajo se nos presenta como realidad redimida y redentora: no sólo es el ámbito en el que el hombre vive, sino medio y camino de santidad, realidad santificable y santificadora" (San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 47).

¿Qué quiere decir eso de santificar del trabajo?

Consideremos dos aspectos fundamentales, unidos entre sí, en los que el fundador del Opus Dei insistió en innumerables ocasiones. En primer lugar, resulta patente que la dimensión sobrenatural del trabajo no es algo yuxtapuesto a su dimensión humana natural: el orden de la Redención no añade algo extraño a lo que el trabajo es en sí mismo en el orden de la Creación; es la misma realidad del trabajo humano la que es elevada al orden de la gracia; santificar el trabajo no es "hacer algo santo" mientras se trabaja, sino precisamente hacer santo el trabajo mismo.

El segundo aspecto, inseparable y, en cierto modo, consecuencia del anterior, es que el trabajo santificado es santificador: el hombre no sólo puede y debe santificarse y cooperar a la santificación de los demás y del mundo mientras trabaja, sino precisamente mediante su trabajo, haciéndolo humanamente bien, sirviendo a las personas por amor a Dios.  Este espíritu cristiano en la realización del trabajo ha de preparar el mundo a reconocer mejor a Dios y, así también contribuir a la sostenibilidad, a la paz, a la justicia social. “Es necesario -recuerda León XIV-  esforzarse por remediar las desigualdades globales, que trazan surcos profundos de opulencia e indigencia entre continentes, países e, incluso, dentro de las mismas sociedades” (León XIV, Discurso al cuerpo diplomático, 16-V-2025).  

Y, como explicaba san Josemaría, hay una necesaria relación entre la santificación del trabajo profesional y la reconciliación del mundo con Dios: "Unir el trabajo profesional con la lucha ascética y con la contemplación –cosa que puede parecer imposible, pero que es necesaria, para contribuir a reconciliar el mundo con Dios–,y convertir ese trabajo ordinario en instrumento de santificación personal y de apostolado. ¿No es éste un ideal noble y grande, por el que vale la pena dar la vida?" (S. Josemaría, Instrucción, 19-III-1934, n. 33).

Podemos vivir ese ideal noble y grande en el trabajo, sea cual sea; tener siempre esta perspectiva de servir a la sociedad, “A world to change", como decís en vuestra publicidad. Me gusta ver que en vuestro propósito habláis de un liderazgo que sea bueno para las personas, las empresas y también para el conjunto de la sociedad. Desde las empresas se puede hacer mucho bien a la sociedad, aunque también es cierto que no todo lo que la sociedad necesita se puede conseguir a través de las empresas, pues estas están limitadas por la necesidad de ofrecer un servicio limitado y concreto y de generar beneficios, que es parte de su fin.

También hacen falta estados, comunidades, y familias responsables. En vuestra formación, esforzaos por llegar a la persona en su totalidad, también en su dimensión espiritual, para que desde esas personas bien formadas contribuyamos a servir a la sociedad en todas sus dimensiones. Esto es fruto de la santificación de vuestro trabajo bien hecho por amor. Para transformar el mundo, tenemos que empezar por nosotros mismos y dejar espacio a Dios en nuestras vidas, y concretamente en el trabajo.

Hay unas conocidas palabras del Fundador del Opus Dei que encierran una brevísima y esencial delimitación del concepto de santificación del trabajo, en forma de consejo práctico: "Pon un motivo sobrenatural a tu ordinaria labor profesional, y habrás santificado el trabajo", (San Josemaría, Camino, n. 359). No se trata de hacer cosas distintas, sino de hacer las mismas cosas de siempre de manera distinta, con un motivo sobrenatural que nos estimula a poner más esfuerzo y más amor.

Es decir, la actividad de trabajar se hace santa cuando se realiza por un motivo sobrenatural. Pero no ha de entenderse esta afirmación como una especie de "moral de las solas intenciones"; no se trata, en términos clásicos, de dar la primacía al finis operantis como independiente del finis operis, que quedaría privado de su propia relevancia. El finis operantis es la motivación del que trabaja, que puede estar movida por intenciones de diversa índole. El finis operis es lo que se trata de conseguir con la actividad, que puede ser servir al cliente, terminar un informe, conseguir una meta. Para servir efectivamente con nuestro trabajo no es suficiente tener buenas intenciones, sino llegar a los hechos concretos. Para servir, servir, como decía san Josemaría.

Mons. Fernando Ocáriz, Prelado del Opus Dei, dando un discurso en un evento conmemorativo del IESE en Madrid
Mons. Fernando Ocáriz, prelado del Opus Dei, durante su discurso con motivo del 50 aniversario del IESE en Madrid.

El orden sobrenatural asume y eleva esta realidad humana, de modo que el trabajo es santo si "nace del amor, manifiesta el amor, se ordena al amor" y si este amor es aquella "caridad de Dios que ha sido derramada en nuestros corazones, por el Espíritu Santo que nos ha sido dado" (Rom 5, 5). Cuando vivimos esa unidad de vida de la que tanto hablaba san Josemaría, esa caridad de Dios se derrama por todas las actividades de nuestro trabajo: informes, llamadas, detalles pequeños terminados con amor. El finis operantis penetra e informa desde dentro el finis operis de todo nuestro actuar.

El trabajo es santo, se santifica, cuando está imperado e informado por el amor a Dios y a los demás por Dios. Esta es la sustancia de aquel "motivo sobrenatural" que basta poner al trabajo para santificarlo; y se entiende aún mejor que esa "intención" tiende per se a la perfección humana del trabajo mismo: "No podemos ofrecer al Señor algo que, dentro de las pobres limitaciones humanas, no sea perfecto, sin tacha, efectuado atentamente también en los mínimos detalles: Dios no acepta las chapuzas. No presentaréis nada defectuoso, nos amonesta la Escritura Santa, pues no sería digno de Él (Lev XXII, 20). Por eso, el trabajo de cada uno, esa labor que ocupa nuestras jornadas y energías, ha de ser una ofrenda digna para el Creador, operatio Dei, trabajo de Dios y para Dios: en una palabra, un quehacer cumplido, impecable" San Josemaría, Amigos de Dios, n. 55: cfr. nn. 58 y 6).

Pero no hay que confundir trabajar con perfección con el perfeccionismo que puede salir del orgullo y de la falta de orden. Hemos de trabajar bien dentro de lo razonable, sabiendo que tenemos muchas ocupaciones que reclaman nuestra atención, a las que también tenemos que llevar el amor de Dios.

El trabajo santificado no es sólo trabajo por Dios y para Dios, sino que es, a la vez y necesariamente, trabajo de Dios, porque es Dios quien santifica; Él es quien ama primero y hace posible nuestro amor por medio del Espíritu Santo, de quien nuestra caridad es una participación. Para que Dios trabaje en nosotros y a través de nuestro trabajo (para que nuestro trabajo sea obra de Dios), hace falta abrirle a Dios espacios en nuestro día, espacios de oración y escucha –en casa, en el despacho, en la calle, en la iglesia– para conseguir esa unidad con Dios que permite que Dios entre en todo nuestro actuar.

Santificar el trabajo, en sentido objetivo, externo, estructural (por ejemplo, las finanzas o la contabilidad), es inseparable no sólo de santificar con el trabajo (en el día a día, a través del esfuerzo concreto por conseguir unas metas de servicio a las personas), sino también de santificarse en el trabajo (creciendo en amor), que es la consecuencia necesaria e inmediata de santificar el trabajo en su aspecto subjetivo (en cuanto acción de la persona).

Ciertamente, un trabajo subjetivo no santificado puede cooperar a la santificación del mundo, en la medida en que contribuya al establecimiento de unas estructuras sociales, económicas, etc., naturalmente eficaces y justas, lo cual es parte imprescindible de la ordenación según Dios de esas estructuras. Pensad aquí por ejemplo en los Objetivos de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas.

Sin embargo, sólo un trabajo subjetivo santificado y, por tanto, santificante de quien lo realiza, coopera necesariamente no sólo a configurar un mundo justo, sino también a informarlo con la caridad de Cristo, a santificarlo. Naturalmente, esta santificación del mundo desde dentro requiere no una sino muchas personas que santifiquen su trabajo y se santifiquen en su trabajo en todas las profesiones.

San Josemaría lo afirmaba también con la expresión “se han abierto los caminos divinos de la tierra”.  Hacen falta muchos y muchas que quieran caminar esos caminos para elevar el mundo desde dentro, no a través de campañas organizadas y quizá ideológicas, que pueden ser polarizadoras, sino a través del crecimiento interior de cada uno en su propio sitio, abierto a las demás personas y acogiendo así la gracia de Dios que quiere difundir fe, esperanza y caridad alrededor nuestro.  

La peculiar relevancia del trabajo directivo

Tenéis por delante un gran propósito, el de educar líderes de empresas que crearán el contexto en el que muchos otros trabajen y se desarrollen como personas mediante su trabajo. Es una gran responsabilidad preparar a personas con tanta responsabilidad.

Muchas veces no tendrán recetas claras sobre cómo interpretar un problema o resolver una situación. En general, el trabajo directivo comporta un conjunto de actividades, como prever, organizar, coordinar y controlar el desarrollo y los resultados de la actividad de una organización.

Ante una realidad tan compleja y variable, se entiende que, a la hora de teorizar sobre la naturaleza o de analizar la práctica del trabajo directivo, surjan interpretaciones más o menos diversas (cfr., por ejemplo, G. Scalzo y S. García Álvarez, El Management como práctica: una aproximación a la naturaleza del trabajo directivo, en “Empresa y humanismo”, XXI (2018) pp. 95-118).

Por eso la educación de un directivo no requiere solo memorizar principios o recolectar herramientas de marketing, finanzas, estrategia o contabilidad, sino llegar a un entendimiento prudencial que normalmente se adquiere solo con una experiencia larga y bien digerida.

La responsabilidad de un directivo exige ejercitar la prudencia, que es la virtud más propia del trabajo de gobierno. Podemos recordar una conocida afirmación de santo Tomás de Aquino: “que los sabios nos enseñen, que los santos recen por nosotros, que los prudentes nos gobiernen”. A través de las sesiones con el método del caso, vuestros alumnos aprenden a ejercitar la prudencia, a hacerse las preguntas clave, a profundizar en los argumentos, a entender los puntos de vista de otros sin prejuicios, y a cambiar de opinión.

En su expresión más general, la acción prudente requiere un suficiente conocimiento del pasado (los precedentes de los asuntos), la atención a las circunstancias que delimitan el asunto presente, y la previsión de efectos futuros de las posibles decisiones.

“La prudencia, además de ser el hábito perfectivo de este tipo de actividad (praxis), es la única virtud intelectual cuyo objeto es moral, es decir, actúa como una especie de puente entre ambas dimensiones que permite conciliar el pensamiento con la acción”, (G. Scalzo y S. García Álvarez, cit. P. 112.). Ejercitando la prudencia a la hora de dirigir, los participantes de vuestros programas crecerán como personas, moral e intelectualmente, y serán capaces de crear entornos en los que otras personas crezcan, y contribuyan así a mejorar la sociedad.

Otras características de un buen trabajo directivo, me parece que son la apertura y la flexibilidad. Apertura de mente, para aprender de la experiencia y del estudio. Apertura para entender los cambios que se requieren en los nuevos tiempos. Apertura para acoger y valorar sugerencias o explicaciones de otros, sin prisas ni admitir prejuicios. Saber escuchar. Apertura para no cortar iniciativas arbitrariamente, sino promoverlas y encauzarlas. Apertura para captar y aceptar oportunidades de cambios; en particular, apertura mental para cambiar de opinión: como decía san Josemaría, “no somos como los ríos que no se pueden volver atrás”.

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En fin, apertura de corazón, para comprender y querer a los demás. Esa apertura nos lleva a aceptar a los otros como son, sin juzgar y sin dejarse llevar por prejuicios, a la vez que los podemos desafiar a ser mejores. Consiste en ser puente también para personas que piensan distinto. Se puede trabajar muy bien con personas con otra fe o sin fe, y que siguen estilos de vida que no compartís, pero personas que suelen tener siempre un fondo bueno, sobre el que se puede construir una amistad y un proyecto común dentro de la empresa.

Por lo que se refiere a la flexibilidad, es obvio que se opone a la rigidez, pero que no se opone a la fortaleza. Se trata de la capacidad de aceptar y decidir excepciones necesarias o convenientes. En este contexto, me parece interesante mencionar también la importancia de fomentar la libertad interior de los colaboradores de todos los niveles profesionales, dando la razón de lo que se manda. Se trata de que quieran hacer su trabajo bien para servir mejor. En este mismo sentido, un buen trabajo directivo evita un excesivo control y un excesivo detalle a la hora de encargar algo. El micromanagement como manera de dirigir crea marionetas, no personas maduras con criterio propio.

También cabe mencionar la importancia de saber delegar atendiendo a las circunstancias de las personas y de los ambientes. Me viene a la memoria lo que escribe san Josemaría, en un contexto más amplio: "No se pueden emplear con todos los mismos medios. También en esto es necesario imitar el comportamiento de las madres: su justicia es tratar de modo desigual a los hijos desiguales", (San Josemaría, Carta 29-IX-1957, n. 25).

Algunos, los más jóvenes, necesitan seguimiento y retroalimentación para adquirir cuanto antes la experiencia que necesitan para hacer su trabajo bien. Otros, más maduros, necesitan de coaching a través del cual vayan aprendiendo a tomar decisiones propias. Y llega un momento en el que pueden trabajar sin seguimiento alguno, porque el directivo puede delegar en ellos con confianza plena y sin preocupaciones. Pero unos y otros necesitan la confianza, cercanía y amistad de sus directivos.

La actividad directiva exige de ordinario encauzar hacia una común finalidad elementos y acciones en sí mismas diversas. Es necesaria, entonces, una suficiente capacidad de síntesis, que manteniendo la atención que distingue los diversos elementos del asunto, los consigue unir en una común dimensión final. Aquí entra lo que muchos denominan el propósito de la empresa, que incluye prestar atención a sus muchas partes interesadas –stakeholders– para que la actividad directiva a la vez unifique los esfuerzos de todos.

La peculiar relevancia del trabajo directivo radica, como es obvio, en que de ese trabajo depende en buena parte la eficacia del trabajo de otras personas, su crecimiento personal a través del trabajo, y la cultura y tono de la empresa. De ahí un peculiar aspecto de la responsabilidad de los directivos. La posición de directivo no es un privilegio sino un servicio y una responsabilidad, que consiste en crear un contexto efectivo para el trabajo de otros. Por tanto, un directivo ha de fomentar la disposición interior que empuja a acometer decididamente los propios deberes.

Educáis aquí a esos directivos no solo a través de las clases y los trabajos en equipo, sino también creando un tono de trabajo bien hecho –incluidos muy diversos aspectos: jardines bien cuidados, las pizarras limpias, las clases bien preparadas con cierres impactantes y claros– y de alegría y cercanía humana, de cuidado de las personas.

En fin, ese tono de amistad en el que todos se dan cuenta que realmente importan, que se les quiere, explica la apertura y alegría que se ven en vuestra escuela y en las reuniones de antiguos alumnos.

Muchas gracias».


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Dirección espiritual: ¿quién es el director y por qué lo necesito?

Cada persona es un mundo diferente con sus propias historias y experiencias de vida.. Y Dios tiene un plan específico para cada persona y la dirección espiritual o acompañamiento espiritual, contribuye al proceso de crecimiento de cada cristiano en su condición de hijo o de hija de Dios Padre en Cristo por el Espíritu Santo; ayudando a descubrir con alegría la figura y el amor de Cristo y lo que reclama su seguimiento.

¿Qué es la dirección espiritual católica?

«En el camino de la vida espiritual no se fíen de ustedes mismos, sino que, con sencillez y docilidad, pidan consejo y acepten la ayuda de quien, con sabia moderación, puede guiar su alma, indicarles los peligros, sugerirles los remedios oportunos, y en todas las dificultades internas y externas les puede dirigir rectamente y encaminarlos...», Papa Pío XII, Exhortación apostólica Menti nostrae, 27.

La dirección espiritual o acompañamiento espiritual busca la orientación de la vida interior y del ejercicio de las virtudes devotas para que cada cristiano sepa realizar sus tareas cotidianas como servicio a Dios y al prójimo.  Sin condicionar por ello la naturaleza secular y libre de esas mismas tareas, de las que sólo el interesado es plenamente responsable, como cualquier otro ciudadano. Su fin es exclusivamente espiritual.

El objetivo de la dirección espiritual consiste principalmente en ayudarte a discernir los signos de la voluntad de Dios con la ayuda del consejo de alguien más experimentado en la vida espiritual: el director espiritual.

La figura del director espiritual es muy antigua en la vida de la Iglesia. En un sentido amplio y genérico se puede remontar al mismo Jesucristo y a la época apostólica; aunque a lo largo de la historia de la Iglesia se ha ido enriqueciendo.

Hay que tener en cuenta que la dirección espiritual es complementaria de otras actividades de formación católica y catequesis de carácter más colectivo.

¿Por qué necesito de un director espiritual?

«No se te ocurriría construir una buena casa para vivir en la tierra sin consultarle a un arquitecto. ¿Cómo quieres levantar sin un director espiritual el alcázar de tu santificación para vivir eternamente en el cielo?», san Josemaría Escrivá.

Es muy difícil que alguien pueda guiarse a sí mismo en la vida espiritual. Tantas veces la falta de objetividad con que nos vemos a nosotros mismos, el amor propio, la tendencia a dejarnos llevar por lo que más nos gusta, o nos resulta más fácil, difuminan el camino que lleva a Dios.

En el director espiritual, vemos a esa persona, que conoce bien el camino de Dios. A quien abrimos el alma y ejerce como maestro de las cosas que a Dios se refieren.

En el Opus Dei, en particular, se ha subrayado desde el principio la importancia de la dirección espiritual como medio decisivo en la formación personal y como ayuda ofrecida a todos los que se acercan a sus apostolados. El espíritu genuinamente secular de esta prelatura personal de la Iglesia Católica lleva a que se marque particularmente, en el ejercicio de la dirección espiritual, la libertad y responsabilidad personal de cada uno tanto en su ámbito profesional, social, político como también en su familia.

Características del director espiritual

«El papel del maestro espiritual consiste en secundar la labor del Espíritu Santo en el alma y dar paz, en vista del don de sí y de la fecundidad apostólica», san Josemaría Escrivá.

Existen tres cualidades fundamentales para el director espiritual definidas por san Francisco de Sales:

Y san Josemaría Escrivá de Balaguer agrega «los consejos de la dirección espiritual sirven para iluminar la inteligencia, robustecen la libertad. En ocasiones, esa transmisión de la verdad se hará con fortaleza. La verdadera finura y la verdadera caridad exigen llegar a la médula, aunque cueste: siempre con delicadeza y respetando los ritmos que sean propios de cada persona.

Deberá caracterizarle el ser siempre positiva y motivadora. La motivación constituye el germen de la perseverancia; en ella se gesta realmente la perseverancia. La motivación conduce al amor y el amor es el fundamento de la vida, de la disponibilidad y de la generosidad.

Exigencia y motivación van de la mano. Quien quiera exigir, debe saber motivar, y nunca exigir sin haber motivado, de otra manera la dirección espiritual caerá en saco roto».

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“Pedid y se os dará, buscad y encontraréis”. San Mateo 7,7-12.

Para encontrar un director espiritual que nos ayude con el acompañamiento espiritual puedes acudir a parroquias o movimientos católicos. Comenzar por confesarte con algunos de sus sacerdotes e irles pidiendo consejo de forma progresiva.

¿Cómo hacer una buena dirección espiritual?

«La tarea de dirección espiritual hay que orientarla no dedicándose a fabricar criaturas que carecen de juicio propio, y que se limitan a ejecutar materialmente lo que otro les dice; por el contrario, la dirección espiritual debe tender a formar personas de criterio. Y el criterio supone madurez, firmeza de convicciones, conocimiento suficiente de la doctrina, delicadeza de espíritu, educación de la voluntad», san Josemaría Escrivá.

Si queremos que nuestra dirección espiritual sea enriquecedora y no se reduzca a un simple desahogo, un consejo aislado o al cumplimiento formal de un compromiso, debe reunir una serie de características:

¿Qué hablar con tu director espiritual?

«La fe y la vocación de cristianos afectan a toda nuestra existencia, y no sólo a una parte, por tanto, está en relación con la vida familiar, el trabajo, el descanso, la vida social, la política, etc.

Aunque la dirección espiritual no tiene como materia inmediata esos ámbitos debe ofrecer luces y consejos para que cada uno, con libertad y responsabilidad, seguro en la fe y en la moral católicas, tome las decisiones que considere oportunas con conocimiento de causa y dejando que la luz de Dios ilumine toda su vida.

Desde esta perspectiva la dirección espiritual tiene como meta promover la unidad de vida que lleva a buscar y a amar a Dios en todo, y a vivir toda la existencia con conciencia de la misión que la vocación cristiana implica», san Josemaría Escrivá.

San Josemaría aconseja tratar siempre, en la dirección espiritual, tres puntos necesarios para un verdadero progreso espiritual:

  1. Fe: que remite a la doctrina apostólica
  2. Pureza: la Eucaristía, Recibirla frecuentemente nos ayuda a tener una mirada limpia. La Comunión, momento trascendental de todas las partes de la misa.
  3. Vocación: esta ligada a la oración, respuesta a la Palabra de Dios que llama, es esencial para ser fiel a la propia vocación.

Esta trilogía pueda relacionarse con lo que nos dicen los Hechos de los Apóstoles, describiendo la vida y la perseverancia de los primeros cristianos "en la doctrina de los apóstoles y en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones".

Actitud para una buena dirección espiritual católica

«Conocéis de sobra las obligaciones de vuestro camino de cristianos, que os conducirán sin pausa y con calma a la santidad; estáis también precavidos contra las dificultades, prácticamente contra todas, porque se vislumbran ya desde los principios del camino. Ahora os insisto en que os dejéis ayudar, guiar, por un director de almas, al que confiéis todas vuestras ilusiones santas y los problemas cotidianos que afecten a la vida interior, los descalabros que sufráis y las victorias.

En esa dirección espiritual, mostraos siempre muy sinceros: no os concedáis nada sin decirlo, abrid por completo vuestra alma, sin miedos ni vergüenzas. Mirad que, si no, ese camino tan llano y carretero se enreda, y lo que al principio no era nada, acaba convirtiéndose en un nudo que ahoga…», san Josemaría Escrivá.

director espiritual acompañamiento espiritual católico

La dirección espiritual requiere, en las personas que la reciben, el deseo de progresar en el seguimiento de Cristo. El que es acompañado espiritualmente ha de tener una actitud abierta a la ayuda.

Al acudir a la dirección espiritual, para secundar la acción del Espíritu Santo y crecer espiritualmente e identificarnos con Cristo, debemos cultivar las virtudes de la sinceridad y de la docilidad, que resumen la actitud del alma creyente ante el Paráclito.

Así describía esta recomendación san Josemaría, dirigiéndose a todos los fieles, de la Obra o no.

«La función del director espiritual, es abrir horizontes, ayudar a la formación del criterio, señalar los obstáculos, indicar los medios adecuados para vencerlos, corregir las deformaciones o desviaciones de la marcha, animar siempre: sin perder jamás el punto de mira sobrenatural, que es una afirmación optimista, porque cada cristiano puede decir que lo puede todo con la ayuda divina...», san Josemaría Escrivá.

¿Con qué frecuencia hablar con tu director espiritual?

Dios nos va conquistando y transformando poco a poco. Ya hemos comentado la importancia de la constancia. Una labor aislada puede quizás dar un pequeño empujón, pero no deja huella profunda. Por eso es esencial el seguimiento periódico de la dirección espiritual para moldear con paciencia y perseverancia el camino dispuesto por Dios para nuestra vida.

Reza por tu director espiritual

Puedes rezar por los sacerdotes que dirigen a tantas almas en la dirección espiritual. Orar personalmente por aquel que dirige tu alma, que te aconseja en diferentes situaciones, pues el don de la sabiduría se encuentra en él. También puedes realizar una oración oración por las vocaciones sacerdotales para que algún día y con ayuda del Espíritu Santo sean también directores espirituales.

Que Dios los favorezca en este deseo de crecer espiritualmente y madurar en la fe. Que el Señor te pueda providenciar un director espiritual para que realmente te comprometas proceso de crecimiento y madurez espiritual.


Bibliografía:

Doctrina Social de la Iglesia.
OpusDei.org
Carta pastoral del 2-X-2011 en la que Mons. Javier Echevarría.
«Dirección espiritual». Diccionario de San Josemaría Escrivá de Balaguer.

29 de junio, solemnidad de san Pedro y san Pablo

San Pedro y san Pablo, experimentaron el amor de Cristo «que los sanó y los liberó y, por ello, se convirtieron en apóstoles y ministros de liberación para los demás». Papa Francisco, 2021.

La Solemnidad de san Pedro y san Pablo conmemora el martirio de Simón Pedro y Pablo de Tarso, dos de los apóstoles que acompañaron a Jesucristo en su misión evangelizadora.

Pedro, elegido por Cristo para ser la roca de la Iglesia: «Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia» (Mt 16,16). Aceptó con humildad su misión hasta su muerte como mártir. Su tumba en la Basílica de San Pedro en el Vaticano es meta de peregrinación para miles de cristianos que la visitan desde todo el mundo.

Pablo, perseguidor de cristianos, que se convirtió en apóstol, es modelo de fervoroso evangelizador para todos los católicos. Después de encontrarse con Jesús, se entregó sin reservas a la causa del Evangelio.

En la homilía del 2012, por la Solemnidad de san Pedro y san Pablo, Benedicto XVI llamó a estos dos apóstoles “patronos principales de la Iglesia de Roma”. «La tradición cristiana siempre ha considerado inseparables a san Pedro y a san Pablo: juntos, en efecto, representan todo el Evangelio de Cristo», precisó.

Francesco DeVito representando a san Pedro en una escena de la película La Pasión de Cristo.
San Pedro apoyado observa el juicio a Jesús en la película La Pasión de Cristo.

Luego de la Resurrección y Ascensión de Cristo, Pedro asumió con humildad ser cabeza de la Iglesia, dirigió a los apóstoles y se encargó de mantener viva la verdadera fe.

Pablo, luego del encuentro con Cristo, continuó hacia Damasco donde fue bautizado y recobró la vista. Es reconocido como el apóstol de los gentiles y pasó el resto de su vida predicando el Evangelio sin descanso a las naciones del mar Mediterráneo.

¿Quién fue San Pedro y qué se le encomendó?

San Pedro fue uno de los doce apóstoles de Jesús. Era pescador y Jesús lo llamó a ser pescador de hombres, para dar a conocer el amor de Dios y su mensaje de salvación. Pedro aceptó y siguió a Jesús.

Su nombre era Simón; Jesús lo llamó Cefas, “piedra” y le dijo que sería la piedra sobre la que edificaría su Iglesia. Es por ello que lo conocemos como Pedro.

El apóstol san Pedro, vivió momentos muy importantes junto a Jesús:

Después de recibir los dones del Espíritu Santo, se trasladó de Jerusalén a Antioquía y fundó su comunidad cristiana. Más adelante, viajo a Roma donde continuo su labor. Aceptó con humildad su misión hasta su muerte como mártir. Pedro pidió ser crucificado de cabeza, porque no se sentía digno de morir como Jesús. Fue sepultado en la Colina Vaticana, cerca del lugar de su martirio. Ahí se construyó la Basílica de San Pedro, centro de la cristiandad. En los Hechos de los Apóstoles, se narran varias hazañas y milagros públicos de san Pedro como primer jefe de la Iglesia.

La Silla de san Pedro, reliquia de madera conservada en el Vaticano, símbolo de la autoridad papal.
Antigua cátedra de san Pedro, símbolo del magisterio y unidad de la Iglesia.

La Institución del papado

Pedro fue el primer Papa de la Iglesia Católica. Jesús le entregó las llaves del Reino y le encargó cuidar de su Iglesia, cuidar de su rebaño. La misión del Papa es, ante todo, el trabajo de un padre que vela por sus hijos. El Papa es el representante de Cristo en el mundo y es la cabeza visible de la Iglesia. Es el pastor de la Iglesia, la dirige y la mantiene unida.

Es asistido por el Espíritu Santo, quien actúa directamente sobre Él, lo santifica y le ayuda con sus dones a guiar y fortalecer a la Iglesia con su ejemplo y palabra. El Papa tiene la misión de enseñar, santificar y gobernar a la Iglesia y nosotros, como cristianos, debemos amarlo por lo que es y por lo que representa.

¿Qué nos enseña la vida de san Pedro apóstol?

San Pedro nos enseña a entregar la debilidad a Dios. Porque, a pesar de la debilidad humana, Dios nos ama y nos llama a la santidad. Cada cristiano debe trabajar y pedirle a Dios que le ayude a alcanzar su santidad.

Para ser un buen cristiano hay que esforzarse por ser santos todos los días. San Pedro concretamente nos dice: «Sean santos en su proceder como es santo el que los ha llamado» (I Pedro, 1,15). También nos enseña que el Espíritu Santo puede obrar maravillas en un hombre común y corriente. Lo puede hacer capaz de superar los más grandes obstáculos.

Representación artística de la conversión de san Pablo, caído del caballo al recibir la luz divina.
La conversión de san Pablo camino a Damasco, momento en que Cristo lo llama a seguirle.

¿Quién fue san Pablo y qué se le encomendó?

Judío de raza, griego de educación y ciudadano romano. Nació en la ciudad de Tarso. Y estudió en las mejores escuelas de Jerusalén. Su nombre hebreo era Saulo y era enemigo de la religión cristiana. Estaba comprometido con su fe judía. Es por ello que se dedicó a perseguir a los cristianos de Damasco.

En el camino a Damasco, se le apareció Jesús, en medio de un gran resplandor, cayó en tierra y oyó una voz que le decía: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?» (Hechos 9, 1-9.20-22.). Con esta frase, Pablo comprendió que al perseguir a los cristianos perseguía al mismo Cristo.

Después, Saulo se levantó del suelo y no veía nada. Lo llevaron a Damasco y ahí Ananías, obedeciendo a Jesús, hizo que Saulo recobrara la vista, se levantara y fuera bautizado. Fue entonces cuando Saulo se cambió el nombre por Pablo y comenzó a predicar la palabra de Jesús. Viajó a Jerusalén para ponerse bajo las ordenes de san Pedro.

Llevo el Evangelio por todo el mundo mediterráneo. Su labor no fue fácil. Realizó cuatro grandes viajes apostólicos para llevar a todos los hombres el mensaje de salvación, creando nuevas comunidades cristianas en los lugares por los que pasaba y enseñando y apoyando las comunidades ya existentes.

La conversión de Pablo fue total. Comprendió muy bien el significado de ser apóstol, y de hacer apostolado del mensaje cristiano. Fue fiel al llamado que Jesús le hizo en al camino a Damasco.

Posteriormente, fue martirizado en Roma. Le cortaron la cabeza con una espada pues, como era ciudadano romano, no podían condenarlo a morir en una cruz, ya que era una muerte reservada para los esclavos. San Pablo fue decapitado en el año 67. Está enterrado en Roma, en la Basílica de San Pablo de Extramuros.

¿Qué nos enseña la vida de san Pablo apóstol?

San Pablo nos enseña a tener un corazón sin barreras. Su vida nos enseña la importancia de la labor apostólica de los cristianos. Todos los cristianos debemos anunciar a Cristo comunicando su mensaje con la palabra y el ejemplo, cada uno en el lugar donde viva, y de diferentes maneras. entregar la debilidad a Dios.

Alejándose del pecado y viviendo una vida dedicada a la santidad y al apostolado, san Pablo también nos enseña el valor de la conversión y de la obediencia. Acepta los dones de Cristo le ofrece y vive su amor propagando y comunicando su fe, con la palabra y el ejemplo. Se dedica a llevar el gran don que había recibió a los demás.


Bibliografía:

Intercesión del Inmaculado Corazón de la Virgen María

A Jesús se va y se vuelve por María. La plegaria insistente al Inmaculado Corazón de la Virgen María, Madre de Dios, se apoya en la confianza de que su materna intercesión lo puede todo ante el Sagrado Corazón del Hijo. Ella es omnipotente por gracia.

Hace tiempo el Papa san Juan Pablo II, en Redemptoris Mater escribió sobre la intercesión de la Virgen y puntualizó que ella «cooperó libremente en la obra de la Salvación de la humanidad, en profunda y constante sintonía con su divino Hijo».

Omnes cum Petro ad Iesum per Mariam!,
¡Todos, con Pedro, a Jesús por María!, san Josemaría Escrivá de Balaguer.

De esta cooperación «se deriva el don de la maternidad espiritual universal: asociada a Cristo en la obra de la Redención, que incluye la regeneración espiritual de la humanidad y se convierte en Madre de los hombres renacidos a una vida nueva».

Es la Virgen quien «guía la fe de la Iglesia hacia una acogida de la Palabra de Dios cada vez más profunda, sosteniendo su esperanza, animando la caridad y la comunión fraterna, y alentando el dinamismo apostólico».

Dios ha querido unir «a la intercesión sacerdotal del Redentor la intercesión maternal de la Virgen. Es una función que Ella ejercita en beneficio de quienes están en peligro y tienen necesidad de favores temporales y, sobre todo, de la salvación eterna».

Letanías que van directas al Inmaculado Corazón de la Virgen María 

Los títulos con los que los cristianos nos dirigimos a la Virgen cuando rezamos las letanías que acompañan la oración del Santo Rosario, «ayudan a comprender mejor la naturaleza de su intervención en la vida de la Iglesia y de cada fiel», San Juan Pablo II.

Como Abogada, defiende a sus hijos y los protege de los daños causados por sus propias culpas. Los cristianos invocan a nuestra Madre como Auxiliadora, reconociendo su amor materno que ve las necesidades de sus hijos y está dispuesta a intervenir en su ayuda, sobre todo cuando está en juego la salvación eterna.

Recibe el título de Socorro porque está cerca de cuantos sufren o se encuentran en situaciones de grave peligro. Y como maternal Mediadora, ella presenta a Cristo nuestros deseos, nuestras súplicas y nos transmite los dones divinos, intercediendo continuamente en favor nuestro.

«¡Madre! –llámala fuerte, fuerte–. Te escucha, te ve en peligro quizá, y te brinda, tu Madre Santa María, con la Gracia de su Hijo, el consuelo de su regazo, la ternura de sus caricias: y te encontrarás reconfortado para la nueva lucha», san Josemaría Escrivá, Camino N° 516.

consagración al inmaculado corazón de la virgen maría
Acto de Consagración al Inmaculado Corazón de María del Papa Francisco (25 de marzo de 2022).

La intercesión del Inmaculado Corazón de la Virgen María: mediación en Cristo

María no quiere atraer la atención hacia su persona. Vivió en la tierra con la mirada fija en Jesús y en el Padre celestial. Su deseo más intenso consiste en hacer que las miradas de todos converjan en esa misma dirección del Inmaculado Corazón de la Virgen María al Sagrado Corazón de su hijo Jesús. Quiere promover una mirada de fe y de esperanza en el Salvador que nos envió el Padre. Con esta mirada de fe y de esperanza, impulsa a la Iglesia y a los creyentes a cumplir siempre la voluntad del Padre, que nos ha manifestado Cristo.

De la Homilía sobre la Virgen pronunciada por san Josemaría Escrivá, el 11 de octubre de 1964, e incluida en el libro Amigos de Dios. «Ahora, en cambio, en el escándalo del Sacrificio de la Cruz, Santa María estaba presente, oyendo con tristeza a los que pasaban por allí, y blasfemaban meneando la cabeza y gritando: ¡Tú, que derribas el templo de Dios, y en tres días lo reedificas, sálvate a ti mismo!; si eres el hijo de Dios, desciende de la Cruz. Nuestra Señora escuchaba las palabras de su Hijo, uniéndose a su dolor: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?.

¿Qué podía hacer Ella? Fundirse con el amor redentor de su Hijo, ofrecer al Padre el dolor inmenso –como una espada afilada– que traspasaba su Corazón puro.

De nuevo Jesús se siente confortado, con esa presencia discreta y amorosa de su Madre. No grita María, no corre de un lado a otro. Stabat: está en pie, junto al Hijo. Es entonces cuando Jesús la mira, dirigiendo después la vista a Juan. Y exclama: Mujer, ahí tienes a tu hijo. Después dice al discípulo: ahí tienes a tu Madre. En Juan, Cristo confía a su Madre todos los hombres y especialmente sus discípulos: los que habían de creer en Él.

Felix culpa, canta la Iglesia, feliz culpa, porque ha alcanzado tener tal y tan grande Redentor. Feliz culpa, podemos añadir también, que nos ha merecido recibir por Madre a Santa María. Ya estamos seguros, ya nada debe preocuparnos: porque Nuestra Señora, coronada Reina de cielos y tierra, es la omnipotencia suplicante delante de Dios. Jesús no puede negar nada a María, ni tampoco a nosotros, hijos de su misma Madre».

Ella se unió íntimamente a su sacrificio, un sacrificio que implicaba seguir guardando cosas en su corazón. Los 7 Dolores de la Virgen, son varios momentos de la vida de la Virgen María en donde estaba unida a Jesús de un modo particular y único. Lo cual le permitió compartir la profundidad del dolor de su Hijo y el amor de su sacrificio.

Y acompaña a Jesús paso a paso

«Hagan lo que Él les diga». Juan 2, 5. Es Juan quien cuenta la escena de Caná. Él es el único evangelista que ha recogido este rasgo de solicitud materna. San Juan nos quiere recordar que la Virgen ha estado presente en el comienzo de la vida pública del Señor.

Esto nos demuestra que ha sabido profundizar en la importancia de esa presencia del Inmaculado Corazón de la Virgen María, que siempre está presente. Jesús sabía a quién confiaba su Madre: a un discípulo que la había amado, que había aprendido a quererla como a su propia madre y era capaz de entenderla.

Entre las criaturas nadie mejor que la Virgen conoce a Jesús, nadie como su Madre puede introducirnos en un conocimiento profundo de su misterio.

León XIII, en una Encíclica sobre el Rosario, dice: «Por expresa voluntad de Dios, ningún bien nos es concedido si no es por María; y como nadie puede llegar al Padre sino por el Hijo, así generalmente nadie puede llegar a Jesús sino por María».

María es madre de todos los cristianos

«Cooperó con su caridad para que nacieran en la Iglesia los fieles, miembros de aquella cabeza, de la que es efectivamente madre según el cuerpo», san Agustín, De sancta virginitate, 6.

San Lucas, el evangelista que ha narrado con más extensión la infancia de Jesús. Parece como si quisiera darnos a entender que, así como María tuvo un papel de primer plano en la Encarnación del Verbo, de una manera análoga estuvo presente también en los orígenes de la Iglesia, que es el Cuerpo de Cristo.

Desde el primer momento de la vida de la Iglesia, todos los cristianos que han buscado el amor de Dios, ese amor que se nos revela y se hace carne en Jesucristo, se han encontrado con la Virgen, y han experimentado de maneras muy diversas su maternal solicitud.

inmaculado corazón de la virgen maría intercesión

Mons. Álvaro del Portillo, prelado del Opus Dei, en 1987, en Toshi.

Acercarse al Inmaculado Corazón de la Virgen María

«Jesús es un camino transitable, abierto a todos. La Virgen María hoy nos lo indica, nos muestra el camino: ¡Sigámosla! Y Tú, Madre Santa de Dios, acompáñanos con tu protección, Amén», Benedicto XVI, Homilía del 01/02/2012.

Como prelado del Opus Dei, Mons. Álvaro del Portillo en 1987 habló sobre el poder de intercesión de la Virgen María, cuando viajo a la isla de Toshi, frente a la costa de Toba en Japón.

«Ya veis la fuerza de la intercesión de nuestra Madre. Cuando Ella pide, su Hijo Dios no puede decir que no, dice que sí. Ella es la Madrecita buena de Dios y Dios dice que sí a su Madrecita buena. Y esa Madrecita buena de Dios, es Madrecita buena también, que nos hace caso siempre, que nos oye y que nos escucha. Y por eso, cuando estamos en un apuro, cuando estamos con un dolor, con una pena conviene tratar a la Santísima Virgen para que ella, que lo puede todo, interceda ante su Hijo».

Como buenos hijos debemos amar cada día a nuestra Madre del Cielo; sabemos que Ella es regalo de Jesús, y Dios nos otorga el Inmaculado Corazón de María para nuestra salvación, para acercarnos más a Él.

Y para pedir la intercesión de la Virgen María, desde los primeros tiempos de la Iglesia, ya se rezaba: «Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios: no desprecies las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades, antes bien, líbranos siempre de todos los peligros, Virgen gloriosa y bendita».

La oración a la Virgen María del Papa Benedicto

El 12 de mayo de 2010, durante su peregrinación al Santuario de Fátima, el Papa Benedicto XVI pronunció una oración ante la imagen de la Virgen María en la Iglesia de la Santísima Trinidad, con la que consagró a los sacerdotes al Corazón Inmaculado de María.

«Madre Inmaculada, en este lugar de gracia, convocados por el amor de tu Hijo Jesús, Sumo y Eterno Sacerdote, nosotros, hijos en el Hijo y sacerdotes suyos, nos consagramos a tu Corazón materno, para cumplir fielmente la voluntad del Padre.

Somos conscientes de que, sin Jesús, no podemos hacer nada (cfr. Jn 15,5) y de que, sólo por Él, con Él y en Él, seremos instrumentos de salvación para el mundo.

Esposa del Espíritu Santo, alcánzanos el don inestimable de la transformación en Cristo. Por la misma potencia del Espíritu que, extendiendo su sombra sobre Ti, te hizo Madre del Salvador, ayúdanos para que Cristo, tu Hijo, nazca también en nosotros. Y, de este modo, la Iglesia pueda ser renovada por santos sacerdotes, transfigurados por la gracia de Aquel que hace nuevas todas las cosas.

inmaculado corazón de maría virgen de fátima

Madre de Misericordia, ha sido tu Hijo Jesús quien nos ha llamado a ser como Él: luz del mundo y sal de la tierra (cfr. Mt 5,13-14). Ayúdanos, con tu poderosa intercesión, a no desmerecer esta vocación sublime, a no ceder a nuestros egoísmos, ni a las lisonjas del mundo, ni a las tentaciones del Maligno.

Presérvanos con tu pureza, custódianos con tu humildad y rodéanos con tu amor maternal, que se refleja en tantas almas consagradas a ti y que son para nosotros auténticas madres espirituales.

Madre de la Iglesia, nosotros, sacerdotes, queremos ser pastores que no se apacientan a sí mismos, sino que se entregan a Dios por los hermanos, encontrando la felicidad en esto. Queremos cada día repetir humildemente no sólo de palabra sino con la vida, nuestro “aquí estoy”.

Guiados por ti, queremos ser Apóstoles de la Divina Misericordia, llenos de gozo por poder celebrar diariamente el Santo Sacrificio del Altar y ofrecer a todos los que nos lo pidan el sacramento de la Reconciliación.

Abogada y Mediadora de la gracia, tu que estas unida a la única mediación universal de Cristo, pide a Dios, para nosotros, un corazón completamente renovado, que ame a Dios con todas sus fuerzas y sirva a la humanidad como tú lo hiciste. Repite al Señor esa eficaz palabra tuya: “no les queda vino” ( Jn 2,3), para que el Padre y el Hijo derramen sobre nosotros, como una nueva efusión, el Espíritu Santo.

Lleno de admiración y de gratitud por tu presencia continua entre nosotros, en nombre de todos los sacerdotes, también yo quiero exclamar: “¿quién soy yo para que me visite la Madre de mi Señor? (Lc 1,43) Madre nuestra desde siempre, no te canses de “visitarnos”, consolarnos, sostenernos. Ven en nuestra ayuda y líbranos de todos los peligros que nos acechan.

Con este acto de ofrecimiento y consagración, queremos acogerte de un modo más profundo y radical, para siempre y totalmente, en nuestra existencia humana y sacerdotal. Que tu presencia haga reverdecer el desierto de nuestras soledades y brillar el sol en nuestras tinieblas, haga que torne la calma después de la tempestad, para que todo hombre vea la salvación del Señor, que tiene el nombre y el rostro de Jesús, reflejado en nuestros corazones, unidos para siempre al tuyo. Así sea».


Bibliografía:

La Eucaristía, el Sagrado Corazón de Jesús

 Un hombre había perdido la “memoria del corazón”. Es decir, “había perdido toda la cadena de sentimientos y pensamientos que había atesorado en el encuentro con el dolor humano”. ¿Por qué sucedió esto y qué consecuencias tuvo? “Tal desaparición de la memoria del amor le había sido ofrecida como una liberación de la carga del pasado.

Pero pronto se hizo patente que, con ello, el hombre había cambiado: el encuentro con el dolor ya no despertaba en él más recuerdos de bondad. Con la pérdida de la memoria había desaparecido también la fuente de la bondad en su interior. Se había vuelto frío y emanaba frialdad a su alrededor”.

Viene bien esta historia a propósito de la predicación del Papa Francisco en la solemnidad del Corpus Christi (14-VI-2020).

Eucaristía: memorial y sentimientos

La memoria es algo importante para todas las personas. Observa el Papa en su homilía de esta fiesta: “Si no hacemos memoria (...), nos convertimos en extraños a nosotros mismos, en ‘transeúntes’ de la existencia. Sin memoria nos desarraigamos del terreno que nos sustenta y nos dejamos llevar como hojas por el viento. En cambio, hacer memoria es anudarse con lazos más fuertes, es sentirse parte de una historia, es respirar con un pueblo”.

Y por eso la Sagrada Escritura insiste en educar a los jóvenes en esa memoria o recuerdo de las tradiciones y de la historia del pueblo de Israel,  sobre todo de los mandatos y dones del Señor (cf. Ps 77 12; Dt 6, 20-22).

Los problemas surgen si –como sucede ahora con la transmisión de la fe cristiana– se interrumpe o si no se ha experimentado aquello de lo que oye hablar, la memoria de las personas y de los pueblos se pone en riesgo.

El Señor nos dejó un memorial. No solo algo que recordar, que traer a la memoria. No solo unas palabras o unos símbolos. Nos dio un alimento que es continuamente eficaz, el Pan vivo que es Él mismo: la Eucaristía. Y nos lo dio como hecho, pues nos encargó hacerla, celebrarla como pueblo y como familia: “Haced esto en memoria mía” (1 Co 11, 24). La Eucaristía, señala Francisco, es el memorial de Dios.

En efecto, la Eucaristía es memoria, memoria viva o memorial que renueva (o actualiza sin repetirla) la Pascua del Señor, su muerte y resurrección, entre nosotros. Es memoria de nuestra fe, de nuestra esperanza, de nuestro amor.

La Eucaristía es memorial de todo lo que somos, memoria –cabría decir, también– del corazón, dando a este último término su sentido bíblico: la totalidad de la persona. El hombre vale lo que vale su corazón y esto incluye –como en la historia que contaba el cardenal Ratzinger– la capacidad de bondad y de compasión, que en el cristiano se van identificando con los sentimientos de Cristo mismo.

La Eucaristía, memorial del corazón, cura, preserva y fortalece toda la persona del cristiano. Y por ello, como dice la Iglesia, la Eucaristía es fuente y culmen de la vida cristiana y de la misión de la Iglesia (cf. Benedicto XVI, Exhort. Sacramentum caritatis, 2007).

En la solemnidad del Corpus Christi, Francisco ha ido desgranando el poder curativo de este memorial que es la Eucaristía. Y con ello nos muestra la importancia de la Eucaristía para la configuración de nuestros sentimientos hacia Dios y los demás.

De eso depende también lo que podríamos llamar la educación afectiva –que no termina nunca en cada persona– y la conexión afectiva con Dios y con los demás: el saberse situar ante los otros -nuestros parientes y amigos, nuestros colegas y compañeros de trabajo, las personas con las que nos cruzamos cada día.

Eucaristía memorial de Jesús

El "hacerse cargo" interiormente de lo que les sucede, para saber comunicar y manifestar adecuadamente nuestros sentimientos en lo que conviene, integrarlos en nuestras decisiones y actividades, como parte importante de ese atractivo que tiene de por sí la vida cristiana. La Eucaristía ocupa así un lugar central en relación con el discernimiento, tanto a nivel espiritual como eclesial, de todas nuestras acciones.

Poder sanador de la Eucaristía sobre la memoria

La Eucaristía sana la memoria huérfana y cura sus heridas. Es decir, “la memoria herida por la falta de afecto y las amargas decepciones recibidas de quien habría tenido que dar amor pero que, en cambio, dejó desolado el corazón”. La Eucaristía nos infunde un amor más grande, el amor mismo de Dios. Así lo dice el Papa:

“La Eucaristía nos trae el amor fiel del Padre, que cura nuestra orfandad. Nos da el amor de Jesús, que transformó una tumba de punto de llegada en punto de partida, y que de la misma manera puede cambiar nuestras vidas. Nos comunica el amor del Espíritu Santo, que consuela, porque nunca deja solo a nadie, y cura las heridas”.

En segundo lugar, la Eucaristía sana nuestra memoria negativa. Esa memoria que “siempre hace aflorar las cosas que están mal y nos deja con la triste idea de que no servimos para nada, que sólo cometemos errores, que estamos equivocados”. Y siempre nos pone por delante nuestros problemas, nuestras caídas, nuestros sueños rotos.

Jesús viene para decirnos que no es así. Que somos valiosos para él, que ve siempre lo bueno y lo bello en nosotros, que desea nuestra compañía y nuestro amor. “El Señor sabe que el mal y los pecados no son nuestra identidad; son enfermedades, infecciones. Y –­con buenos ejemplos en esta época de pandemia, explica el Papa cómo sana la Eucaristía– viene a curarlas con la Eucaristía, que contiene los anticuerpos para nuestra memoria enferma de negatividad.

Con Jesús podemos inmunizarnos de la tristeza. Y por ello la fuerza de la Eucaristía –cuando procuramos recibirla con las mejores disposiciones, de modo que dé en nosotros todos sus frutos– nos transforma en portadores de Dios, que equivale a decir: portadores de alegría.

Tercero, la Eucaristía sana nuestra memoria cerrada. La vida nos deja con frecuencia heridas. Y nos hace temerosos y suspicaces, cínicos o indiferentes, arrogantes..., egoístas. Todo eso, observa el sucesor de Pedro, “es un engaño, pues solo el amor cura el miedo de raíz y nos libera de las obstinaciones que aprisionan”. Jesús viene a liberarnos de esas corazas, bloqueos interiores y parálisis del corazón.

“El Señor, que se nos ofrece en la sencillez del pan, nos invita también a no malgastar nuestras vidas buscando mil cosas inútiles que crean dependencia y dejan vacío nuestro interior. La Eucaristía quita en nosotros el hambre por las cosas y enciende el deseo de servir”. Nos ayuda a levantarnos para ayudar a los demás, que tienen hambre de comida, de dignidad y de trabajo. Nos invita a establecer auténticas cadenas de solidaridad.

La Eucaristía sana nuestra memoria huérfana y herida, nuestra memoria negativa y nuestra memoria cerrada. A esto añade Francisco, en su alocución durante el Ángelus del mismo día 14 de junio, la explicación de los dos efectos de la Eucaristía: el efecto místico y el efecto comunitario.

Efecto místico y efecto comunitario

El efecto místico (místico en relación con el misterio profundo que ahí acontece) se refiere a esa curación de nuestra “memoria herida” de que hablaba en su homilía. La Eucaristía nos cura y nos transforma interiormente por nuestra intimidad con Jesús; pues lo que tomamos, bajo esas apariencias de pan o de vino es nada menos que el cuerpo y la sangre de Cristo (cf. 1 Co 10, 16-17).

Jesús –explica de nuevo el Papa– está presente en el sacramento de la Eucaristía para ser nuestro alimento, para ser asimilado y convertirse en nosotros en esa fuerza renovadora que nos devuelve la energía y devuelve el deseo de retomar el camino después de cada pausa o después de cada caída”.

Al mismo tiempo señala cómo han de ser nuestras disposiciones para que todo eso sea posible; sobre todo, “nuestra voluntad de dejarnos transformar, nuestra forma de pensar y actuar”.

Así es, y esa voluntad se manifiesta en acercarnos a la Eucaristía con la conciencia libre de pecado grave (por haber acudido antes al sacramento de la Penitencia si era necesario), en dejarnos ayudar por quienes puedan hacerlo para formar nuestra conciencia, para rectificar nuestros deseos, para orientar nuestras actividades en la dirección adecuada según nuestras circunstancias, de modo que nuestra vida tenga un verdadero sentido de amor y de servicio.

Por todo ello, señala Francisco, la Misa no es simplemente un acto social o respetuoso, pero vacío de contenido. Es “Jesús presente que viene a alimentarnos”.

Todo eso está vinculado con el efecto comunitario de la Eucaristía, que es su finalidad última como expresa san Pablo: “Porque aun siendo muchos, somos un solo pan y un solo cuerpo” (Ibid., v. 17). Es decir, el hacer de sus discípulos una comunidad, una familia que supere las rivalidades y las envidias, los prejuicios y las divisiones. Al otorgarnos el don del amor fraterno podemos lograr lo que también nos pidió: “Permaneced en mi amor” (Jn 15, 9).

De este modo ­–concluye Francisco–, no solo sucede que la Iglesia “hace” la Eucaristía; sino también y finalmente la Eucaristía hace la Iglesia, como un “misterio de comunión” para su misión. Una misión que comienza, precisamente, por producir y acrecentar nuestra unidad. Así es, y así la Iglesia puede ser germen de unidad, de paz y de transformación del mundo entero.


Don Ramiro Pellitero Iglesias, profesor de Teología pastoral de la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra. Publicado en Iglesia y nueva evangelización.

26 de junio, la fiesta de san Josemaría

La Iglesia católica celebra cada 26 de junio la festividad de san Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei. Cientos de miles de personas recuerdan hoy a “el santo de la vida ordinaria”, como lo llamaba san Juan Pablo II. En este día especial, muchos se reúnen en la Santa Misa para honrar su memoria.

«Siguiendo sus huellas –dijo el Papa en su homilía con motivo de su canonización de san Josemaría–, difundid en la sociedad, sin distinción de raza, clase, cultura o edad, la conciencia de que todos estamos llamados a la santidad».

La figura de san Josemaría sigue inspirando a muchos en su camino hacia la santidad. Si quieres rezar ante los restos, puedes acudir a la iglesia de Santa María de la Paz (en Roma).

San Josemaría y los sacerdotes

La identidad de san Josemaría como fundador ha dejado una huella indeleble en el mundo actual. Él tuvo el arte de saber expresar en palabras, breves y sencillas, grandes realidades. Eso ocurre, por ejemplo, cuando habla sobre el tema de la identidad sacerdotal, cuestionada y problematizada por algunos y la resolvía con rotundidad: «El sacerdote, quien sea, es siempre otro Cristo.

Otro Cristo, Ipse Christus, con poderes singularísimos derivados de su identificación con el Señor. El sacerdote puede consagrar el Cuerpo y la Sangre de Cristo, ofrecer a Dios el Santo Sacrificio, perdonar los pecados en la confesión sacramental y ejercitar el ministerio de adoctrinar a las gentes». (Camino, 6).

Siempre miraba a los sacerdotes diocesanos como sus hermanos: hermanos míos sacerdotes, solía decir al dirigirse a ellos. Sentía por ellos un cariño fraternal y a los sacerdotes de la Prelatura del Opus Dei les invitaba a sentirse como sacerdotes diocesanos en todas las diócesis del mundo.

Vivió y promovió un auténtico amor por los sacerdotes y de ello dio pruebas siempre. Era un ejemplo de celo por la formación sacerdotal; lo demostró en la solicitud con la que guio la actividad de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, que posibilita a los sacerdotes de todas las diócesis del mundo poder compartir su espiritualidad.

26 junio fiesta san Josemaría sacerdote
La plaza de san Pedro en la ceremonia de canonización de san Josemaría, 2002.

La Fundación CARF sigue este ejemplo del fundador de la Obra, como la llamaba cariñosamente, apoyando la formación sacerdotal. Por eso la Fundación actúa para que, con ayuda de los benefactores, se proporcionen ayudas al estudio para que sacerdotes y seminaristas diocesanos sin recursos, de diócesis de todo el mundo, reciban una sólida preparación teológica, humana y espiritual en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz de Roma y en las Facultades Eclesiásticas de la Universidad de Navarra en Pamplona.

Además, promovió la importancia de la oración en la vida del presbítero. «No dejéis de pedir por ellos, para que sean siempre sacerdotes fieles, piadosos, doctos, entregados, ¡alegres! Encomendadlos especialmente a Santa María, que extrema su solicitud de Madre con los que se empeñan para toda la vida en servir de cerca a su Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, Sacerdote Eterno».

Enseñanzas de san Josemaría para los sacerdotes

Mons. Javier Echevarría nos explica que, a lo largo de su gran experiencia pastoral, el fundador del Opus Dei experimentó de continuo la necesidad de una identidad sacerdotal fuerte: no es verdad que los cristianos quieren ver en el sacerdote un hombre más; el pueblo cristiano, lo que quiere del sacerdote es que sea sacerdote.

En palabras de san Josemaría, «que se destaque claramente el carácter sacerdotal: esperan que el sacerdote rece, que no se niegue a administrar los sacramentos, que esté dispuesto a acoger a todos sin constituirse en jefe o militante de banderías humanas, sean del tipo que sean.

Además que ponga amor y devoción en la celebración de la Santa Misa, que se siente en el confesonario, que consuele a los enfermos y a los afligidos; que adoctrine con la catequesis a los niños y a los adultos, que predique la Palabra de Dios y no cualquier tipo de ciencia humana que –aunque conociese perfectamente– no sería la ciencia que salva y lleva a la vida eterna; que tenga consejo y caridad con los necesitados. En una palabra: se pide al sacerdote que aprenda a no estorbar la presencia de Cristo en él». Homilía Sacerdote para la eternidad, 13-IV-1973.

Esta última frase, continua Mons. Javier Echevarría, puede quizá resumir el desafío que el mundo actual lanza a los ministros sagrados. A los hombres de todos los tiempos, el sacerdote ha de hacer presente a Dios; y para esto, ha de aprender a prestar a Cristo su voz, sus manos, su alma y su cuerpo: todo lo suyo.

Así ocurre principalmente cuando administra los sacramentos o en la predicación, pero no sólo en esos momentos. La dinámica propia del sacramento del Orden, cuyo centro y culmen es la Eucaristía, lleva a darse enteramente, en alma y cuerpo, a Cristo.

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Frases de san Josemaría sobre los sacerdotes

Textos breves sobre la vida y la vocación de los sacerdotes que recordamos con motivo de su fiesta.


Bibliografía

Camino.
Es Cristo que pasa.
Homilía Sacerdote para la eternidad.
Forja.
Homilía del Papa san Juan Pablo II en la Misa de canonización, 2002.
Homilía del Papa san Juan Pablo II en la Misa de la beatificación, 1992.
Homilía de Mons. Javier Echevarría sobre el sacerdocio, 2009.