San Pío de Pietrelcina, 23 de septiembre: santidad y estigmas para la Iglesia

El siglo XX estuvo marcado por guerras, persecuciones y una profunda crisis humana y espiritual. En medio de este panorama, Dios quiso regalar a la Iglesia un ejemplo excepcional de santidad: san Pío de Pietrelcina, más conocido como Padre Pío. Este humilde y divertido fraile capuchino se convirtió en un foco de atracción para millones de fieles de todo el mundo que hoy siguen conmoviéndose con su vida.

Su mensaje sencillo –«Reza, espera y no te preocupes»– encierra una espiritualidad de confianza absoluta en la bondad y misericordia de Dios. Para los seminaristas y sacerdotes diocesanos, y para todos, su vida fue ejemplo de amor a Dios y a la Iglesia. Su figura es modelo vivo de lo que significa configurarse con Cristo, Buen Pastor, en favor de las almas.

Infancia y vocación temprana

El futuro santo nació como Francesco Forgione en Pietrelcina (Italia) en 1887, en el seno de una familia campesina humilde y profundamente creyente. Desde niño destacó por su vida de oración y su sensibilidad espiritual. Sus padres, Grazio y Maria Giuseppa, le transmitieron una fe sencilla y sólida, que se convirtió en la base de toda su vida.

Con apenas diez años, Francesco expresó claramente su deseo de consagrarse a Dios. Ingresó en la orden de los capuchinos, donde tomó el nombre de Pío en honor a san Pío V. Su formación estuvo marcada por la austeridad y la disciplina, pero sobre todo por un amor ardiente a Cristo Eucaristía y una profunda devoción a la Virgen María.

Este detalle es clave para entender su posterior ministerio: el sacerdocio no fue para él un oficio ni una tarea, sino una entrega total y radical a los demás por Jesucristo.

El padre Pío, con los estigmas de sus manos.

Ordenación sacerdotal y entrega pastoral

En 1910, a los 23 años, recibió la ordenación sacerdotal. Desde el inicio de su ministerio destacó por su celo pastoral y por una intensa vida interior.

Durante casi toda su vida sacerdotal residió en San Giovanni Rotondo, un pequeño convento capuchino que pronto se convertiría en un centro de peregrinación mundial. Allí, el Padre Pío se dedicaba a dos grandes misiones: celebrar la Santa Misa con fervor extraordinario y pasar innumerables horas en el confesionario, reconciliando a los fieles con Dios.

Su vida demuestra que la misión de un sacerdote no depende de grandes escenarios ni de programas complicados, sino de vivir fielmente el misterio de Jesucristo a través de los sacramentos y, sobre todo, en la Eucaristía y en el perdón de los pecados. Como recuerda san Josemaría Escrivá de Balaguer en muchos de sus textos, la santidad se alcanza en lo ordinario, en la fidelidad al deber de cada día y en el amor con que se sirve a Dios y a los demás.

Los estigmas: participación en la Pasión de Cristo

Uno de los fenómenos más sorprendentes de su vida fueron los estigmas, las llagas visibles de la Pasión de Cristo, que aparecieron en su cuerpo en 1918 mientras rezaba ante un crucifijo. Estas heridas en manos, pies y costado permanecieron con él durante 50 años, hasta su muerte en 1968. Ningún santo ha vivido tanto tiempo con los estigmas de la Pasión. Sirva de ejemplo que san Francisco de Asís los tuvo los dos últimos años de su vida.

El Padre Pío aceptó este sufrimiento como una participación en la Cruz de Cristo. Nunca presumió de estos dones extraordinarios; al contrario, los vivió con discreción y humildad, soportando muchas incomprensiones y hasta investigaciones de las autoridades eclesiásticas.

Los estigmas fueron un signo visible de lo que todo sacerdote está llamado a ser: otro Cristo. El ministerio sacerdotal no es una carrera de prestigio, sino de una entrega que pasa por la cruz. Para los seminaristas que se forman para se sacerdotes, contemplar la vida del Padre Pío es una invitación a no temer el sacrificio, sino a abrazarlo con amor.

Carismas y dones extraordinarios

Entre los carismas más notables del Padre Pío se encuentran:

La celda monástica del padre Pío de Pietrelcina en San Giovanni Rotondo (provincia de FoggiaItalia).

Pero, sobre todo, el Padre Pío se caracterizó por su profunda devoción a la Eucaristía, a la Virgen María y a la Pasión de Cristo. Su vida estuvo marcada por la oración constante, la penitencia, la obediencia a la Iglesia (incluso en momentos de persecución y acusaciones falsas; entre otras cosas se le prohibió celebrar la Misa en público de 1923 a 1933) y una dedicación incansable a la confesión y a la dirección espiritual.

Estos carismas impresionaban a las multitudes, pero él siempre insistía en lo esencial: la gracia de Dios se derrama principalmente a través de los sacramentos.

Su vida recuerda que lo más importante del ministerio sacerdotal no son los fenómenos extraordinarios, sino la fidelidad en la vida cotidiana: celebrar la Misa con devoción, confesar con paciencia, predicar con verdad y rezar con perseverancia.

Obras de caridad: el hospital del sufrimiento

El amor del Padre Pío no se limitaba al ámbito espiritual. En 1956 inauguró el Hospital Casa Sollievo della Sofferenza, una institución que hasta hoy sigue siendo referencia médica en Italia.

Este proyecto nació de su convicción de que los enfermos no deben ser tratados solo con técnicas médicas, sino también con compasión y atención espiritual. El hospital fue fruto de su oración, de la Providencia divina y de la colaboración de muchos benefactores.

De este modo, el Padre Pío mostró que la caridad cristiana no se queda en palabras, sino que se traduce en obras concretas que alivian el dolor humano. Una lección muy actual para la Iglesia: los sacerdotes están llamados a ser instrumentos de esperanza y de misericordia con el que sufre.

Canonización del Padre Pio en Roma (vía padrepio.org)

La muerte y canonización

El 23 de septiembre de 1968, el Padre Pío entregó su alma a Dios después de una vida de entrega heroica. Tenía 81 años. Sus últimas palabras fueron: «Jesús, María».

Su funeral congregó a más de 100.000 personas, testimonio del inmenso cariño y devoción que había suscitado en vida. En 1999 fue beatificado por san Juan Pablo II, y en 2002, el mismo Papa lo canonizó, proponiéndolo al mundo como modelo de santidad.

Hoy, millones de peregrinos acuden a San Giovanni Rotondo para rezar ante su tumba, y su devoción se ha extendido por todos los continentes.

Enseñanza del Padre Pío

Más allá de los fenómenos extraordinarios, lo que más atrae del Padre Pío es la profundidad de su vida espiritual. Su mensaje puede resumirse en tres palabras: oración, sufrimiento y confianza.

  1. Oración: pasaba largas horas en intimidad con Dios. Invitaba a todos a rezar el Rosario diariamente y a unirse a Jesucristo en la Misa.
  2. Sufrimiento: aceptó con amor sus dolores físicos y espirituales, ofreciéndolos por la conversión de los pecadores.
  3. Confianza: enseñaba a vivir sin angustia, porque el amor de Dios es más grande que nuestros problemas.

Padre Pío y la vocación sacerdotal

Estas tres actitudes son fundamentales para cualquier cristiano, pero especialmente para quienes se preparan al sacerdocio. El sacerdote debe ser hombre de oración, que ofrece su vida con Cristo y confía plenamente en la Providencia de Dios Padre.

Cuerpo del padre Pío expuesto para la veneración pública desde 2008. Una máscara de cera cubre su rostro.

La Fundación CARF trabaja para que miles de seminaristas y sacerdotes diocesanos, sobre todo de países sin recursos de todo el mundo, reciban formación en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz, en Roma, y en las Facultades Eclesiásticas de la Universidad de Navarra, en Pamplona.

El seminarista o el sacerdote, y todos los fieles laicos, al mirar la vida del Padre Pío, encontramos una inspiración directa:

Los futuros sacerdotes, sostenidos por la ayuda de los benefactores de la Fundación, deben seguir este camino de santidad. El testimonio del Padre Pío recuerda que el sacerdote no se pertenece a sí mismo, sino que es todo de Cristo y de toda la Iglesia.

Un santo para hoy y para siempre

Su ejemplo de vida invita a los fieles a redescubrir el valor de la Confesión, de la Eucaristía, de la oración y de la confianza en Dios Padre. Para los sacerdotes y seminaristas, debería ser un espejo donde contemplar lo que significa vivir configurados con Cristo hasta las últimas consecuencias.

Hoy, su voz resuena con la misma fuerza que en vida: «Reza, espera y no te preocupes. La ansiedad no sirve de nada. Dios es misericordioso y escuchará tu oración». Mediaset Italia produjo una gran producción cinematográfica sobre su vida de más de tres horas de duración. Te dejamos el enlace para ver


Amistad entre santos: el padre Pío y Juan Pablo II

El padre Pío, capuchino italiano, (1887-1968), canonizado en 2002, en una multitudinaria ceremonia por san Juan Pablo II bajo el nombre de san Pío de Pietrelcina, este santo sacerdote recibió un don espiritual extraordinario para servir a todos los hombres y mujeres de su tiempo. Este don marcó su vida, llenándola de sufrimiento, no solo con el dolor físico que provocaban sus estigmas, sino también con el sufrimiento moral y espiritual, consecuencia de aquellos que lo consideraban loco o estafador.

El padre Pío, generoso dispensador de la misericordia divina

La realidad es que este santo ayudo a miles de personas a volver a la fe, a convertirse y acercarse a Dios. El Padre Pío realizó curaciones asombrosas. Y predicciones difíciles de contrastar como la realizada al propio Karol Wojtyla vaticinando su futuro papado. El francés Emanuele Brunatto acreditaba ese mismo don de profecía que le permitía averiguar de vez en cuando lo que iba a suceder. «Es Jesús –explicaba el Padre Pío– quien me deja leer a veces su cuaderno personal...».

Privilegio de un penitente

En la Misa de canonización el 16 de junio de 2002 en la plaza de san Pedro del Vaticano, san Juan Pablo II afirmó que «el padre Pío fue generoso dispensador de la misericordia divina, poniéndose a disposición de todos a través de la acogida, de la dirección espiritual y especialmente de la administración del sacramento de la penitencia. También yo, durante mi juventud, tuve el privilegio de aprovechar su disponibilidad hacia los penitentes. El ministerio del confesionario, que constituye uno de los rasgos distintivos de su apostolado, atraía a multitudes innumerables de fieles al convento de san Giovanni Rotondo».

¿Cómo se conocieron Juan Pablo II y Padre Pío?

La relación entre el Padre Pío y san Juan Pablo II no sólo viene por haberse celebrado las ceremonias de beatificación y canonización del fraile capuchino durante el pontificado del papa polaco, sino que, en 1948, Karol Wojtyla conoció al Padre Pío en san Giovanni Rotondo.

El primer encuentro de dos santos

Fue en abril de 1948 cuando Karol Wojtyla, un recién ordenado sacerdote, decidió conocer al padre Pío. «Fui a san Giovanni Rotondo para ver al padre Pío, participar de su Misa y si resultaba posible, confesarme con él». 

Este primer encuentro fue muy importante para el futuro papa. Así lo reflejó años después en una carta que envió de su puño y letra, escrita en polaco, al padre guardián del convento de san Giovanni Rotondo: «Hablé con él en persona e intercambié algunas palabras, fue mi primer encuentro con él y lo considero el más importante».

Mientras el padre Pío celebraba la Eucaristía, el joven Wojtyla se fijó especialmente en las manos del fraile, donde se veían los estigmas tapados por una costra negra. «En el altar de san Giovanni Rotondo se cumplía el sacrificio del mismo Cristo, y durante la confesión, el padre Pío ofrecía un discernimiento claro y sencillo, dirigiéndose al penitente con gran amor».

Las dolorosas llagas del Padre Pío

Además, el joven sacerdote se interesó por las llagas del padre Pío: «La única pregunta que le hice fue qué llaga le producía más dolor. Yo estaba convencido de que era la del corazón, pero padre Pío me sorprendió mucho cuando me dijo: 'No, la que más me duele es la de la espalda, la que tengo en el lado derecho'».

Esta sexta herida en el hombro, como la que Jesús sufrió llevando la cruz o el patibulum camino del Calvario. Era la llaga «que más dolía», porque había supurado y nunca había «sido tratada por los médicos».

Las cartas de Juan Pablo II y Padre Pío, se remontan al período del Concilio

La carta con fecha del 17 de noviembre de 1962 decía: «Venerable Padre, le pido que ore por una madre de cuatro hijas, de cuarenta años que vive en Cracovia, Polonia. Durante la última guerra estuvo en los campos de concentración en Alemania durante cinco años, y ahora corre un grave peligro de salud, incluso de vida, debido un cáncer.

Ore para que Dios, con la intervención de la Santísima Virgen, muestre misericordia para ella y su familia. In Christo obligatissimus, Carolus Wojtyla».

En ese entonces monseñor Wojtyla, estaba en Roma y recibió la noticia de la grave enfermedad de Wanda Poltawska. Convencido de que la oración del padre Pío tenía un poder especial ante Dios, decidió escribirle para pedirle ayuda y oraciones por la mujer, madre de cuatro hijas. 

Esta carta le llegó al padre Pío a través de Angelo Battisti, funcionario de la secretaría de Estado del Vaticano y administrador de la Casa Alivio del Sufrimiento. Él mismo cuenta que después de haberle leído el contenido, el padre Pio pronunció la famosa frase: “«¡A este no le puedo decir que no!», y añadió: «Angelo, guarda esta carta porque un día será importante».

Gracias por la curación

Unos días más tarde, la mujer se sometió a un nuevo examen diagnóstico que mostró que el tumor cancerígeno había desaparecido completamente. Once días después, Juan Pablo II volvió a escribir una carta, esta vez para darle las gracias.

La carta decía: «Venerable Padre, la mujer que vive en Cracovia, en Polonia, madre de 4 niñas, el día 21 de noviembre antes de la operación quirúrgica se curó repentinamente. Damos gracias a Dios y también a ti venerado Padre.

Expreso mi sincero agradecimiento en nombre de la señora, de su marido y de toda la familia. En Cristo, Karol Wojtyla, obispo capitular de Cracovia». En esa ocasión el fraile dijo: «¡Alabado sea el Señor!».

«Mirad la fama que ha alcanzado el padre Pío; los seguidores del mundo entero que ha congregado en torno a sí. Pero ¿por qué? ¿Acaso porque era un filósofo? ¿Porque era un sabio? ¿Porque disponía de medios?
Nada de eso: porque decía la Misa humildemente, confesaba de la mañana a la noche y era, es difícil decirlo, un representante sellado con las llagas de Nuestro Señor. Un hombre de oración y sufrimiento». Papa san Pablo VI, febrero de 1971.

Karol Wojtyla rezando ante la tumba del padre Pío en san Giovanni Rotondo.

Las visitas de Juan Pablo II a la tumba del Padre Pío

Wojtyla volvió a san Giovanni Rotondo en dos ocasiones más. La primera, siendo cardenal de Cracovia, en 1974 y la segunda proclamado ya Papa, en 1987. En estos dos viajes visitó los restos mortales de padre Pío y rezó arrodillado junto a la tumba del fraile capuchino. 

En el otoño de 1974, entonces cardenal Karol Wojtyla, estaba de vuelta en Roma y, «al acercarse la fecha del aniversario de su ordenación sacerdotal (1 de noviembre de 1946), decidió conmemorar el aniversario en san Giovanni Rotondo y celebrar la Misa junto a la tumba del padre Pío. Debido a una serie de vicisitudes (el 1 de noviembre fue especialmente lluvioso) el grupo compuesto por Wojtyla, Deskur y otros seis sacerdotes polacos se retrasó bastante, llegando por la noche alrededor de las 21 horas.

Desgraciadamente Karol Wojtyla no pudo cumplir su deseo de celebrar la Misa ante la tumba del padre Pío justo el día de su ordenación sacerdotal. Así que lo hizo al día siguiente». Stefano Campanella, director de Padre Pio TV.

Amor a los penitentes

El Padre Pío «tenía un simple y claro discernimiento y trataba al penitente con un gran amor», escribió ese día Juan Pablo II en el libro de visitas del convento en san Giovanni Rotondo.

En mayo de 1987, san Juan Pablo II, ya convertido en Papa, visitó la tumba del padre Pío con motivo del primer centenario de su nacimiento.

Ante más de 50.000 personas, su Santidad proclamó: «Grande es mi alegría por este encuentro y lo es por varios motivos. Como saben, estos lugares están ligados a recuerdos personales, es decir a mis visitas hechas al padre Pío durante su vida terrena, o ya espiritualmente luego de su muerte, ante su tumba».

San Pío de Pietrelcina

El 2 de mayo de 1999, Juan Pablo II beatificó al fraile estigmatizado, y el 16 de junio de 2002 lo proclamó santo. Ese día, san Juan Pablo II lo canoniza bajo el nombre de san Pío de Pietrelcina. En la homilía de su santificación, Juan Pablo recitó la oración compuesta por él para padre Pío: 

«Humilde y amado padre Pío: Enséñanos también a nosotros, te lo pedimos, la humildad de corazón, para ser considerados entre los pequeños del Evangelio, a los que el Padre ha prometido revelar los misterios de su Reino. 

Ayúdanos a rezar sin cansarnos jamás, con la certeza de que Dios conoce lo que necesitamos antes de que se lo pidamos. Alcánzanos una mirada de fe capaz de reconocer prontamente en los pobres y en los que sufren el rostro mismo de Jesús. 

Sostennos en la hora de la lucha y de la prueba, y si caemos, haz que experimentemos la alegría del sacramento del perdón. Transmítenos tu tierna devoción a María, Madre de Jesús y Madre nuestra. 

Acompáñanos en la peregrinación terrena hacía la patria feliz, a donde esperamos llegar también nosotros para contemplar eternamente la gloria del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén».

¿Tuvieron relación san Pío y san Josemaría?

Según varias fuentes, no consta que san Josemaría Escrivá de Balaguer y el Padre san Pío de Pietrelcina se hubieran conocido personalmente.

A pesar de no haber tenido un encuentro directo, sí existe una relación indirecta y un mutuo respeto entre ellos. El Padre Pío incluso defendió al Opus Dei en una ocasión. Se relata que un empresario italiano, Luigi Ghisleri, que tenía dudas sobre la Obra, consultó al Padre Pío, quien le respondió: «No te preocupes. El Opus Dei es cosa de Dios. ¡Es cosa santa!».

Además, el fundador del Opus Dei, san Josemaría, estaba convencido de la santidad del Padre Pío y lo defendía siempre que alguien ponía en duda la figura del capuchino. Ambos santos fueron elevados a los altares por san Juan Pablo II, convirtiéndose en intercesores importantes para la Iglesia.


Bibliografía

- La Brújula Cotidiana entrevista al director de Padre Pio TV, Stefano Campanella.
- Entrevista arzobispo polaco Mons. Andrés María Deskur, 2004.
- Homilía de Juan Pablo II. Misa de santificación, 2002.

San Mateo, apóstol y evangelista, 21 de septiembre

Cada 21 de septiembre, la Iglesia celebra la festividad de san Mateo, apóstol y evangelista, uno de los doce discípulos que siguieron a Jesús y fueron testigos directos de su vida, enseñanzas, Pasión y Resurrección. San Mateo, también conocido como Leví, nos ofrece un ejemplo profundo de conversión, entrega y fidelidad a la misión evangelizadora, cualidades que siguen inspirando a sacerdotes y fieles en la actualidad.

Su vida demuestra cómo un encuentro personal con Jesús puede transformar completamente el corazón de una persona y conducirla a un compromiso radical. La figura de san Mateo nos ayuda a conocer la historia del cristianismo primitivo y a comprender cómo vivir la vocación sacerdotal y el compromiso evangelizador.

Mateo en su puesto de recaudador de impuestos antes de encontrarse con Jesús. Imagen de Facebook vía The Chosen.

Antes de ser llamado por Jesús, Mateo ejercía la profesión de recaudador de impuestos en Cafarnaúm. Esta labor, socialmente mal valorada por el pueblo judío y a menudo asociada con la corrupción, no impidió que Jesús lo eligiera como discípulo. La elección de Mateo subraya un mensaje central del Evangelio: Dios llama a cada persona, independientemente de su pasado, para transformarla y ponerla al servicio de su misión.

Al escuchar la invitación de Jesús, Mateo respondió con prontitud dejando lo que estaba haciendo y marchándose. Este acto de decidido de entrega total supone una apertura del corazón ante la vocación y sirve como modelo para todos los que sienten una llamada al sacerdocio, a la entrega total en el celibato o a la vida consagrada. Mateo comprendió que la verdadera riqueza se encuentra en la entrega de la vida a Dios y en la misión de llevar su mensaje a los demás.

Mateo se dedicó a seguir a Jesús y a ser testigo de su obra. Más adelante, escribirá el Evangelio que lleva su nombre, el primero de los cuatro evangelios del Nuevo Testamento y uno de los tres sinópticos, en el que presenta a Jesús como el Mesías prometido y cumpliendo las profecías del Antiguo Testamento. Trata de convencer a los judíos mediante esa relación con las escrituras que bien conocía. Este Evangelio enfatiza la cercanía de Jesús con los necesitados y el valor de la vida cotidiana.

Mateo junto a Jesús, toma notas para su Evangelio. Imagen de Facebook vía The Chosen.

El Evangelio de Mateo

El evangelio según san Mateo se caracteriza por su enfoque pedagógico y moral, dirigido tanto a judíos como a cristianos de todas las épocas. Entre sus aportaciones destacan:

Este Evangelio se convierte así en una fuente de inspiración para sacerdotes y laicos, recordándoles que evangelizar no significa solo predicar palabras, sino dar un ejemplo que transforma vidas y comunidades.

Sacerdotes: continuadores de la misión

Los sacerdotes son llamados a ser referentes para todos los discípulos de Jesús, continuando la labor de Mateo y de los doce apóstoles. Su misión se encuadra en tres dimensiones básicas:

  1. Predicar el Evangelio: transmitir el mensaje de Cristo de manera clara, accesible y adaptada a los tiempos actuales.
  2. Administrar los sacramentos: ofrecer la gracia de Dios a través de los más frecuentes Eucaristía y la Confesión, y de los otros sacramentos Bautismo, Confirmación, Matrimonio Orden sacerdotal y Unción de los enfermos.
  3. Acompañar pastoralmente a los fieles: orientar, educar y apoyar a las personas en su crecimiento espiritual y en la vivencia de la fe.

En un mundo que cambia rápidamente, los sacerdotes enfrentan el desafío de llevar la fe a contextos nuevos: ciudades globalizadas, sociedades digitales, culturas plurales. Siguiendo el ejemplo de san Mateo, los sacerdotes están llamados a adaptarse a los medios y canales de comunicación modernos sin perder la autenticidad del mensaje cristiano.

La evangelización en el siglo XXI se ha transformado gracias a la digitalización y al alcance global de internet. Redes sociales, blogs, podcasts y transmisiones en vivo permiten que la voz del Evangelio llegue a millones de personas que de otra manera no tendrían contacto directo con la Iglesia.

Algunos ejemplos de iniciativas actuales incluyen:

Estos ejemplos son solo una muestra que permite evangelizar a jóvenes y adultos en sus contextos naturales, integrando la fe en la vida diaria y haciendo más palpable el testimonio de vida cristiana. Así como san Mateo transmitió su experiencia con Jesús a través de su Evangelio, hoy los sacerdotes y los evangelizadores digitales buscan compartir la fe de manera concreta y cercana.

Mateo escucha las palabras que Jesús le dice. Imagen de Facebook vía The Chosen.

Una llamada para cada uno

San Mateo es un modelo para sacerdotes y evangelizadores, y también para todos los cristianos. Su vida nos recuerda que todos estamos llamados a ser testigos del Evangelio. Esto implica:

La evangelización no es solo una tarea de los sacerdotes; cada fiel tiene un papel en llevar el mensaje de Cristo a su entorno, inspirando a otros con obras concretas.

San Mateo, apóstol y evangelista, nos enseña que la verdadera vocación nace de un encuentro personal con Jesús y se expresa en la entrega de la vida al servicio de los demás. Su historia es un recordatorio de que no importa el pasado de cada persona: Dios siempre ofrece una oportunidad para la conversión.

En el siglo XXI, sacerdotes y evangelizadores continúan su labor, adaptándose a los nuevos medios de comunicación y encontrando formas innovadoras de llegar al corazón de las personas, tal como san Mateo llegó a sus contemporáneos con la fuerza del Espíritu Santo y del Evangelio. Siguiendo su ejemplo, todos estamos llamados a ser discípulos activos, testigos y agentes de transformación en el mundo.

 "Al pasar vio Jesús a un hombre llamado Mateo sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: «Sígueme»”. Si Jesús pudo transformar a un recaudador en un servidor, a un traidor en su amigo íntimo, también puede transformarnos a nosotros en hijos de Dios, en sus amigos íntimos.

Jornada Mariana de la Familia en Torreciudad

Torreciudad conmemoraba en esta ocasión un acontecimiento muy especial: la celebración del 50º aniversario de la apertura al culto del nuevo templo dedicado a la Virgen.

Un encuentro marcado por la alegría, la oración y la certeza de compartir la fe en familia. Como dijo el vicario del Opus Dei en España, don Ignacio Barrera: «¡Cuánta belleza y alegría puede transmitir la familia que reza!».

La Fundación CARF, fiel a su compromiso con la formación sacerdotal y con la Iglesia universal, fue una de las entidades patrocinadoras de esta jornada, sumándose así a la alegría de las familias que acudieron al santuario aragonés.

La familia que reza

El acto central fue la Eucaristía celebrada en la explanada, presidida por el vicario del Opus Dei en España, Ignacio Barrera, quien invitó a todos los presentes a ser «sembradores de paz y alegría», recordando las palabras de san Josemaría: las familias están llamadas a ser «hogares luminosos y alegres».

En un mundo tantas veces marcado por la prisa, la división y la incertidumbre, Barrera recordó que «el Señor se encargará de lo demás y encenderá otras muchas luces», si cada familia procura dar testimonio de amor en su vida cotidiana: «Dad luz en vuestra casa, en los colegios, en los lugares de trabajo… ¡Cuánta belleza y alegría puede transmitir la familia que reza, que se quiere, que se perdona y está unida!». Y preguntó: «¿No os parece que hay mucha necesidad de esto en nuestro tiempo, en la vida social, en la vida política, en los ambientes de trabajo?».

En esta jornada se respira fraternidad y oración. Tras el rezo del Ángelus, hubo una variada presentación de ofrendas por parte de las asociaciones, parroquias, colegios y grupos participantes, que ofrecieron flores, productos de la tierra, imágenes de la Virgen, manualidades infantiles y otros símbolos de gratitud y fe.

En un gesto lleno de ternura, los padres ofrecieron a sus hijos a la Virgen de Torreciudad, confiándoles su futuro y pidiendo su amparo. Este momento, vivido con lágrimas y sonrisas, fue testimonio de lo que significa caminar juntos como familia cristiana: dejarse guiar por María hacia su Hijo.

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En diálogo con Nachter y Roseanne.

Nachter y Roseanne

La jornada estuvo llena de momentos de encuentro y testimonio. El matrimonio formado por Nachter y Roseanne, conocidos por su humor y cercanía en redes sociales, compartió su experiencia sobre «cómo mejorar nuestras relaciones familiares con mucho humor». Recordaron que «reírse con los demás, no de los demás» es una clave sencilla para vivir la caridad en el hogar, y que «ante el dolor, es básico que nuestra vida no la defina el sufrimiento, sino la ayuda que nos prestamos unos a otros. Y sobre todo Dios, que es Padre y podemos confiar plenamente en Él, aunque a veces no le entendamos».

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Un grupo de voluntarias.

Un gesto sencillo

Durante todo el día, más de 200 voluntarios colaboraron en los servicios de acogida, aparcamiento, información y limpieza, junto a la Guardia Civil, Turismo de Aragón, las comarcas del Somontano, Ribagorza y Cinca Medio, los ayuntamientos de Secastilla y El Grado, la Fundación CARF y el Grupo Mahou San Miguel. Además, se recogieron productos de higiene destinados a familias necesitadas, que se entregarán a través de Cáritas Diocesana de Barbastro-Monzón: un gesto que encarna el amor cristiano hecho servicio.

En el 50º aniversario del templo, esta jornada volvió a mostrar el corazón vibrante de la Iglesia: familias unidas por la fe, que rezan, se perdonan y confían en Dios. La Fundación CARF, presente entre ellas, comparte esa misión de irradiar esperanza y formar corazones sacerdotales que sirvan a tantas familias en todo el mundo.

Torreciudad, una vez más, fue luz. Una luz que nace de María y que, a través de la familia, ilumina la sociedad con la alegría del Evangelio.

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La Virgen de Torreciudad en procesión durante el rezo del Rosario.

Los alcaldes animan a repetir

Javier Betorz, delegado del Gobierno de Aragón en Huesca, ha destacado que «Torreciudad es un indudable foco de atracción, por tanto tiene todo nuestro apoyo en la promoción del turismo religioso y cultural». Mari Carmen Obis, alcaldesa de El Grado, ha señalado la importancia de la fiesta «en estas convocatorias para compartir nuestro patrimonio y nuestra alegría, de forma que lleguen a nuevos visitantes».

José Luis Arasanz, teniente de alcalde de Secastilla, y Ana María Rabal, concejala, confían en el proyecto de eje carretero con El Grado y Graus a través del municipio. Antonio Comps, alcalde de Castejón del Puente, piensa que «la jornada es un evento muy importante para el Alto Aragón, con un hondo significado en positivo para la familia y como elemento de promoción».

Fernando Torres, alcalde de Barbastro, ha declarado estar «muy contento de repetir una edición más, y de haber compartido la preocupación del santuario por los daños de la tormenta de anoche», mientras que para José Pedro Sierra, alcalde de Peraltilla, «lo mejor es que he visto mucha gente, con familias que confiamos repitan y den a conocer nuestro entorno».

José María Civiac, presidente de la comarca del Cinca Medio y alcalde de Alfántega, ha comentado que «he visto a mucha gente, dispuesta a un desplazamiento a veces largo, y desde luego, hemos de colaborar entre todos para que aumenten los visitantes».

Lola Ibort, concejala en Almudévar y diputada provincial, señala en su segunda asistencia a esta jornada, que «regreso muy contenta porque comparto tantos valores que promueven la familia, que es tan importante. Y estas familias jóvenes son a la vez, los mejores embajadores de nuestro territorio».

También asistieron la alcaldesa de El Pueyo de Santa Cruz, Teresa Rupín, y representantes municipales de Puente de Montañana, Arén, Enate y Artasona.


Marta Santín, periodista especializada en religión.


Cristo, ¿se habrán encontrado con Él?

La fe cristiana, la Santa Misa, o es un encuentro vivo con Cristo o no es. Por eso la Liturgia nos garantiza la posibilidad de tal encuentro. con Él.

En una carta a su familia fechada el 14 de julio de 1929 en Nueva York, Federico García Lorca escribe: “La solemnidad en lo religioso es cordialidad, porque es una prueba viva, para los sentidos, de la inmediata presencia de Dios. Es como decir: Dios está con nosotros, démosle culto y adoración (…) Son las formas exquisitas, la hidalguía con Dios”.

No sé lo que tenía Federico en su corazón y en su cabeza al escribir estas palabras. Sí puedo sugerir que son una manifestación de su alma de poeta y de su saber apreciar la belleza de un encuentro con Dios vivo; y lo hago, porque antes de esas líneas, escribió: “Ahora comprendo el espectáculo fervoroso, único en el mundo, que es una Misa en España”.

Santa Misa, encuentro con Cristo vivo

En su Carta Apostólica “Desiderio Desideravi”, en el apartado La Liturgia: lugar del encuentro con Cristo el papa Francisco escribió: “Aquí está toda la poderosa belleza de la Liturgia (…)  La fe cristiana, o es un encuentro vivo con Él, o no es.   La Liturgia nos garantiza la posibilidad de tal encuentro. No nos sirve un vago recuerdo de la última Cena, necesitamos estar presentes en aquella Cena, poder escuchar su voz, comer su Cuerpo y beber su Sangre: le necesitamos a Él.

En la Eucaristía y en todos los Sacramentos se nos garantiza la posibilidad de encontrarnos con el Señor Jesús y de ser alcanzados por el poder de su Pascua. El poder salvífico del sacrificio de Jesús, de cada una de sus palabras, de cada uno de sus gestos, mirada, sentimiento, nos alcanza en la celebración de los Sacramentos” (nn, 10-11).

“Un encuentro vivo con Cristo”. Y si en todos los Sacramentos Jesucristo está presente y actúa, de manera muy particular, sacramentalmente, lo hace en la santa Misa.

«Es el Sacrificio de Cristo, ofrecido al Padre con la cooperación del Espíritu Santo: oblación de valor infinito, que eterniza en nosotros la Redención. (…) La Santa Misa nos sitúa de ese modo ante los misterios primordiales de la fe, porque es la donación misma de la Trinidad a la Iglesia. Así se entiende que sea el centro y la raíz de la vida espiritual del cristiano (…)

En la Misa se encamina hacia su plenitud la vida de la gracia, que fue depositada en nosotros por el Bautismo, y que crece fortalecida por la Confirmación. "Cuando participamos de la Eucaristía, escribe san Cirilo de Jerusalén, experimentamos la espiritualización deificante del Espíritu Santo, que no solo nos configura con Cristo, como sucede en el Bautismo, sino que nos cristifica por entero, asociándonos a la plenitud de Cristo Jesús"» (Josemaría Escrivá. Es Cristo que pasa, nn. 86 y 87).

cristo santa misa torreciudad

La belleza de la liturgia en la Santa Misa

Estos textos referentes a la belleza de la Liturgia expresada en la celebración de la Santa Misa, se me vinieron a la memoria la tarde del domingo. Después de atender a una persona enferma, me acerqué a una iglesia a acompañar un rato al Señor. Faltaba un cuarto de hora para la celebración, a las 8.00 de la tarde. Comenzaron a llegar feligreses, en silencio y un cierto recogimiento. Un número elevado de los hombres vestía pantalón corto, y un número más reducido de mujeres también.

¿Se habrían presentado con esa vestimenta en la fiesta de alguna familia amiga? ¿Y a una reunión con sus jefes en el área de su trabajo profesional? ¿Hubieran ido con esas prendas a recibir un premio por alguna actuación profesional, por algún libro publicado, etc.?

En la puerta de entrada a la iglesia no había ningún de esos carteles –que seguramente todos los lectores recordarán– que prohibían la entrada en el templo vestidos de esa manera. Quizá los sacerdotes no habrían dicho nada al verlos en otras ocasiones acercarse así a recibir a Jesucristo en la Comunión.

Un buen número –más de cien– de esos hombres y mujeres se acercaron al altar a recibir la Comunión. Apenas terminada la Misa, la iglesia se vació.  El sacerdote mantuvo el silencio interior apenas medio minuto, después de recoger el altar, sin arrodillarse al pasar delante del Sagrario. Y los fieles que se quedaron en la iglesia dando gracias a Dios por haber recibido la Eucaristía, fueron apenas una decena. ¿Serían conscientes los feligreses de haberse encontrado con el Hijo de Dios hecho hombre? ¿Y de haber vivido con Jesús todos los momentos de la Misa, y de haberle “comido” en la Hostia Santa?


Original publicado en Religión Confidencial

Ernesto Juliá, ernesto.julia@gmail.com

Natividad de la Virgen María: 8 de septiembre

Cada 8 de septiembre, la Iglesia celebra la Natividad de la Virgen María, fiesta que recuerda el nacimiento de la Madre de Dios. La celebración está estrechamente unida a la solemnidad de la Inmaculada Concepción (8 de diciembre), pues nueve meses después la Iglesia contempla el don de su nacimiento.

El nacimiento de María es visto como el inicio del cumplimiento de las promesas divinas: ella es la mujer elegida para ser la Madre del Salvador.

Muchos siglos habían pasado desde que Dios, en los umbrales del Paraíso, prometiera a nuestros primeros padres la llegada del Mesías. Cientos de años en los que la esperanza del pueblo de Israel, depositario de la promesa divina, se centraba en una doncella, del linaje de David, que concebirá y dará a luz un Hijo, a quien pondrá por nombre Enmanuel, que significa Dios con nosotros (Is 7, 14). Generación tras generación, los piadosos israelitas esperaban el nacimiento de la Madre del Mesías, aquella que ha de dar a luz, como explicaba Miqueas teniendo como fondo la profecía de Isaías (cfr. Mi 5, 2).

El nacimiento de la Virgen de Bartolomé Esteban Murillo. Museo del Louvre, París.

El nacimiento de María, anuncio de la Salvación

Diversos Papas han descrito esta fiesta como el amanecer que anuncia la llegada del Sol de justicia: Jesucristo. En palabras de san Juan Pablo II, el nacimiento de la Virgen es un signo luminoso que prepara la Encarnación del Hijo de Dios.

La liturgia la llama “raíz de nuestra alegría”, porque en María comienza a hacerse visible el plan de salvación. El profeta Miqueas, citado en esta fiesta, anuncia que de Belén nacerá el Salvador y que Él mismo será la paz. María, hija de Israel y madre del Mesías, es el puente entre la promesa y su cumplimiento.

María, signo de paz y esperanza

El Papa Francisco recordó que esta fiesta habla también de paz. En las lecturas del día, la palabra paz resuena tres veces, porque la llegada de María prepara el corazón de la humanidad para recibir a Cristo, el Príncipe de la paz.

Celebrar el nacimiento de la Virgen es reconocerla como estrella de esperanza. Ella ilumina a la Iglesia y a cada cristiano, invitándonos a vivir abiertos a Dios, como ella lo hizo, y a dejar que Cristo transforme nuestra vida.

María modelo de santidad

La Natividad de la Virgen María no es solo un recuerdo histórico, sino una fiesta que nos anima a mirar la vida con fe: María es modelo de santidad y belleza espiritual, la criatura perfecta que Dios preparó para su Hijo.

Su nacimiento marca el inicio de la salvación, siendo ella el eslabón entre las promesas del Antiguo Testamento y su cumplimiento en Cristo. Para los fieles, su fiesta es una ocasión para renovar la confianza en Dios y para pedir la gracia de vivir con la misma docilidad y fe que tuvo la Virgen.

Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la Ley, para redimir a los que estaban bajo la Ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos (Gal 4, 4-5). Dios se esmera en elegir a su Hija, Esposa y Madre. Y la Virgen santa, la muy alta Señora, la criatura más amada por Dios, concebida sin pecado original, vino a nuestra tierra. Nació en medio de un profundo silencio. Dicen que en otoño, cuando los campos duermen. Ninguno de sus contemporáneos cayó en la cuenta de lo que estaba sucediendo. Sólo los ángeles del cielo hicieron fiesta.

De las dos genealogías de Cristo que aparecen en los evangelios, la que recoge San Lucas es muy probablemente la de María. Sabemos que era de esclarecida estirpe, descendiente de David, como había señalado el profeta hablando del Mesías —saldrá un vástago de la cepa de Jesé y de sus raíces florecerá un retoño (Is 11, 1)— y como confirma San Pablo cuando escribe a los Romanos acerca de Jesucristo, nacido del linaje de David según la carne (Rm 1, 3).

Un escrito apócrifo del siglo II, conocido con el nombre de Protoevangelio de Santiago, nos ha transmitido los nombres de sus padres –Joaquín y Ana–, que la Iglesia inscribió en el calendario litúrgico. Diversas tradiciones sitúan el lugar del nacimiento de María en Galilea o, con mayor probabilidad, en la ciudad santa de Jerusalén, donde se han encontrado las ruinas de una basílica bizantina del siglo V, edificada sobre la llamada casa de Santa Ana, muy cerca de la piscina Probática. Con razón la liturgia pone en labios de María unas frases del Antiguo Testamento: me establecí en Sión. En la ciudad amada me dio descanso, y en Jerusalén está mi potestad (Sir 24, 15).

Lectura del Evangelio del día

✠ Lectura del santo Evangelio según san Mateo1, 1-16. 18-23

Libro del origen de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abrahán.

Abrahán engendró a Isaac, Isaac engendró a Jacob, Jacob engendró a Judá y a sus hermanos. Judá engendró, de Tamar, a Fares y a Zará, Fares engendró a Esrón, Esrón engendró a Arán, Arán engendró a Aminadab, Aminadab engendró a Naasón, Naasón engendró a Salmón, Salmón engendró, de Rajab, a Booz; Booz engendró, de Rut, a Obed; Obed engendró a Jesé, Jesé engendró a David, el rey.

David, de la mujer de Urías, engendró a Salomón, Salomón engendró a Roboán, Roboán engendró a Abías, Abías engendró a Asaf, Asaf engendró a Josafat, Josafat engendró a Jorán, Jorán engendró a Ozías, Ozías engendró a Joatán, Joatán engendró a Acaz, Acaz engendró a Ezequías, Ezequías engendró a Manasés, Manasés engendró a Amós, Amós engendró a Josías; Josías engendró a Jeconías y a sus hermanos, cuando el destierro de Babilonia.

Después del destierro de Babilonia, Jeconías engendró a Salatiel, Salatiel engendró a Zorobabel, Zorobabel engendró a Abiud, Abiud engendró a Eliaquín, Eliaquín engendró a Azor, Azor engendró a Sadoc, Sadoc engendró a Aquín, Aquín engendró a Eliud, Eliud engendró a Eleazar, Eleazar engendró a Matán, Matán engendró a Jacob; y Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo.

La generación de Jesucristo fue de esta manera: María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo.

José, su esposo, como era justo y no quería difamarla, decidió repudiarla en privado. Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo:
«José, hijo de David, no temas acoger a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados».

Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por medio del profeta:
«Mirad: la virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrán por nombre Enmanuel, que significa “Dios-con-nosotros”».

Bibliografía

Opusdei.org. Vida de María.